Análisis

Javier Gómez: La importancia real del entretenimiento

Solemos llamar “estrellas” a las personas que forman parte del espectáculo. Algo que he visto desde que he estado formando parte del ambiente de los medios de comunicación social es que muchas personas ingresan a él buscando el estrellato por la vana fama y no como servicio.

Muchos de los que forman parte de este ambiente, en especial los que buscan ser actores, no parecen entender que el entretenimiento también es un servicio.

Desde las comedias griegas, escritas muchas veces por filósofos de la época, escritas en su mayoría con intención de hacer reflexionar, principalmente mediante la risa, pasando por las cortes de reyes, donde existieron las figuras del bufón, arlequín, y los bailarines de la corte real, el entretenimiento era y es  un servicio, en ese caso, contratado para divertir al rey y a sus cortesanos, que hasta podía literalmente hacerle perder la cabeza, si no cumplía bien su función.

Quienes buscan la fama como objetivo principal y no como consecuencia del mismo, desvirtúan el verdadero sentido del entretenimiento. Similarmente sucede con el poder y el prestigio: cuando hay personas buscándolo como fin estos pierden su noción, el poder también es servicio y el prestigio que pueda venir del mismo es consecuencial, no el fin.

Actualmente muchas estrellas, quiéranlo o no, son tomadas como referente moral, en especial por esta intensa campaña de ingeniería social a la que nos estamos viendo sometidos. Las estrellas, entonces toman parte en posturas políticas, morales, y actos públicos en los cuales ejercen influencia en sus seguidores. Las que se pronuncian en contra de la nueva dictadura ideológica se ven expuestas a ser atacadas y canceladas. Hay pocas estrellas que se han atrevido a resistir los embates de este proceso cultural, y han encontrado vías para hacernos recordar que la fama no es el fin sino el medio: Eduardo Verástegui es uno de ellos; Gina Carano es otra; Jim Caviezel, y otros, que, lejos de brillar con el brillo efímero del mundo, brillan con luz auténtica, y con ello dan ejemplo de lo que es el entretenimiento como pasión y como servicio.

El mal es seductor, “glamoroso”, y nos presenta la fama como una ilusión esplendorosa propia de una élite de afortunados a los que, si no se puede alcanzar a formar parte de ellos, al menos hay que aspirar y soñar con ser así.

No es lo mismo ser famoso que célebre, famoso tiene más connotación de negatividad. No estoy diciendo que esté mal ser célebre por entretener, lo que sí está mal es no entender que el entretenimiento es un servicio, y que la fama, prestigio, poder, influencia y demás asociaciones que vienen con él no son el fin sino la consecuencia cuando se hace bien, y por ello es un deber ejercerlo con respeto, viendo siempre la real trascendencia del mismo.

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