Cochabamba

HOMILÍA DE MONS. GIAMBATTISTA DIQUATTRO EN LA CELEBRACIÓN DEL XLIII ANIVERSARIO DE LA CREACIÓN DEL INSTITUTO SUPERIOR DE ESTUDIOS TEOLÓGICOS

Cochabamba, 14 de febrero de 2012

Con la primeras palabras que les dirijo deseo transmitir y hacer mío el saludo y los votos de felicitación que el Santo Padre Benedicto XVI les envía. Son palabras dirigidas a todos ustedes que han contribuido de modo determinante, con su compromiso y con el nivel de calidad académica, a hacer que este Instituto sea elevado al rango de Facultad de Teología. Me uno pues a la complacencia del Papa por estos 43 años del ISET, tiempo de gracia que ha servido para difundir en el Santo Pueblo de Dios que peregrina en Bolivia, el buen perfume de Cristo.
La reflexión se dirige ante todo al centro de este primer momento de la Celebración que es la Liturgia de la Palabra. Tal como hemos escuchado, se trata de la Carta de Santiago, del salmo 93 y del capítulo octavo del Evangelio de san Marcos.

Jesús se embarcó de nuevo, y se fue a la orilla opuesta … Imaginemos que se dirige hacia nosotros, para ofrecernos la enseñanza que estas palabras contienen. Encuentra en nuestro corazón en medida pequeña o grande el sentido de las preocupaciones tenidas (en el caso de los discípulos, que se habían olvidado de tomar panes…). Probablemente también nosotros en lo íntimo de nuestro corazón en la barca de nuestra vida, en nuestra travesía, vivimos momentos de desorientación, que invaden de manera preeminente nuestro corazón, nuestro pensamiento y nuestra vida.

San Beda explica benévolamente que este olvido probablemente obedecía a una causa superior cuando escribe que es indicio del poco cuidado que los discípulos tenían de sus cuerpos, cuando no pensaban en proveer a su primera necesidad, ocupados solamente en el pensamiento de seguir a su Señor.

¡Ojalá que ésta fuese la razón de las pobrezas y carencias que sentimos nosotros! Aquí el Evangelio se desarrolla en un escena que de por sí es bellísima, puesto que transmite una profunda catequesis del Señor.

Se trata de una catequesis que requiere toda la atención de los discípulos y dos verbos lo recalcan con vigor: Jesús les hacía esta advertencia: ‘Abran los ojos, estén atentos… “. El Señor los pone en guardia sobre una fuerza que se opone al Reino. Esa fuerza maléfica es “la levadura de los fariseos y la levadura de Herodes “. Permítanme que no me detenga en los pasos paralelos de los Sinópticos ni tampoco sobre la redacción de Marcos.

Teofilacto nota que Jesús llama levadura de los fariseos y herodianos a su doctrina por lo dañina, fácil de corromperse y llena de la antigua malicia. Es aquella malicia de la que habla el Señor en el Evangelio de san Lucas cuando dice: “Cuídense de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía “. Jesús, por tanto, lleva la atención más allá de la sola doctrina; es necesario ponerse en guardia contra un riesgo más amplio: un modo de pensar que se contrapone al de Dios.

¿Cuál es, entonces, el modo de pensar del cual nos pone en guardia Jesús? Él pide estar atentos a la concepción del Mesías en sentido político- davídico. Pone en guardia contra el peligro de una influencia, casi de un contagio: la ambición política. Si bien esta ambición es alimentada con una orientación diversa (en el caso de los fariseos con la eliminación del dominio romano, en el caso de Herodes con la conservación del stato quo).

La hipocresía es, por consiguiente, una falsa sabiduría, que se complace en muchos conocimientos, pero que evita comprometerse en cuestiones exigentes en el ámbito religioso y en el ámbito moral’. La hipocresía es una forma de pensamiento que auna a los fariseos y a los herodianos.

La admonición del Señor no es, sin embargo, únicamente negativa: el Señor quiere que sus discípulos venzan la ceguera, es decir, desea que se abran los ojos de cuantos lo siguen y que éstos dirijan la mirada al Señorío Absoluto de Dios. Por eso, él mismo los sacude con palabras fuertes: ¿Aún no comprenden ni entienden? ¿Es que tienen la mente embotada?…

Este episodio pone en evidencia el esfuerzo del Señor por denunciar el endurecimiento del corazón que causa una terrible ceguera y hace que ya no se pueda percibir (2). Si lo observamos bajo otro ángulo, pareciera que el Señor quisiera proteger a sus discípulos. Esta protección adquiere la forma de una enseñanza coherente. Hace entonces percibir la enseñanza -como toda enseñanza teológica- como tarea y misión fundamental de la Iglesia.

En un encuentro con una delegación de la Facultad teológica de Tubinga, el Santo Padre Benedicto XVI había señalado la necesidad de una formación coherente y, al mismo tiempo, indicaba que uno de los riesgos de los Centros Académicos es el de transformarse en un complejo de institutos superiores, unidos más bien externa e institucionalmente, y menos capaces de formar una unidad interior de universitas3.
La unidad interior de la universidad, la unidad interior del discipulado, la unidad interior de la vida -así como se expresaba Serafino de Sarov- es la de poder percibir siempre a Dios, ver y entender a Dios, comprender sus palabras… ser tocado por Dios, que es aún más que conversar con los ángeles.

Esta actitud interior es posible mediante una continua anamnesi espiritual de Dios y de Jesús que refuerza la unidad de la persona, su coherencia de desarrollo y, sobre todo, el coraje abierto (parresia) de la obra misionera. Y evita que los mesianismos prometedores, pero forjadores de ilusiones que basan siempre sus propias propuestas en la negación de la dimensión trascendente del desarrollo, hagan desviar hacia aquellas falsas seguridades que se convierten en debilidad, porque comportan el sometimiento del hombre (4).

En el salmo responsorial hemos proclamado el anhelo hacia una condición y una actitud muy diferente del sometimiento. Hemos dicho: ¡Feliz el que es educado por ti, Señor!. Aparentemente podría considerarse que esta pretensión es prorneteica y, por tanto, vana. De hecho, ¿cómo se puede pretender tener corno educador nada menos que a Dios? El salmo, sin embargo, insiste y habla de la formación impartida por la ley de Dios, la mejor, la más perfecta. No encubre la adversidad, sino que promete sosiego después de ella y, en particular, promete la presencia siempre perseverante, fiel y sobre todo misericordiosa de Dios.

De esta manera la liturgia de la Palabra amplía la perspectiva del mensaje que viene del Evangelio. Presenta como sugestivo icono definitivo el del Señor que reparte…; los canastos llenos que se recogen. Es decir, al final y sin final, se realizará lo que anticipa el salmo: tus consuelos me llenan de alegría, una plenitud de alegría en el presente, o mejor, a la presencia de Dios. Aquí, pues, se advierte la diferencia entre la seguridad humana que sería la levadura contagiosa de los fariseos o de Herodes, y la fe que se fundamenta en el Yo soy de Dios, seguridad que llega del mismo Señor Jesús.

Como confirmación de todo esto nos llega el grito de esperanza del apóstol Santiago: el hombre que soporta la prueba… recibirá la corona de Vida que el Señor prometió a los que lo aman. Santiago no esconde el riesgo de desviamientos cuando afirma que cada uno es tentado por su propia concupiscencia, que lo atrae y lo seduce, pero al mismo tiempo con palabras de altísima teología, de vigorosa poesía y del gran canto de una liturgia cósmica afirma que aquellos que aceptan ser engendrados por la Palabra de Dios son como primicias de la creación.
El cometido continuo, por tanto, de la Universidad y particularmente del compromiso académico asumido por ustedes es de contribuir a la formación de esta nueva creación, que emana de la Verdad del Señor.

Concluyo esta homilía, que quisieron confiar a mi corazón sacerdotal, invocando sobre todos ustedes y sobre este Centro de estudios teológicos, la maternal intercesión de la Virgen Madre, Sedes sapientiae, es decir, lugar donde la Sabiduría de Dios ha encontrado su morada más perfecta, más santa y ha hecho de nuestra Madre la alegría de todas las alegrías.

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S.S.Juan Pablo TI: Homilía con ocasión del inicio del Año’ Académico de las Universidades Pontificias, 25 de octubre de 2002, n°4
2 Cfr Via Crucis, Viernes Santo 2006
S.S. Benedicto XVI, a una Delegación de la Facultad teológica de Tubinga, 21 de marzo de 2007
S.S. Benedicto XVI, Carta Encíclica Caritas in Veritate, n° 17