Análisis

Javier Gómez Graterol: Las madres y la hombría

Se dice que los espartanos eran de temperamento fuerte y severo. Se cuenta entre sus anécdotas que una extranjera le dijo a una espartana: “Ustedes son las únicas que mandan a sus hombres”, y ella le respondió “Somos también las únicas que engendramos hombres”. Una espartana célebre es Argileonis, madre de Brasidas, quien, oyendo que los tracios Alababan a su hijo como “el mejor entre los espartanos”, ella interrumpió y dijo “¿Qué dicen? Era valiente, pero Esparta tiene muchos más valientes que él”.

Una espartana, cuyo hijo se empecinaba por defender un punto peligroso en la batalla, dijo. “¡Que muera! Su hermano lo reemplazará”.

Impresiona también el testimonio de otra madre espartana que corrió anhelante cuando venían un correo con el parte de guerra:

-¿Qué noticias traes? –Preguntó-.

Le respondieron: “tus cinco hijos han muerto en la batalla”.

Ella, sin perturbarse, respondió: -No es eso lo que pregunté ¿Ha vencido la patria?

-Sí, –le respondieron-.

Ella sólo se limitó a responder: Entonces corramos a dar gracias a los dioses.

En el capítulo 7, del Segundo Libro de los Macabeos, se narra que arrestaron a siete hermanos, con su madre, en la persecución que se desató contra los judíos de aquella época. Nada más y nada menos que el rey de turno, Antíoco, quiso obligarlos, con métodos brutales, a que comieran carne de cerdo, prohibida por la Ley.

Todos se negaron, así que el rey se enfureció e hizo torturar con crueldad a uno por uno de los siete que eran, pero solo recibió negativas de todos ellos, basadas en la confianza en Dios. La madre de ellos, que vio morir a sus siete hijos, uno por uno, en el espacio de un día. Lo soportó, incluso con alegría, por la esperanza que ponía en el Señor. Lo más asombroso del relato, es que, llena de nobles sentimientos, les animó diciéndoles que el Señor, les devolverá en su misericordia el aliento y la vida.

Antes de que muriese el menor, Antíoco trató de ganarlo con palabras, y juramentos de hacerlo rico y feliz, con tal de que abandonara las tradiciones de sus padres, que incluso le dijo que le haría su amigo y confiaría altos cargos.

El joven no le hizo ningún caso. El rey mandó llamar a la madre, invitándole a que aconsejara a su hijo que salvase su vida. Ella se inclinó sobre él y, burlándose del cruel tirano, le pidió que, mirando al cielo y a la tierra, no temiese al verdugo, y haciéndose digno de sus hermanos, recibiese la muerte para ella volver encontrarle, con sus hermanos, en el tiempo de la misericordia.  Dice la Biblia que éste murió también sin mancha, plenamente confiado en Dios. Después de todos sus hijos, murió también la madre.

Relatos como estos, en una época como la actual, donde se busca “deconstuir” al hombre, sirven para recordar a todas las madres, en especial las cristianas, que ellas siempre han tenido y tendrán un gran peso en la formación de sus hijos. Solo basta que elijan que clase de valores y principios deban hacer vida, inculcarlos, y ser ejemplo. En Cristo, el arquetipo, ya no hacen falta más modelos. Dios con nosotros.

Autor: Javier Gómez Graterol, religioso / periodista

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