En un nuevo aniversario del nacimiento del sacerdote jesuita Francisco Dardichón (nacido el 26 de mayo de 1930 – 2015), su pensamiento vuelve a interpelar con fuerza la realidad que atraviesa Bolivia. Aunque hoy ya no se encuentre físicamente entre nosotros, sus reflexiones conservan una vigencia sorprendente en medio de la crisis económica, la polarización política y los constantes conflictos sociales que afectan al país.
En su libro 100 palabras para cristianos adultos en la fe, Dardichón (Dardi para los amigos) recordaba que la política, en su sentido más profundo, no es lucha por poder ni imposición ideológica, sino “la búsqueda del bien común”. Desde esa mirada, advertía que todo ciudadano participa de la vida política cuando respeta las leyes justas, cuida al prójimo y trabaja por una sociedad más humana. Pero también denunciaba cómo la corrupción, los intereses partidarios y las ambiciones personales terminan deformando el verdadero sentido de la política.
Sus reflexiones resultan particularmente significativas en la Bolivia actual. Tras casi dos décadas de una intensa confrontación política, el país vive hoy una crisis acumulativa marcada por el desgaste institucional, la escasez económica, la polarización social y la creciente desconfianza entre ciudadanos. Mientras distintos sectores se acusan mutuamente de la situación nacional, muchas veces se pierde de vista el verdadero centro de toda convivencia democrática: el bien común.
En este contexto, resonaron también las recientes palabras de Monseñor Percy Galván, quien durante su homilía afirmó con claridad que quienes promueven violencia, odio y bloqueos que dañan al pueblo “no pueden llamarse cristianos”. Su llamado no fue político-partidario, sino profundamente evangélico: recordar que el cristianismo no puede separarse de la paz, el diálogo y el respeto por la dignidad humana.
La crisis del bien común
Hoy miles de familias bolivianas sufren las consecuencias directas de los conflictos sociales: desabastecimiento, incremento de precios, dificultades para acceder a alimentos, medicamentos y combustibles, además de una creciente incertidumbre económica. Negar ese sufrimiento sería ignorar la realidad concreta de los más vulnerables, especialmente de quienes viven del trabajo diario o dependen del comercio y el emprendimiento para subsistir.
Sin embargo, el análisis tampoco puede caer en la simplificación o el resentimiento social. Sería injusto reducir a todos los sectores campesinos o populares movilizados a una categoría de enemigos o responsables absolutos de la crisis. Muchas personas también actúan desde desinformación, presión comunitaria o lealtades políticas construidas durante años. El problema de fondo no es la gente humilde, sino la instrumentalización política, el fanatismo ideológico y la manipulación de las necesidades sociales.
El P. Francisco insistía precisamente en la coherencia entre fe y vida pública. Jesús, decía el P. Dadi, no perteneció a grupos de poder ni promovió odio entre hermanos. Defendió a los oprimidos, denunció las injusticias y anunció un Reino basado en la verdad, la justicia y la misericordia.
Por eso también hablaba del perdón como una exigencia central del Evangelio. “No devuelvan mal por mal”, citaba desde las cartas apostólicas. Para el sacerdote jesuita, perdonar no significaba justificar el daño ni renunciar a la verdad, sino romper el ciclo de la venganza y la confrontación permanente que destruye a las sociedades.
Pensar antes que repetir
Bolivia atraviesa hoy no solo una crisis económica o política, sino también una crisis de conciencia social. Las redes sociales, la desinformación y los discursos ideológicos han profundizado la fragmentación del país. Muchos ciudadanos terminan repitiendo consignas antes que desarrollando un pensamiento crítico propio. Y cuando la verdad deja de buscarse honestamente, la democracia comienza a debilitarse lentamente.
En medio de esta realidad, el pensamiento de Francisco Dardichón recuerda que la fe cristiana no puede reducirse a rituales o discursos religiosos aislados de la realidad social. Evangelizar también significa formar personas capaces de discernir, dialogar y buscar el bien común por encima de intereses sectoriales.
Quizá hoy, más que nunca, Bolivia necesita recuperar esa capacidad de encuentro. Necesita menos fanatismo y más verdad; menos confrontación y más responsabilidad; menos manipulación y más conciencia crítica.
Porque como advertía implícitamente el propio P. Dardi, una sociedad que deja de pensar desde la verdad y el bien común corre el riesgo de terminar dominada por el miedo, el resentimiento y la división.


