Santa Cruz

Cizaña, violencia y poder – Homilía de Mons. Robert Flock – Domingo 16 de Tiempo  – 19 de julio de 2020

Queridos hermanos,

Hace 2 días, el 17 de julio, Bolivia marcó 4 décadas desde el sangriento golpe militar de Luis García Meza, cuyo gobierno narco terrorista dejo cicatrices en la historia nacional que todavía no están sanadas. Una de las fotos lo muestra haciendo su juramento con los dedos en forma de cruz, tomando así en falso el nombre de Dios e insultado a nuestro Señor Jesucristo, pues no se puede cometer atrocidades invocando al Señor.

En cambio, el Masismo optó por juramentos con el puño, descartando abiertamente el signo religioso, en favor de un signo de violencia. Y gracias a la revolución de las pititas, sostenidas con la oración, el gobierno de Morales no llegó al mismo nivel de salvajismo que García Mesa, pero sus acciones en el Hotel las Américas, Chaparina, Porvenir, Senkata y Sacaba demuestran que creen en el empleo de la violencia no menos que las dictaduras de la derecha, sin hablar de los grandes hechos de corrupción, vínculos con el narcotráfico y amenazas a cercar ciudades y dejar a la gente sin alimento. Al fin de cuentas, ni derecha ni izquierda respetan a Dios y su Ley, mucho menos a la democracia; ambos demuestran la veracidad del dicho: “El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente.”

La excepción es Dios, Todopoderoso. Nuestra primera lectura reflexiona sobre esto con una oración dirigida al mismo Señor: “Como eres dueño absoluto de tu fuerza, juzgas con serenidad y nos gobiernas con gran indulgencia, porque con sólo quererlo puedes ejercer tu poder.” En otras palabras, por el mismo hecho de ser todopoderoso, Dios jamás abusa de su poder, más bien demuestra la mayor paciencia y consideración, o como dice la lectura, “indulgencia”.

Una de las observaciones sobre el presidente del país más poderoso del mundo, es su obsesión por no proyectar una imagen de debilidad; de allí su maltrato a todo el mundo. A fondo, es una compensación psicológica por la debilidad interior, igual que el niño bully que maltrata a los más pequeños y el hombre machista que maltrata a las mujeres. Siempre andan inseguros por su imagen y su por su poder. En cambios, los hombres con fuerza interior, que es esencialmente espiritual, suelen ser muy gentiles; las mujeres con fuerza interior son luchadoras.

La corrupción y el abuso del poder es parte de esta cizaña que Jesús presenta con su parábola; es la semilla sembrada por algún enemigo, que Jesús identifica con “el maligno”, y “el demonio”. Entienda que mientras Dios es Todopoderoso, Satanás es todo impotente; por eso sus armas son el engaño y el miedo. Es ilustrado por el Arcángel Miguel, cuyo nombre significa: “¿Quién es como Dios?; Satanás pretende ser todopoderoso, pero San Miguel lo derrota fácilmente.

La Parábola de la Cizaña pone una pregunta transcendental en boca de los peones: “¿Quieres que vayamos a arrancarla?” Equivale a que preguntamos a Dios, como servidores suyos, ¿quieres que arranquemos el mal que hay en el mundo? Y la respuesta sorprende: “No”, les dijo el dueño, “porque al arrancar la cizaña, corren el peligro de arrancar también el trigo.”

Yo me acuerdo como niño, pasamos muchas horas en la primavera y el verano arrancando la mala hierba del huerto familia. Intentamos hacerlo antes que creciera demasiado y nos enseñaron a tener mucho cuidado, precisamente para no arrancar las verduras. Más tarde, con el tractor y un aparato que llamamos cultivador sabía quitar la mala hierba entre los surcos de maíz, aunque una vez por distraído arranque unos 15 metros de dos surcos.

De alguna manera tenemos que combatir el mal. Pero, ¿cómo? No vale cualquier método, porque algunos amplifican el mal que se quiere erradicar. La parábola, a fondo, nos pide renunciar a la violencia, porque siempre siembra nueva cizaña. En la parábola, tenía que esperar a la cosecha, confiando en Dios y su justicia. Pero ¿será que debemos quedarnos con los brazos cruzados, y hacer la vista gorda? No creo. Jesús anunció el reino de Dios; pidió conversión, no apatía.

Hay una especie de mito que está metido en nuestra conciencia colectiva. Presenta al mundo dividido entre buenos y malos; y los superhéroes buenos luchan contra los villanos, y los vence por ser los más fuertes, astutos y buenos. Este mito está en los dibujos animados y en el cine, y lo llevamos a casi todas nuestras disputas. El héroe, con su armadura brillante y su caballo blanco sale a tumbar a los enemigos feos y despóticos. Pero en la vida real ambos lados ven a sí mismo como la salvación mesiánica y al otro como satanás. Nunca es así. El bien y el mal van mesclados y con excepción de Jesús y la Virgen María, todos somos afectados por la cizaña del pecado; ojalá tengamos una preponderancia de gracia.

Ahora, si debemos renunciar al empleo de la violencia, como, por ejemplo, en las luchas armadas, como hizo el Che Guevara, y la pena de muerte, como los EEUU hace pocos días, y tantas otras formas de violencia, ¿cómo quitar la cizaña? ¿Cómo debemos luchar para que el trigo no sea ahogado por la cizaña, sino que la cizaña sea reducida al mínimo y produzcamos frutos buenos?

Para esto, la lucha siempre tiene que empezar en el propio corazón y alma, y lo que sucede allí es un acercamiento a Dios por medio de Cristo. Si no, ni siquiera se sabe distinguir entre la cizaña y el trigo. Segundo, confiando en Dios, “el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad”, como afirma San Pablo en la 2ª Lectura. Tres, buscamos siempre la unidad; luchamos juntos. Cuatro, desconfiemos del poder, lo institucionalizamos, ponemos límites y separaciones, lo compartimos. Finalmente, volvemos de nuevo a Dios, para pedir el triunfo, no de nosotros, sino del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y nos libera del mal.