Cochabamba

Personas con sida encuentran esperanza en Santa Vera Cruz Cochabamba

Emilio baja pausadamente por la senda que lo traslada a su refugio en la zona de Santa Vera Cruz. Carga en cada mano una bolsa negra tipo nylon llena de panes.

El anciano de 65 años madrugó para sacar fichas de consulta para la atención médica de sus compañeros del hogar.

Es una de sus tareas hace tres años, desde que vive en el centro de las hermanas Teresa de Calcuta para personas que viven con VIH y padecen sida.

“Legué arrastrándome, casi muerto”, dice rememorando el día que vino al albergue después de estar internado en el hospital Viedma durante semanas y donde le dieron prácticamente por muerto.

Es difícil creer lo que cuenta, pues luce saludable y con mucha energía. Viste ropa limpia y bien planchada: un pantalón de tela, una camisa, chaleco, una chaqueta. Un sombrero de borsalino completa su vestuario.

Como Emilio, 19 personas con VIH y sida se recuperan y sobreviven en el refugio administrado por cuatro religiosas de la orden Teresa de Calcuta. Es su única esperanza para vencer a la muerte porque la mayoría no tiene ninguna relación con sus parientes.

OLVIDO
Además de los efectos de la enfermedad, en su mayoría sufren de discriminación y del olvido de sus familiares. Al salir del hospital les espera la calle y por consecuencia una sentencia de muerte, dice el anciano.

La religiosa a cargo del centro, Tilda Devassy, añade que la mayoría viene de familias desintegradas. Muchos abandonaron muy pronto sus hogares por diferentes razones, muchas veces al ser rechazados por su orientación sexual.

“Durante semanas me alimentaron con sonda y me cambiaban pañales como a una wawa porque me estaba muriendo”, dice con la voz quebrada el anciano.

Davassy cuenta que la mayoría se recupera gracias a un riguroso control en su medicación y en su alimentación.

Luis tiene 27 años y es uno de los más jóvenes del centro de Santa Vera Cruz. Hace dos años vive en el albergue, aunque de manera inestable.

El joven es de la provincia Ayopaya, el pueblo que dejó por sentirse rechazado por ser diferente. Allí vive su familia, pero él no quiere regresar.

Las veces que dejó el hogar abandonó su tratamiento y terminó hospitalizado en el Viedma por problemas respiratorios. “Debe ser la soledad”, dice.

Cuando se está solo no da ganas de salir adelante y ni siquiera se puede comer bien, asegura. Ahora se recupera y ha reanudado su medicación bajo la vigilancia de las religiosas. Come bien, pues la dieta en el albergue es variada, es alta en proteínas y vitaminas, y no les falta ni fruta ni leche.

Quiere ponerse más fuerte y cumplir su sueño: estudiar agronomía. Las religiosas respaldan su meta y aseguran que tendrá todo el apoyo necesario. Ahora espera el resultado de sus estudios médicos, pues su diagnóstico es complicado: no padece tuberculosis y su enfermedad debe ser identificada para ser tratada adecuadamente.

Datos.

Refugio

El albergue está perdido en medio de una granja y de plantaciones de hortalizas y árboles frutales en la parroquia de Santa Vera Cruz, sobre la carretera al Valle Alto.

En cada sala están instaladas diez camas, cada una de ellas cuenta con una batería de baños y duchas. Hay un amplio comedor, salas de lectura, un consultorio médico. Todo luce impecable.

Libertad

Los pacientes tienen la libertad de salir del centro a realizar cualquier actividad, pero tienen prohibido llegar en estado de ebriedad o bajo efectos de drogas.

Registro

Desde 1985, cuando se registró el primer caso de VIH en Cochabamba, se han reportado 2.600 casos, según información del programa VIH/Sida del Servicio Departamental de Salud (Sedes). Hasta marzo (el último dato) se notificaron 115 nuevos casos positivos.

Las religiosas hacen de enfermeras y de hortelanas
Tilda Devassy llegó a América desde su natal India. Es una de las cuatro religiosas a cargo del albergue para personas que viven con el VIH y padecen sida en el Centro de Santa Vera Cruz. Dos vinieron de países de África y una del Perú.

Devassy es morena, robusta y aparenta tener cerca de 40 años. Es sociable y habla el castellano casi perfectamente, aunque reconoce que es el idioma uno de los principales problemas con los que se enfrentó al llegar a Latinoamérica.

Lleva puestas sus botas de agua blancas, viste una bata celeste, un gorro tipo quirúrgico y se protege con un mandil de goma y guantes de látex.

Esto se debe a que está a cargo del cuidado de pacientes con enfermedades altamente infecciosas, como el sida y la tuberculosis.

“Gracias a Dios, ninguna hermana se ha contagiado la tuberculosis ni ha adquirido el VIH”, dice.

ENFERMERAS
Todas deben cumplir con el rol de enfermeras. Entre sus tareas están el control de la medicación en los horarios establecidos y el colocado de inyectables en casos necesarios.

La mujer explica la importancia del cumplimiento estricto de los esquemas de sus medicinas, pues muchos, además de ser portadores del VIH, padecen de tuberculosis, una de las principales enfermedades oportunistas que les atacan ante la baja de las defensas.

En la farmacia instalada en el refugio se observan los envases con el nombre de los pacientes donde se encuentran las medicinas organizadas semanalmente.

En los casos más críticos deben alimentarlos con sondas. Hay situaciones en las que tienen que cambiarles los pañales constantemente.

También son educadoras porque organizan cursos de capacitaciones para ofrecerles un servicio y así generar ingresos.

Las enfermeras cumplen rigurosamente con las normas de bioseguridad: cuentan con toda la indumentaria de protección, en todos los ambientes se observan envases con gel sanitizador y basureros diferenciados con el rótulo de “residuos infecciosos”.

Todos los desperdicios son depositados en el área de residuos infecciosos de K’ara K’ara, pues hay épocas de pacientes en estado crítico, a quienes se les debe cambiar constantemente los pañales.

Otra tarea fundamental es el cultivo de las hortalizas para la provisión de los medicamentos. Son las cuatro mujeres quienes se hacen cargo de las tareas agrícolas.

Cuando se recuperan los residentes participan en el cuidado de las extensas parcelas. Es parte de sus actividades cotidianas, aunque muchos salen a la ciudad a diferentes actividades.

La permanencia de los albergados en el centro es totalmente gratuita e indefinida.

Las religiosas de la orden Teresa de Calcuta, con el apoyo de benefactores, cubren todos los costos, el pago a un médico especialista, la alimentación y las demás necesidades.

Los activistas asumen el papel de familiares de los enfermos
La directora de la Unidad de Infectología del hospital Viedma, Rosario Castro, dice que los pacientes con VIH/ Sida que llegan en situaciones terminales son abandonados por sus familiares. Nunca los visitan, no se responsabilizan del pago de sus cuentas y, cuando fallecen, son los activistas quienes se movilizan para enterrarlos.

Son dramas diarios porque no hay quién compre los medicamentos ni los insumos necesarios para su atención, dice la especialista.

El activista William Montaño señala que persiste la discriminación a los portadores del virus y se acrecenta si se trata de una persona de las poblaciones Trans, Lesbianas, Gays y Bisexuales (TLGB).

Montaño dice que las colectas son constantes para apoyar a los convalecientes, pese a las condonaciones parciales de sus cuentas en el Viedma.

El estigma los acompaña, en algunos casos hasta la muerte. A ello se suma la falta de políticas en salud destinadas a este sector.

Uno de los principales problemas identificados es la centralización en la entrega de los medicamentos.

Montaño cuenta que muchas personas que viven en zonas distantes como el Cono Sur o el Trópico deben viajar hasta la ciudad para recoger sus píldoras y terminan dejando el tratamiento.