Cochabamba

Conservar en los cementerios y no esparcir las cenizas incineradas gesto de la esperanza Cristiana

Por Pbro. Fernando Carrillo

 

Movido por la preocupación que veo, ya rayando a polémica, de una lectura atenta del documento “Ad resurgendum cum Christo” (Para resucitar con Cristo) y haber hecho una reflexión, les dejo lo siguiente:

 

Los días pasados (dos de noviembre), ayer en la ciudad de La Paz, principalmente, por las tradiciones de las “ñatitas” la gente se volcaron a los cementerios generales, más propiamente denominado como el campo santo, lugar donde descansan los restos de los fallecidos.

 

Toca hacer una reflexión sobre la relación que tenemos los que aún estamos con vida con los que ya fallecieron. La Iglesia Católica, guiada pastoralmente por el Papa Francisco, alienta esta relación sin fatalismos sino de gestos responsables y llenas de fe en aguardar la resurrección de nuestros difuntos como participación de la Resurrección de Señor Jesucristo.

 

La vida es una responsabilidad y la muerte de los nuestros también conlleva dicha actitud. Las siguientes preguntas podrían ayudarnos a reflexionar ¿Cuál será mi esperanza final respecto a mi vida? ¿En qué espero después de la muerte? ¿Hay coherencia entre mi profesión de fe y lo que hago por mis difuntos?

 

Primero, habrá que reflexionar sobre la esperanza humana después de la muerte y la responsabilidad que tenemos para con “nuestros” difuntos –subrayo nuestros, porque, no dejan de ser parte de nuestras vidas– de custodiar sus restos con el mismo cariño con que los hemos tenido en vida o al menos en respeto profundo a los restos, como cuando se tiene a cuerpo con vida.

 

Aquí podemos ahora mirar la instrucción acerca de la sepultura de los difuntos y la conservación de las cenizas en caso de cremación. Dicho documento es para los fieles católicos y seguramente una orientación para toda la familia humana, también. Es decir, es un llamado a las Conferencias Episcopales para que desde la reflexión colegial puedan animar a los fieles en el pastoreo y fortalecer su esperanza cristiana que es la resurrección de los muertos. También que los Obispos de cada diócesis, como pastores cercanos a la vivencia de los fieles puedan orientar en sus decisiones como creyentes. A los párrocos para que como guías espirituales puedan acompañarles de más cerca a la feligresía peregrina para que se mantenga en oración y mantenga firme su esperanza por aquellos hermanos, familiares, amistades y también por aquellos difuntos que también son “nuestros”, porque son hermanos en la fe. Desde luego la instrucción es para los fieles cristianos católicos afiance su esperanza última y la haga presente la promesa de Jesús que dice: “Yo Soy la Resurrección y la vida, el que cree en Mí tiene vida eterna…” (Jn 11, 25).

 

La legislación eclesiástica actual sobre la cremación de cadáveres se rige por el Código de Derecho Canónico que dice: “La Iglesia recomienda vivamente que se conserve la piadosa costumbre de dar sepultura a los cuerpos de los difuntos; sin embargo, no prohíbe la cremación, a no ser que ésta haya sido elegida por razones contrarias a la doctrina cristiana ” (CIC 1176 & 3). Sin embargo, con respecto a la práctica de la conservación de las cenizas, no existe legislación canónica específica esto ha llevado a distintas prácticas al respecto que es la preocupación de obispos de distintos lugares y que han hecho conocer al Papa quien mediante la Congregación para la Doctrina de la Fe para que pueda dar una iluminación fundada en la doctrina cristiana, es lo que tenemos en esta instrucción.

 

Por eso, la Iglesia, en primer lugar, sigue recomendando con insistencia que los cuerpos de los difuntos se entierren en el cementerio o en otro lugar sagrado. En memoria de la muerte, sepultura y resurrección del Señor, la inhumación (entierro sea en la tierra o en mausoleos)  es la forma más adecuada para expresar la fe y la esperanza en la resurrección corporal. Además, la sepultura en los cementerios u otros lugares sagrados responde adecuadamente a la compasión y el respeto debido a los cuerpos de los fieles difuntos. Mostrando su aprecio por los cuerpos de los difuntos.

 

Pero si por razones válidas (legítimas) se opta por la cremación del cadáver, las cenizas del difunto, por regla general, deben mantenerse en un lugar sagrado, es decir, en el cementerio o, si es el caso, en una iglesia o en un área especialmente dedicada a tal fin. No está permitida la conservación de las cenizas en el hogar. Esta última es la prohibición que amerita reflexionar y tomar en cuenta. Sólo en casos de graves y excepcionales circunstancias, el Obispo del lugar, de acuerdo con la Conferencia Episcopal, puede conceder el permiso para conservar las cenizas en el hogar. Para evitar cualquier malentendido panteísta (creer que dios está en todo, naturalista o nihilista, no se permite la dispersión de cenizas en el aire, en tierra o en agua o en cualquier otra forma, o la conversión de cenizas incineradas en recuerdos conmemorativos”.

 

Ahora respecto a la otra prohibición para los fieles católicos es la dispersión de las cenizas. Entramos en el campo más subjetivo, es decir a deseos, sentimientos y pensamientos más personales. A menudo se tiene la idea de que con la muerte el ser humano termina su existencia y queda completamente aniquilado, como si ese fuera su destino final. Pueden haber desde criterios superficiales o hacer privado u ocultar lo que es el cuerpo muerto y modas de gusto, muchas veces inspiradas en las películas, hay personas que tienen el deseo de que sus cenizas sean esparcidas en la naturaleza (ríos, lagos, mar, montañas…la lista es de acuerdo a la imaginación).

 

La reflexión anterior puede ser refutada y se puede pensar en conservar en el hogar las cenizas de un pariente amado (papás, esposa-esposo, hijos/as…), esté inspirada por un deseo de cercanía y de piedad que facilite el recuerdo y la oración. No es el motivo más frecuente, pero en algunos casos puede suceder. Sin embargo existe el peligro de que haya olvidos o faltas de respeto, sobre todo una vez pasada la primera generación, así como dar lugar a elaboraciones del luto poco sanas. Pero sobre todo, hay que observar que los fieles difuntos forman parte de la Iglesia, son objeto de oración y del recuerdo de los vivos y está bien que sus restos sean recibidos por la Iglesias y conservados con respeto a lo largo de los siglos en los lugares que la Iglesia bendice con ese fin sin que se sustraigan al recuerdo y a la oración de los demás parientes y al resto de la comunidad.

 

Finalmente, para la fe cristiana, el cuerpo no es toda la persona, que siendo una parte integral, esencial, de su identidad se procure conservar. De hecho, el cuerpo es como el sacramento del alma que se manifiesta en él y por él. Por eso enterrar a los muertos ya es, en el Antiguo Testamento, una de las obras de misericordia con el prójimo. La ecología integral y los llamados “pensamientos modernos” o “mentes en evolución” que anhela el mundo contemporáneo, tendría que empezar por respetar el cuerpo, que no es un objeto manipulable siguiendo nuestra voluntad de potencia, sino nuestra humilde compañero para la eternidad y proclamar como Job: “Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo… después de que me arranquen la piel, ya sin carne veré a Dios…” (Job 19, 25-26).