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Homilía para el XVII domingo del tiempo ordinario. Ciclo A

26 de julio de 2026

 

Una de las preguntas importantes de la vida es ¿qué quiero y cómo lo quiero? No todos tienen una respuesta clara, pero, en algún momento de la vida, seguramente hemos imaginado cumplir o materializar un deseo para ser completamente felices.

 

Si entráramos en el cuento de Las mil y una noches, con Aladino y la lámpara maravillosa, ¿qué deseo pediríamos al genio de la lámpara? Históricamente, la literatura ha reflexionado sobre el anhelo humano de la felicidad.

 

Pero la sabiduría popular de nuestras abuelas nos dice:

“Cuidado con lo que deseas”.

 

Por ejemplo, en el mito griego sobre el rey Midas, este tiene la posibilidad de pedir un deseo, y él desea que todo lo que toque se convierta en oro, pero después se da cuenta de que su ambición lo priva del afecto de sus seres queridos y de la comida. Todo lo que tocaba se convertía en oro.

 

Otro relato en este sentido es El retrato de Dorian Gray, del célebre autor Oscar Wilde, que también nos enseña que el precio de la vanidad y el placer superficial tienen consecuencias devastadoras para el ser humano. Y, aunque el protagonista escondía el cuadro que envejecía y mostraba la verdadera imagen de su alma, Dorian Gray no puede escapar de las consecuencias de sus actos.

 

Eso es lo que nos enseña la literatura. Desde una perspectiva de fe y de espiritualidad, también hay una reflexión y enseñanzas esenciales para nuestras vidas. En la primera lectura del libro de los Reyes, cuando Dios le concede un solo deseo al joven Salomón, él pide sabiduría; y el Antiguo Testamento nos dice que, en la historia de la salvación, no ha habido rey más sabio que Salomón.

 

¿Qué tiene que ver Jesús en todo esto? Salomón, el rey del Antiguo Testamento, es la prefiguración de Cristo, porque Cristo mismo es la sabiduría de Dios. Unos versos antes de este evangelio de Mateo, Jesús, hablando de sí mismo, dice a los escribas y fariseos: «Y he aquí más que Salomón en este lugar».

 

Asimismo, Salomón construyó el Templo de Jerusalén, y Jesús dice: «Destruyan este templo, y en tres días lo levantaré» (Juan 2:19), porque él es la piedra angular y él mismo es el templo de Dios.

 

Es este mismo Jesús quien nos desvela el Reino de Dios y lo compara con un tesoro escondido o con una piedra preciosa. Justamente por esto, nuestra búsqueda de felicidad tendría que estar en ese tesoro que nada tiene que ver con la felicidad efímera que nos pueden dar los bienes materiales y la belleza superficial.

 

Una pregunta para nuestra vida es ¿dónde estoy buscando mi tesoro? ¿Qué, quién, cuál, dónde está mi perla preciosa?

 

San Agustín decía: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti». Este es el sentimiento que tenemos que anhelar en nuestra vida de fe, sabiendo que el Señor ofrece a todos su misericordia, pero que depende de cada uno recibirla con un corazón abierto, o cerrarse a ella. A eso se refiere la imagen de la pesca y la separación de los peces buenos de los malos.

 

Pidamos al Señor que nos ayude a ser creyentes sabios y en búsqueda de una felicidad verdadera, recordando que la alegría cristiana hace referencia a la esperanza, no a la ausencia de pruebas o sufrimiento.

 

Que Dios nos ayude a navegar el mundo de hoy, sin estar anclados al pasado, pero sin diluir el mensaje de Cristo. En otras palabras, pidamos al Señor ser discípulos del reino de los cielos que son como padres de familia que van sacando y compartiendo de su tesoro lo nuevo y lo antiguo.

por ARIEL BERAMENDI

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