Santa Cruz

“Los sufrimientos del presente” Homilía de Mons. Robert Flock, Domingo 15 del Tiempo Ordinario – 12 de julio de 2020

Queridos hermanos.

Nuestras lecturas hoy nos hablan del éxito del proyecto de Dios. El profeta Isaías nos presenta el efecto de la lluvia y la nieve que sí o sí fecundan la tierra. San Pablo habla de los sufrimientos del presente, afirmando que no son más que dolores de parto para alumbrar una futura gloriosa. Jesús cuenta y explica la Parábola del Sembrador; aunque hay tierras done la semilla no prospere, la tierra buena es super productiva cuando recibe la semilla de la Palabra de Dios. El proyecto de Dios es vida y vida en abundancia.

Naturalmente y necesariamente nos fijamos en los sufrimientos del presente, pues sufrimos, y el dolor es real. A nivel mundial, tenemos la pandemia que sigue cobrando vidas, asfixiando las economías e interrumpiendo la vida social. Acá en San Ignacio nos escasea el agua con la época seca por delante y el temor de nuevos incendios.  A nivel nacional afrontamos una crisis política que amenaza nuestra libertad, prolonga los conflictos sociales y complica todo. Los sufrimientos del presente son reales y no debemos minimizar su gravedad, especialmente para los más pobres que siempre cargan con la cruz más pesada.

Sabemos que nuestros antepasados han enfrentado momentos peores. Ha habido terribles pestes, horribles guerras y grandes catástrofes. Cada crisis pone de prueba el carácter de todos, como también nuestra fe en Dios y nuestro compromiso para con los demás. Nos obliga a responder por bien o por mal. Hacen surgir tiranos, pero también santos. También estimulan progresos y soluciones creativas, tanto tecnológicos como humanitarios. La segunda guerra mundial nos dio la bomba nuclear, pero también la Declaración Universal de Derechos Humanos.

No sabemos qué traerá el futuro, ni de progresos, ni de crisis. Sabemos que tenemos que actuar frente al problema del clima y el calentamiento global. Es probable que habrá nuevas pandemias. Ojalá haya cada vez menos guerra y que nuestros descendientes hereden un mundo mejor. A mi me parece que el progreso tecnológico es más rápido que el progreso humano, político, social y moral.

Mirando a nuestra existencia como parte del universo y su historia, con la limitada comprensión que tenemos, nos damos cuenta que todo el sistema solar no es más que un granito de polvo y que el millón de años más o menos de la humanidad es un parpadear de ojos; sabemos que dentro de 5 mil millones de años nuestro sol dejará de brillar y nuestro planeta dejará de soportar la vida. Entonces nos viene la pregunta que fue formulada hace más o menos 3 mil años en el Salmo 8: “Señor. Al ver el cielo, obra de tus manos, la luna y la estrellas que has creado: ¿qué es el hombre para que pienses en él, el ser humano para que lo cuides?

Aunque en el contexto de la galaxia, que es una de miles de millones de galaxias, nuestra existencia es insignificante, ocupamos un lugar privilegiado para Dios. El universo no gira en torno a nosotros, pero el Creador del Universo se hizo hombre. Nació en de una mujer en este planeta tierra, respiró el aire de Galilea, murió y resucitó en Jerusalén, y ahora promete acompañarnos todos los días hasta el fin del mundo. Nos acompaña precisamente para asegurar que los sufrimientos del presente no sean para nada, sino aquellos dolores de parto para alumbrar un cielo nuevo y una tierra nueva, habitado por hombres nuevos.

Entonces el tema es: ¿Qué fruto producirá la Palabra de Dios en cada uno de nosotros y en nuestro pueblo? Somos parte de la tierra fecunda, o de la tierra estéril. Obstaculizamos la semilla, como el camino duro, la tierra pedregosa y la mala hierba, o la dejaremos penetrar en nuestros corazones y producir un fruto abundante. Pues, los progresos que necesitan San Ignacio, Bolivia y el mundo para enfrentar la Pandemia, como nuestra falta de agua y la crisis política, requieren más que tecnología y creatividad humana. También requieren la sabiduría y la fuerza que vienen de Cristo, nuestro Salvador.

El primer fruto que la Palabra puede producir en nosotros es la esperanza que necesitamos para poner manos a la obra, junto con el corazón y nuestros recursos. El segundo fruto que nace de esta semilla es la unidad en esta lucha. Pensando en nuestra laguna que poco a poco está secando, nos damos cuenta que la solución no es una guerra de agua, como se hizo en Cochabamba en el año 2000. Enfrentamientos y peleas solamente nos traen dolores adicionales. Con la buena voluntad de las partes, con diálogo y análisis, podemos no solamente proveer el agua que hace falta, sino también compartirla como amigos y hermanos.

Acoger la Palabra de Dios también nos da la fortaleza que necesitamos para asumir, cada uno, nuestra parte de esta cruz. Por ejemplo, en este tema del agua, sean lo que sean las decisiones que tendrán que tomar e implementar las autoridades, todos tenemos que revisar nuestro consumo, evitar el derroche de este recurso que significa vida para todos y cada uno. Yo, pues, voy a dejar de afeitarme en la ducha, y cambiar al rasurador eléctrico. La Biblia, por supuesto, no dice nada sobre mi rasurador, pero el Señor nos pide amarnos unos a otros como él nos amó y esto significa fijarnos en los detalles de nuestro diario vivir, y ver dónde está el egoísmo y quizás el pecado, y donde está el amor y por consiguiente la vida. Es como el barbijo que pongo, no para protegerme a mí, sino para protegerte a ti.

Dice Dios: “Así como la lluvia y la nieve descienden del cielo y no vuelven a él sin haber empapado la tierra, sin haberla fecundado y hecho germinar, para que dé la semilla al sembrador y el pan al que come, así sucede con la palabra que sale de mi boca: ella no vuelve a mí estéril, sino que realiza todo lo que Yo quiero y cumple la misión que Yo le encomendé.” Así sea.