Análisis

¿Un sábado más?

A veces siento que el Sábado Santo nos ha quedado grande a los cristianos. En general nos hallamos muy a gusto con otras fechas del calendario litúrgico. Entre los días de semana santa, nos encontramos más confortables con la Resurrección el domingo; incluso, me atrevo a decir, no estamos tan incómodos con la pasión el viernes. Lo difícil de verdad es el desconcierto que puede despertar el sábado.

 

Con la Pascua, resulta obvio que estemos a gusto. Finalmente es el signo del triunfo, aquello que retrospectivamente le da sentido, tanto al sufrimiento como a la vida de Jesús. Es la vida la que ha vencido y el bien el que prevalece. Es el signo de nuestra esperanza.

 

Con la Pasión, el sufrimiento de Jesús, cuesta bastante más sentirse en sintonía, pero el dolor es algo que nos ha tocado vivir de una u otra forma y, por lo tanto, no nos resulta del todo ajeno aunque sea un sentimiento que nos disguste.

 

Lo difícil de esta significativa semana para los cristianos, lo verdaderamente duro, es el espacio de tiempo entre la muerte y la resurrección. Es el momento en que la única certeza que tenemos es la de haber sido derrotados. Donde el pasado, por bueno que hubiera parecido, no basta para sostenernos; y el futuro cede ante el vértigo de la incertidumbre.

 

Cuando nos animemos a tomar en serio toda la perplejidad y el mundo de dudas con que nos enfrenta el Sábado Santo; entonces, quizás entonces, podamos ser dignos mensajeros de una Pascua que se haga efectiva en el mundo.

A veces siento que el Sábado Santo nos ha quedado grande a los cristianos. En general nos hallamos muy a gusto con otras fechas del calendario litúrgico. Entre los días de semana santa, nos encontramos más confortables con la Resurrección el domingo; incluso, me atrevo a decir, no estamos tan incómodos con la Pasión el viernes. Lo difícil de verdad es el desconcierto que puede despertar el sábado.

Con la Pascua, resulta obvio que estemos a gusto. Finalmente es el signo del triunfo, aquello que retrospectivamente le da sentido, tanto al sufrimiento como a la vida de Jesús. Es la vida la que ha vencido y el bien el que prevalece. Es el signo de nuestra esperanza.

Con la Pasión, el sufrimiento de Jesús, cuesta bastante más sentirse en sintonía, pero el dolor es algo que nos ha tocado vivir de una u otra forma y, por lo tanto, no nos resulta del todo ajeno aunque sea un sentimiento que nos disguste.

Lo difícil de esta significativa semana para los cristianos, lo verdaderamente duro, es el espacio de tiempo entre la muerte y la resurrección. Es el momento en que la única certeza que tenemos es la de haber sido derrotados. Donde el pasado, por bueno que hubiera parecido, no basta para sostenernos; y el futuro cede ante el vértigo de la incertidumbre.

Cuando nos animemos a tomar en serio toda la perplejidad y el mundo de dudas con que nos enfrenta el Sábado Santo; entonces, quizás entonces, podamos ser dignos mensajeros de una Pascua que se haga efectiva en el mundo.