Potosí

Relato de un Sábado Santo en el Centro Minero Pulacayo (fragmento de la novela sobre Pulacayo)

Presentamos un fragmento de la novela “El amor bajo las piedras” de Ariel Beramendi, que relata las anécdotas de un Sábado Santo en Pulacayo.

 

Los nuevos propietarios y administradores de la compañía profesaban el evangelio de la prosperidad; el nuevo gerente estaba harto de dichos festejos y los consideraba expresiones salvajes, bendecidas por el cura, que, además, provocaban la ausencia laboral de los mineros a causa de la fiesta; sin embargo, no se atrevía a contrariar las costumbres de la gente ni a expresar su malcontento a la Iglesia.

Por su parte, el Tata Crispín fomentaba sus pequeñas procesiones que, saliendo de la iglesia, daban una vuelta por el pueblo y regresaban; él sentía que se había hecho cura para eso, y los días más importantes del año para él eran los de Semana Santa.

Delfina y Apolinar, como cada año, participaron de las ceremonias y procesiones de esos días santos. El Viernes Santo, el Tata Crispín había preparado una liturgia para rememorar la muerte de Cristo en la cruz. El bulto del Crucificado de la iglesia tenía las articulaciones y el cuello hechos de tela pintada del color de la piel; la imagen sagrada flotaba entre los rezos solemnes del sacerdote y los inciensos que administraban los monaguillos. A las tres de la tarde, el sacristán aflojó el cordón que sostenía la cabeza de la imagen, que, bruscamente, se acurrucó sobre su pecho; las mujeres sollozaron y los niños se quedaron con la boca abierta y asustados porque habían visto morir a Cristo; y, ahora, los colaboradores del Tata Crispín lo descendían de la cruz después de quitarle los clavos de las manos y acompañar hacia abajo sus brazos, para luego acomodarlo en la urna del Santo Sepulcro para la procesión.

Esta ceremonia era la misma todos los años, pero la sorpresa y los sollozos no disminuían con el paso del tiempo; sin embargo, ese año quedó grabada en la memoria de Delfina.

El Santo Sepulcro, durante la procesión del Viernes Santo, estaba acompañado por la Virgen Dolorosa y por San Juan el Evangelista. El orden era el mismo de siempre: primero salía la estatua de la Virgen, escoltada por las mujeres rigurosamente vestidas de luto; después, la imagen de San Juan, el discípulo amado, que era transportado por los varones del pueblo, también vestidos de negro; y, finalmente, la imagen del Santo Sepulcro cargado por los Caballeros del Santo Sepulcro, con la dirección del cura párroco.

Los gritos y correteos del padre Crispín, bajo el velo del incienso eran solemnes y, como cada año, el inicio caótico de la procesión se ordenaba para sumergirse en un ambiente funerario, en el que las mujeres ancianas se golpeaban el pecho, y las mamás pellizcaban a sus niños para que comenzaran a llorar y añadieran más realismo a ese momento de dolor.

El sábado, a la cuatro de la mañana, con cantos de lamento y angustia, las mujeres hacían recorrer las calles a la Virgen Dolorosa en busca de su Hijo. Solo de verla, causaba angustia: los ojos miraban al cielo y derramaban lágrimas cristalinas, las manos señalaban el corazón, que estaba atravesado por siete espadas.

Por otras callejuelas, la imagen del discípulo amado también recorría las calles buscando a su Maestro; ambas imágenes se encontraban poco antes de llegar al templo, y durante toda la jornada, el silencio caía sobre el pueblo hasta que llegara el esperado domingo glorioso de Resurrección. Solo el gerente detestaba las procesiones porque el rumor de la gente aglomerada en el templo no lo dejaba dormir.

Este año, Apolinar y Delfina acompañaron a San Juan. Todavía no había amanecido y, cuando ya estaban por dar la vuelta para dirigirse hacia la iglesia, la imagen del santo, que con tanta devoción cargaban en los hombros sus devotos, fue decapitada por un cable de corriente que atravesaba la calle; al chocar con la cabeza de la imagen, la hizo volar, lo mismo que su peluca y su aureola ante la incredulidad de los devotos.

La cabeza de la imagen cayó en manos de Delfina que, instintivamente, la agarró, y, al ver en sus manos ese rostro sufriente y calvo, pegó un grito que se escuchó en todo Pulacayo.

La solemnidad de la procesión terminó en ese momento, y los jóvenes portadores de la imagen la llevaron rápidamente hasta la parroquia. Apolinar no sabía si consolar a su madrina o ayudar con  la imagen El padre Crispín vio llegar a su San Juan sin cabeza y sintió que un puñal atravesaba su corazón, mientras la gente gritaba:  «¡Dios nos va a castigar!»

(Para saber más sobre esta novela visite el blog del autor )