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Parábola del Trigo y la Cizaña. Homilía para el 16 Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A

Homilía para el 16 Domingo del Tiempo Ordinario, ciclo A

 

19 de julio de 2026

 

Existe una expresión española que dice “meter cizaña” y hace referencia a sembrar la enemistad, la discordia y la desconfianza entre las personas.

 

No soy un experto en plantas o vegetación pero los entendidos dicen que la cizaña y el trigo, al crecer, se parecen mucho y que las raíces se entrelazan y por eso no se pueden separar hasta que llega el tiempo de la cosecha. Es entonces cuando que se ve la diferencia porque el fruto del trigo es dorado, mientras que la cizaña sigue siendo verde y su semilla puede ser venenosa.

 

Hoy, la parábola del trigo y de la cizaña nos habla de paciencia, esperanza y confianza.

 

Por un lado nos enfrentamos al misterio del mal y del sufrimiento en el mundo. Es decir, toda la humanidad está afectada por el enemigo que ha sembrado la cizaña. Es decir, en la vida siempre habrá momentos felices y de dolor, a veces injustificado o incomprensible. El Evangelio nos llama a ser pacientes y a confiar en el Señor; a veces ante la cizaña tenemos que esperar sabiendo que esperar no es sinónimo de debilidad, sino de misericordia.

 

Hay ocasiones en las que al ver cizaña en nuestras vidas o en la de nuestros seres queridos, queremos ser prácticos y arrancarla de inmediato. Sin discernir ni respetar los tiempos de Dios. Somos impacientes y no pensamos en las consecuencias de nuestros actos impulsivos.

 

Por supuesto que tenemos que estar vigilantes, pero esperar el tiempo de la cosecha significa entender que las personas pueden madurar, que los escenarios pueden cambiar y que aquello que es débil, puede fortalecerse para bien. Desde nuestra fe usamos el término “conversión”.

 

Por ejemplo, pensemos en los adolescentes que son como un volcán de caprichos, proyectos e intereses; pero con el tiempo y el buen acompañamiento, se transforman en hombres y mujeres de bien. Recordemos a algunos santos como San Francisco de Asís, quien en su vida de trovador o de militar, seguramente tenía cizaña por todas partes, pero después de su conversión, se convirtió en uno de los santos más conocidos del cristianismo.

 

La parábola del trigo y de la cizaña nos invita a ser pacientes, especialmente cuando tenemos que separar el trigo de la cizaña, es decir cuando queremos “tomar el toro por los cuernos”. Es algo que tenemos que hacer con justicia y caridad.

 

Como cristianos, debemos practicar la justicia unida a la caridad, porque la caridad sin justicia, produce actos paternalistas y vacíos, nos volvemos permisivos. Mientras que la justicia sin caridad, nos transforma en tiranos, en cumplidores de la ley y, espiritualmente, nos volvemos neuróticos. Aprendamos a abandonarnos en Dios, solo Él puede transformar la cizaña en trigo.

 

Esta parábola también menciona el fuego en el que se quemará la cizaña y nos recuerda que el ser humano, a veces, rechaza la misericordia de Dios y elige autoexcluirse de la presencia de Dios; en efecto el infierno, no es un lugar sino un estado, y el camino hacia esa condición es elegir apartarse de Dios definitivamente, a través del pecado mortal.

 

Obviamente nos faltaría tiempo para reflexionar sobre qué es y qué no es pecado mortal. Hoy, podemos pedir al Señor que nos dé sabiduría y discernimiento para no caer en los extremos de pensar que todo es pecado mortal, o que nada es pecado mortal.

 

Aunque el trigo y la cizaña se confunden, las respuestas a estas preguntas están en el Catecismo de la Iglesia Católica pero sobre todo en los Evangelios.

 

Danos Señor la sabiduría para distinguir el trigo de la cizaña.

POR ARIEL BERAMENDI

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