Santa Cruz

Homilía de Mons. Robert Flock, Obispo de San Ignacio de Velasco, Domingo 26 de Tiempo Ordinario

Domingo 26 de Tiempo Ordinario – 27 de septiembre de 2020

Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña

Queridos hermanos.

Jesús les preguntó a los sumos sacerdotes y ancianos, «¿Cuál de los dos hijos cumplió la voluntad de su padre?» La respuesta era obvia e inevitable: “El primero”, aquel que in principio dijo “No quiero”, pero luego se arrepintió y fue. Fue su manera de cuestionar a estos líderes religiosos por su falta de conversión. Pero, podemos preguntar, ¿Conversión a qué? Por un lado, es un cambio de mentalidad para “un camino de justicia”, como Jesús caracterizó la predicación de Juan. Por otro lado es para seguir a Jesús, como trabajador en la viña del Señor.

Esto es una de varias parábolas con viñas. El domingo pasado hemos escuchado de los trabajadores contratos desde temprano hasta muy tarde. El próximo domingo tocaría la de los Viñadores homicidas, que no escucharemos por ser la Fiesta de San Francisco, ahora patrono secundario de la Diócesis. Hay, además, la hermosa comparación que hace Jesús de la Vid y los Sarmientos. “Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer.

El viñedo, en el Antiguo Testamento, es una parte esencial de la tierra prometida, y el fruto de la vid, el vino, simboliza las bendiciones de Dios para su pueblo. Con Jesús, el viñedo adquiere un nuevo simbolismo: es el campo donde podemos contribuir al Reino de Dios y su justicia. Y considerando que Jesús es la Vid, espera de nosotros no solamente un fruto abundante, sino el también el “vino mejor”. Pues aquel vino exquisito de las Bodas de Caná no fue solamente un maravilloso ejemplo de los milagros de Jesús; fue sobre todo un signo de lo que Jesús llama “la vida en abundancia”.

Por medio de Jesús, el Señor nos dice a cada uno: “Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña”. Con nuestra ayuda, quiere producir este “vino mejor”. Y luego, quiere invitarnos todos al banquete, donde con alegría compartimos el fruto de nuestra labor y toda clase de bendición celestial y terrenal.

En diciembre del año pasado, tuve la oportunidad de visitar a los viñedos de Aranjuez en Tarija; nos mostraron diferentes variedades, y explicaron los orígenes del Tannat, un excelente vino boliviano que ha ganado fama internacional. También nos llevaron a una pequeña capilla que está escondida en la propiedad. La familia, pues, no se avergüenza de proclamar su fe y se esfuerza para vivirla, incluso en su negocio, donde naturalmente piden la bendición de Dios. «Encomienda tus obras al Señor, y se realizarán tus proyectos», nos aconseja Proverbios, 16,3. Y la mayor bendición es que nuestros proyectos, negocios y la vida misma sea parte del proyecto de Dios.

Trabajar en la viña del Señor es avanzar al Reino de Dios, aquel gran sueño que formó el núcleo de la predicación de Jesús, y el tema de casi todas las parábolas. “El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia.” (Mc 1,15) “Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura.” (Mt 6,33). Hay una cierta urgencia. “Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña.” No es mañana ni la próxima semana.

No hay duda que con estas palabras Jesús expresa lo que escuchaba en su propio corazón. Es Dios Padre que insiste con su Hijo Amado: “Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña.” Y lo hizo, entregándose completamente a la tarea, pero no a solas. Desde el inicio busca discípulos, Pedro y Andrés, Santiago y Juan, los primeros. Envió los doce, con poder y autoridad, luego otros 72. Y finalmente les dijo: “Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos”.

Si somos discípulos de Jesús, nos reconocemos hijos del Padre, y también escuchamos su llamada: “Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña.”

El primer viñedo a cultivar es el propio alma y corazón. Allí tiene que “fermentar” la Palabra de Dios y el amor de Cristo. Allí tenemos que experimentar el perdón y la gracia. Allí tenemos que asegurar que seamos un sarmiento unido a la vid para dar mucho fruto, de la mejor cepa. Para ayudarnos el Señor nos ha dado los Sacramentos de Bautismo, Confirmación y Eucaristía, y cuando hace falta, la Reconciliación y la Unción de Enfermos.

El segundo viñedo es la familia, donde realmente se puede producir un buen vino si se convive como discípulos de Cristo. No fue por nada que el primer milagro se realizó en una boda. Jóvenes, empezando el emprendimiento más importante de sus vidas, apostando mutuamente por el amor y la vida, esperando disfrutar de un buen vino que con los años se hace añejo, el vino mejor, donde la pasión de la juventud se convierte en el gozo de una mutua fidelidad que ha superado todos los obstáculos y mira con satisfacción el crecimiento y éxito de sus hijos. Jesús quiere estar allí para que se arruina, como un vinagre amargo. Quiere complementar la bendición original del Creador con la bendición santificadora de su cruz y resurrección. Por eso nos dio el Sacramento del Matrimonio.

El tercer viñedo es el ámbito laboral. Sea empleado, empleador o autónomo, con el trabajo honesto, no solamente logro el pan de cada día, y la dignidad personal; contribuyo también a una sociedad digna. Este puede incluir el servicio público y político en la promoción del bien común. Pero requiere de personas con madurez humana y espiritual.

Finalmente, hay el viñedo de la Iglesia, para la cual el Señor llama a unos selectos como sacerdotes y consagrados. Es donde se hace el vino más exquisito.

Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña.”