Santa Cruz

“Hambre y sed de Cristo” Homilía de Corpus Christi, Mons. Robert Flock, Obispo de San Ignacio de Velasco

Corpus Christi

Queridos hermanos,

La Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, o Fiesta de Corpus Christi, pone de relieve el hecho que de que no estamos reunidos en las iglesias para la Eucaristía por motivo de la pandemia. Cerramos las puertas por el peligro de contagio, sabiendo que algunos no pueden resistir este virus. Y al mismo tiempo escuchamos las palabras de Jesucristo quien nos asegura: “si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes”.

Es por este motivo que la Conferencia Episcopal Boliviana, después de que el Gobierno determinó una excepción para actividades religiosas que luego quitó, emitió un comunicado ayer diciendo que: “Preservar y cuidar la salud y la vida de los bolivianos ha sido prioridad de la Iglesia Católica, desde el comienzo de la crisis del coronavirus.” Por eso, desde el principio hemos sido prudentes en el manejo de la emergencia, y al mismo tiempo protagonizamos “incontables acciones de solidaridad de parroquias, congregaciones religiosas, caritas diocesanas y nacional y la misma Conferencia Episcopal.” Sin embargo, reclamamos: “No se puede equiparar un derecho humano, como es la práctica de la religión, con una actividad lúdica o de entretenimiento.” Observamos también que: “Algunas ideologías políticas cegadas por el poder inducen al pueblo a poner en riesgo su vida.”

Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes.” ¿Cómo debemos entender estas palabras? Obviamente, Jesús está insistiendo en algo que considera necesario para nosotros: comer su cuerpo y beber su sangre, lo que hacemos en la Santa Comunión.

Sin embargo, vale recordar que normalmente, no permitimos a los niños recibir su Primera Comunión hasta que hayan tenido una preparación a través de la catequesis. Es importante que comprendan. No les damos la comunión como si fuese una píldora o una vacuna contra alguna enfermedad (como quisiéramos para el coronavirus).

San Pablo, escribiendo sobre la Eucaristía en su carta a los Corintios insiste:

Que cada uno se examine a sí mismo antes de comer este pan y beber esta copa; porque si come y bebe sin discernir el Cuerpo del Señor, come y bebe su propia condenación. Por eso, entre ustedes hay muchos enfermos y débiles, y son muchos los que han muerto. Si nos examináramos a nosotros mismos, no seríamos condenados. Pero el Señor nos juzga y nos corrige para que no seamos condenados con el mundo.”

Queda claro que debemos comulgar para tener vida, pero si lo hacemos sin comprenderlo y respetarlo, nos trae condenación. Esta realidad nos hace entender que el Sacramento, aunque es un misterio de nuestra fe, no funciona como magia.

Preguntamos: ¿Por qué Jesús nos ha dado un sacramento que se recibe comiendo y bebiendo? Primero, como la comida y la bebida tienen que ser digeridos por nuestro organismo para darnos la energía que nos sostiene, el Cuerpo y la Sangre de Cristo tiene que ser interiorizado, junto con todo lo que Jesús nos enseñó y sobre todo su pasión y su cruz: “es mi cuerpo entregado por Ustedes, es sangre de la alianza nueva y eterna”. Estas palabras de la consagración deben estar grabadas en el alma y contempladas en el corazón. Deben transformar nuestra forma de pensar y sentir. ¡Pues nos hablan de amor, compromiso, perdón, y vida que proviene de Dios!

Segundo, aunque comer y beber es un proceso esencialmente biológico, lo humano es compartir. Es una tristeza comer a solas. Es una lástima beber en soledad. Nos sentamos juntos en torno a la mesa, para disfrutar una buena comida, y para disfrutar mejor la compañía, compartimos quizás un vinito o una cervecita. El Sacramente de la Eucaristía quiere unir esta experiencia humana con el sacrificio de Jesús para promover entre nosotros una comunión aún más profunda que una cena romántica, y una alegría más fuerte que un banquete de bodas.

Hay un elemento más. Cuando comulgamos, recibimos el cuerpo y la sangre de Jesús resucitado. Se une a nuestro cuerpo mortal, destinado a la muerte y la corrupción, el cuerpo glorioso de Cristo que ya ha vencido a la muerte. Esto por un lado es una protección contra Satanás y por otro lado un anticipo para nuestra propia resurrección gloriosa, cuando nosotros seremos como él.

Es precisamente por esta realidad que ofrecemos la Santa Comunión a los agonizantes y que luego unimos la celebración de la Misa con la oración por los difuntos. Jesús promete: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día.”

Si comprendemos esto, entonces, queremos sentaros alrededor de la mesa eucarística, y después de conversar con nuestro Dios mediante la Liturgia de la Palabra, comer su cuerpo y beber su sangre, felices y agradecidos por semejante amistad salvadora.

La pandemia, por el momento, ha hecho que esto sea difícil. Pues, comulgar, como ya dije, no es una vacuna contra el virus, pero sí, contra el mal manejo de la vida y del poder, contra la corrupción y la soberbia, contra la falsedad y la violencia y tantos otros males que están presentes como una pandemia en nuestra sociedad sin que tomemos las precauciones correspondientes. Por eso, queridos hermanas y hermanos, imploremos al Señor, desde nuestra hambre y sed de Cristo, para que volvamos a tener el privilegio de congregarnos como Iglesia y compartir el banquete del Señor, libres de este plagio.