Análisis

“Después que callaron a Juan…”

Al encontrarnos con el Evangelio de Marcos en este Tercer Domingo del Tiempo Ordinario estamos de frente al género literario de narraciones de vocación, según el evangelio de Marcos, en el cual lo primero que se indica es la condición de vida de la persona interpelada por Dios, dicho de otro modo, de la manera cómo debe vivir aquel que se encontró con Dios. Después sigue a la llamada expresada con palabras o acciones simbólicas y finalmente se tiene el seguimiento que conlleva el abandono de la actividad anterior, de pescador de peces, valga la redundancia, a pescador de hombres, este es el contexto literario. Ahora bien, ¿cuál es nuestro contexto actual con respecto a la Buena Noticia?. La persona humana, es decir, tú y yo, siempre estamos en espera de noticias buenas. Cuando suena el teléfono o al escuchar los mensajes de voz, al abrir una carta, al entrar a nuestro correo electrónico o entrar al buzón de mensajes de nuestro celular deseamos encontrar buenas noticias pero… a veces no siempre las hay. Pero sí es verdad que cada vez que abrimos el “Evangelio” nos encontramos con la Buena Noticia. Hoy tenemos que decir que nos es comunicada por Dios en su Hijo Jesús y nos dice en qué relación él está con nosotros. Padre José Ferrari, sacerdote diocesano de Bérgamo, que partió a la casa del Padre el 2005, cuyo testimonio y palabras han sido de mucha inspiración y motivación en mi vida de seminarista y ahora de sacerdote, era un hombre que tenía la gracia de percibir en lo cotidiano los brotes germinales del reino, era capaz de alegrarse del retoño de una planta en el inmenso jardín del Seminario San José. Desde que lo conocí, usaba unos lentes gruesos de miope perdido, pero eso no le impedía reconocer las señales de Dios en la vida ordinaria. Precisamente la dedicación de P. Ferrari a las plantas me llevó a pensar en una yerba de césped que existe en el Valle de Cochabamba llamada científicamente cynodon dactylon, popularmente conocemos como el “ch’iqui”, en quechua se refiere a pasto fuerte a toda inclemencia del tiempo. Es un pasto que tiene el tallo delgado que están unidas por unos nudos a cada 5 milímetros y unas hojas verdes oscuras, delgadas y alargaditas. Sus raíces se extienden por debajo de la tierra en todas las direcciones, de tal manera que, cuando se arranca una todo el capullo, a los pocos días nace otro a lado y más fuertes todavía. Eliminar a pulso, con fuego o con alguna herbicida es imposible. Un día en mi casa, por cierto está en un hermoso campo verde donde gozamos agua de la torrentera durante 365 días del año, echamos una capa de cemento en el patio para acabar con el no deseado “ch’iqui”. Pero, algunos días después, unas guías blanquecinas con algo de verde se asoman por alguna rendija que ha abierto, entre el cemento plomo negrusco al cabo de un par días ya se están rastreándose verduzcos aquella grama. ¿Cómo unos aguijones delgados y tiernos pueden atravesar el cemento tan duro? ¿Cómo se incuba en el misterio de la tierra esta vida tan fuerte? (…) Así y mucho más Dios crea inagotablemente vida y libertad en el secreto de la tierra fecunda hasta que llegue la hora y brote la justicia de manera incontralable”. El impacto que causó la noticia de que el profeta Juan había sido encarcelado debió ser muy grande en todos aquellos que fueron desde muy lejos a bautizarse, al otro lado del Jordán. Grandes multitudes que escuchaban los bramidos de este hombre vestido con pelo de camello y alimentado con langostas y miel del monte, quedaban profundamente impresionados; regresaban a sus aldeas convencidos de que Dios estaba hablando por su medio a todo el pueblo y que su bautismo debía transformar la vida de todos. La predicación de Juan, recogida más ampliamente en el Evangelio de Lucas, era inquietante, aún para hoy. Cuando la gente le preguntó: “¿Qué debemos hacer? Juan les contestó: –El que tenga dos trajes, dele uno al que no tiene ninguno; y el que tenga comida, compártala con el que no la tiene”. A los que cobraban los impuestos para Roma le decía: “–No cobren más de lo que deben cobrar. También algunos soldados le preguntaron: –Y nosotros, ¿qué debemos hacer? Les contestó: –No le quiten nada a nadie, ni con amenazas ni acusándolo de algo que no haya hecho; y confórmense con su sueldo. (…) De este modo, y con otros muchos consejos, Juan anunciaba la buena noticia a la gente. Además, reprendió a Herodes, el gobernante, porque tenía por mujer a Herodías, la esposa de su hermano, y también por todo lo malo que había hecho; pero Herodes, a todas sus malas acciones añadió otra: metió a Juan en la cárcel”. Jesús, que también había ido a bautizarse en el Jordán, no podía permanecer indiferente ante el encarcelamiento de Juan y se “fue a Galilea a anunciar las buenas noticias de parte de Dios. Decía: ‘Ya se cumplió el plazo señalado, no hay nada que esperar y el reino de Dios está cerca. Conviértanse o vuélvanse a Dios y acepten con fe sus Buenas Noticias”. Y comenzó a llamar a sus primeros discípulos para llevar adelante su misión. Los que encarcelaron a Juan pensaron que con esto se iba a terminar la fiebre del reino, pero lo que hicieron fue alborotarla más; porque la vida de Dios, como la grama más fuerte, el “ch’iqui”, siempre sigue buscando salidas, aún atravesando el cemento oscuro de la opresión.