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Sí­nodo, día 6: El arzobispo de Ayacucho cita a Santa Rosa de Lima

Durante la 11ª asamblea de los obispos recuerda que la tarea de la familia es anunciar la verdad y creer en el amor

Este lunes ha sido la 11ª congregación general del Sínodo de los obispos sobre la familia, asamblea querida por el papa Francisco, que inició en el Vaticano el pasado domingo 5 y concluye el próximo domingo 19.

Con la presencia del santo padre Francisco, que como indicaron diversos participantes se limita a escuchar, la asamblea inició hoy con el canto de la Hora tercera.

El arzobispo peruano de Ayacucho, Salvador Piñero, en sus palabras a la asamblea recordó que “el Señor nos llama a la santidad, a vivir su Evangelio en medio de una sociedad que se acostumbra a la mentira y fomenta odios e injusticias. Esta es la tarea de la familia: anunciar la verdad y creer en el amor”.

Y quiso “traer el testimonio de la primera santa de la América Cristiana que nació en mi país, y es una laica que sabia de las ilusiones y trabajos de su familia: Santa Rosa de Lima.

“Le pide permiso -indicó el arzobispo- a su padre para construir con su hermano Fernando una ermita en el fondo de su casa y pasar momentos de oración preparando las catequesis que compartía con sus amigas terciarias dominicas”. Añadió que Santa Rosa “es el modelo de la mujer que sabe rezar, enseñaba que el único camino para el cielo es la cruz. Y también le pide permiso a su padre para habilitar una sala de su casa como dispensario para cuidar de los enfermos”.

Recordó que esta santa laica, “ayudaba a la economía familiar con sus labores de costurera. Hacía oración, amaba a los suyos y abría las puertas de su casa para llevare consuelo y esperanza a los pobres y necesitados. Y si encontraba a un enfermo que estaba lejos y era difícil atenderlo, corría donde su amigo Martín de Porres para confiarle esa tarea”.

E inivitó a acompañar “la pastoral familiar con más empeño y hagamos de los hogares que nos han confiado escuelas de Evangelio”.

Y agradeció “a mis padres que me enseñaron a amar a Jesús y servir en la Iglesia. Tuve la inmensa paz y consuelo de asistirles en su hora final y llevo el anillo de obispo que nos habla de la nupcialidad con nuestra Iglesia hecho con las alianzas de mis padres, que mis hermanos me regalaron el día de mi ordenación episcopal”.

Y concluyó invitando a recordar que “el amor de los esposos, la alegría del hogar y el sacrifico diario son fuente de santidad”.