Reflexión Dominical Santa Cruz

Solemnidad de La Santísima Trinidad: “Santificar el nombre de Dios”

Solemnidad de la Santísima Trinidad – 7 de junio de 2020

Santificar el nombre de Dios

Queridos hermanos,

Nuestra segunda lectura hoy es la conclusión de la Carta de San Pablo a los Corintios. Típicamente inicia y termina sus cartas con un saludo, deseando la gracia y la paz de Jesús, pero en esta carta tiene una formulación trinitaria: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo permanezcan con todos ustedes.” En los Evangelios, la formulación trinitaria más clara está en el mandato misionero de Mateo donde Jesús manda bautizar “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

Jesús en sus parábolas y sermones nunca se puso a explicar la Santísima Trinidad. Pero habló de Dios como Padre suyo y como Padre nuestro, y prometió el don del Espíritu Santo que llamó “el Espíritu de la Verdad que proviene del Padre” (Jn 15,26). Habló de su íntima unidad con Dios Padre, afirmando que “El Padre y yo somos una sola cosa.” (Jn 10,30), y “el Padre está en mí y yo en el Padre” (Jn 10,38). Jesús también afirmó que: “Cuando venga el Espíritu de la Verdad, él los introducirá en toda la verdad” (Jn 16,13). Así con la ayuda del mismo Espíritu Santo, la Iglesia ha comprendido y formulado la doctrina sobre la Santísima Trinidad, Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, un solo Dios en tres personas, comunidad de infinito amor y vida.

¿Qué me importa?, se podría preguntar. Y siempre que no sea una reacción cínica, es una buena pregunta. En un primer lugar, es un consuelo saber que el Creador del universo en toda su inmensidad, culminado en la creación de la humanidad, no es una simple energía o proceso evolutivo, sino la obra maestra de un Dios, comunidad de amor, que ha querido crear a cada uno de nosotros en su im

agen y semejanza, y que quiere compartir con nosotros su vida, su amistad y su infinito amor. Por eso, como explica Jesús en el Evangelio: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna.”

¿Cómo puede la creatura comprender al Creador, mucho menos conocerlo y amarlo? Naturalmente, durante la historia de la humanidad, a causa de nuestra pequeñez, combinado con el daño que nos hace el pecado, ha habido muchas ideas confusas y equivocadas sobre Dios, confundiéndolo, sobre todo, con las fuerzas de la naturaleza o con el sol, la luna y los planetas. Aun miles de años antes de que la ciencia empezara a descubrir la realidad del sistema solar, nuestra galaxia y la inmensa extensión del universo hasta ahora conocido, Dios eligió a un pueblo especial para corregir estas confusiones y revelar a su ser, junto con su sueño para con su creación y la humanidad.

Un pue

blo que se refugió en el poderoso Egipto de las pirámides, había sido convertido en esclavos, todo justificado desde la religión de los Faraones. Al apostar por los hebreos, Dios unió la revelación de su propia naturaleza con la liberación de los oprimidos. Mostró la falsedad de los dioses de Egipto que trituraba a los pequeños. Durante la historia de Israel tendría que luchar contra otras religiones que falsificaba la figura de Dios, como Baal y Astarte, a quienes se hacían culto a través de ritos de prostitución en sus templos, que como la pornografía de hoy hace una deificación de sexo para terminar convirtiendo a las personas en objetos de consumo.

Algunos se quejan de la evangelización porque significa superar a las religiones originarias, y aunque los misioneros no siempre han representado a nuestro Dios como es debido, el conocimiento del Dios vivo y verdadero es siempre un proceso de liberación del mal y promoción de la dignidad humana. En cambio, las grandes opresiones de la humanidad están acompañadas por la tergiversación de la identidad de Dios, o la negación de su misma existencia.

Por cierto, aún después de dos mil años de cristianismo, tenemos que seguir luchando por un auténtico conocimiento del Dios que invocamos como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Las graves opresiones, perversiones y corrupciones que persisten en nuestras sociedades señalan que Dios no es conocido, mucho menos amado, como es debido.

Una de las realidades que cuestiona nuestro conocimiento de Dios es el racismo. Si creemos que todos somos creados en imagen y semejanza de Dios, no hay lugar para el racismo. Si creemos en Jesucristo que contó la parábola del buen samaritano, no podemos despreciar o marginar a otra raza. Y si por el Bautismo y la Confirmación hemos recibido el Espíritu Santo paráclito, consolador y defensor, entonces nuestra reacción será primero de consolar y defender a los que son oprimidos y marginados, por cualquier pretexto, como también de luchar para que el racismo y otras formas de desprecio y discriminación desaparezcan de los corazones, de las leyes y de las costumbres.

San Pablo explicó así: “Todos ustedes, por la fe, son hijos de Dios en Cristo Jesús, ya que todos ustedes, que fueron bautizados en Cristo, han sido revestidos de Cristo. Por lo tanto, ya no hay judío ni pagano, esclavo ni hombre libre, varón ni mujer, porque todos ustedes no son más que uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3,26-28). Uno se pregunta, con semejante afirmación en la Sagrada Escritura, cómo es posible que, en la historia del cristianismo, hace poco más de un siglo, había quienes defendían la institución de la esclavitud hasta con argumentos bíblicos. En realidad, sus intereses económicos les dejaron sordos ante la palabra de Dios, ciegos ante el sufrimiento que intentaron justificar, y alejados del Dios que invocaban en vano.

Mirando los disturbios estos días en los Estados Unidos, que estallaron después de un asesinato racista por policías en Minneapolis, reaccionó el Papa Francisco: “Queridos amigos, no podemos tolerar ni cerrar los ojos ante ningún tipo de racismo o exclusión y pretender defender la santidad de toda vida humana. Al mismo tiempo, debemos reconocer que la violencia de las últimas noches es autodestructiva y provoca autolesión. Nada se gana con la violencia y mucho se pierde”. (Audiencia general 03/06/2020).

Es una lección que necesitamos aprender en Bolivia, donde constantemente pedimos la bendición y la protección de Dios, y donde hay ataques contra médicos y enfermeras que se arriesgan por salvar la vida. No se puede persignarse invocando al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo y actuar de esa manera. Estos hechos, con todas las formas de corrupción y violencia que empobrecen el país persisten, no simplemente por falta de impunidad. Nuestras cárceles, pues, están hacinados con personas que han hecho mucho menos. Estos males persisten porque no nos acercamos al Dios vivo y verdadero.

Ahora estamos en Pandemia. Un virus que no podemos ver, pasa de uno a otro de manera fría, indiferente. No tiene intención, tampoco misericordia. A pesar de grandes esfuerzos, el contagio se duplica en Bolivia cada 10 días, y la realidad es probablemente mucho peor que indican las estadísticas, ya que las pruebas tardan y faltan; algunos se enferman y hasta mueran sin diagnóstico. Entonces, levantamos nuestras manos y gritamos al cielo pidiendo auxilio. Dios no es indiferente como el virus; Él quiere curarnos de este mal. Pero parte de la liberación de este mal y de todos los males, como imploramos al final del Padrenuestro que rezamos, está en lo que decimos al inicio: “Padre nuestro, que estás en el cielo, Santificado sea tu nombre.”

Santificar el nombre de Dios, significa, en primer lugar, conocer y amar al que se ha revelado como Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, para que, al invocar su nombre, no lo tomemos en vano, tergiversando su ser y su voluntad. “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo permanezcan con todos ustedes.”