Análisis

Diác. Javier Gómez, SSP: Cultivando la paciencia

Comentaba uno de mis hermanos de comunidad que ahora mira diferente el beneficio de “casa por cárcel”, viendo que estar todo el tiempo encerrado en un mismo sitio, por muy cómodo que sea, es nada agradable. Esta situación hace que haya personas que nos pidan ayudas espirituales para poder mantener la paciencia.

Lo primero que hay que mencionar, es que sentir que la perdemos y que desfallecen nuestras fuerzas, entre el hastío y la preocupación por la escasez de recursos, es una reacción natural y humana. No debemos sentir vergüenza por sentir que flaqueamos. El mismo Job, en la Biblia llegó a preguntarse, ante la durísima prueba del asedio directo del maligno: ¿Tendré aún fuerzas para esperar, y qué futuro puedo esperar aún? ¿Acaso resistiré como la roca? ¿Es mi carne de bronce? (Job 6,11-12).

¿Qué podemos hacer entonces? ¿Cuál es la “fórmula” para seguir resistiendo y con ello superar la prueba? Pablo de Tarso da la siguiente recomendación: Como elegidos de Dios, sus santos y amados, revístanse de sentimientos de profunda compasión. Practiquen la benevolencia, la humildad, la dulzura, la paciencia. Sopórtense los unos a los otros, y perdónense mutuamente siempre que alguien tenga motivo de queja contra otro. El Señor los ha perdonado: hagan ustedes lo mismo. Sobre todo, revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección. Que la paz de Cristo reine en sus corazones: esa paz a la que han sido llamados, porque formamos un solo Cuerpo. Y vivan en la acción de gracias. Que la Palabra de Cristo resida en ustedes con toda su riqueza. Instrúyanse en la verdadera sabiduría, corrigiéndose los unos a los otros.

Canten a Dios con gratitud y de todo corazón salmos, himnos y cantos inspirados. Todo lo que puedan decir o realizar, háganlo siempre en nombre del Señor Jesús, dando gracias por Él a Dios Padre (Col 3, 12-17).

¿Y cómo pedir fuerzas? El Salmo 6 es una breve recitación que puede ayudarnos mucho, en especial los versículos 3 al 5: Ten compasión de mí que estoy sin fuerzas; sáname pues no puedo sostenerme. Aquí estoy sumamente perturbado, y Tú, Señor, ¿hasta cuándo?… Vuélvete a mí, Señor, salva mi vida, y líbrame por tu gran compasión. También pueden leerse los salmos: 55; 51; 37; 145; y el 18, altamente recomendables para leer en momentos de angustia.

Y por último, recordemos las palabras del Papa Francisco: “El Señor espera que le presentemos nuestras miserias, para hacernos descubrir su misericordia”. No es malo que nuestras fuerzas fallen, sí lo es dejar que nuestra desesperación nos aleje de Dios y deje que el miedo se anide en nuestro corazón nublando nuestro juicio.

Autor: Diácono Javier Gómez Graterol, SSP.

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