InicioArchivoReflexión dominical: Felicidades con María en el año jubilar 2025

Reflexión dominical: Felicidades con María en el año jubilar 2025

Santa María, Madre de Dios

 

La Iglesia celebra el primer día del año la solemnidad de Santa María, Madre de Dios. Es una fiesta entrañable que permite profundizar el misterio de la Navidad desde la contemplación de la Virgen María. “Cuando se cumplió la plenitud del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer” (Gál 4,4). Pablo resalta con una expresión solemne la importancia del momento al que alude. Es el tiempo que viene y el que se ha cumplido de parte de Dios. Y es que Dios ha enviado a su Hijo. No se trata de un hombre adoptado por Dios como hijo, sino del que ya existía. Y además de enviar al Hijo nos envía su Espíritu, el Espíritu del Hijo, para que los humanos seamos también hijos adoptados por Dios, y por ser tales, vivamos con la certeza de que somos herederos de las promesas y del favor de Dios y no sometidos a la ley, de que somos libres y no esclavos de ninguna ley, de que hemos sido salvados en el Hijo, un hijo que nos trae la verdadera paz. Por eso el nombre de ese Hijo es Jesús, el Salvador, el que le pusieron María y José, tal como había dicho el ángel antes de su concepción (Lc 2,16-21) y por él se celebra también la Jornada Mundial de la Paz.

 

Jesús, el Salvador, nos trae la paz

 

En el ambiente bíblico dar un nombre es significar el destino de alguien, perfilar su carácter y orientar su actividad. Al Mesías le da el nombre el mensajero divino. José y María actúan en nombre de Dios. El nombre de Jesús significa “Dios salva” y a través de él percibimos la señal inequívoca del Dios amor que, hecho hombre, acompaña y salva a las criaturas humanas. Los pastores fueron corriendo y encontraron a María, a José y al niño y después se convirtieron en los primeros mensajeros de lo que habían visto. También nosotros hemos de contemplar en este niño la señal de Dios con nosotros, del Dios que nos salva y hemos de convertirnos en mensajeros y testigos de su persona y de los dones que él nos trae como salvador, entre otros el de la Paz. Al igual que los pastores, la admiración, la alegría y la alabanza a Dios por el Hijo que ha nacido deben ser las actitudes fundamentales de estos días de Navidad en todos los creyentes por poder acercarnos y conocer más a Jesús.

 

Nacido de Mujer

 

Pero el envío del Hijo no tiene aspecto glorioso sino humilde, y su humildad se refleja en dos rasgos esenciales, reflejados por Pablo en la carta a los Gálatas: nacido de mujer y nacido bajo la ley. “Nacido de mujer” muestra la enorme fragilidad de este hijo, pues, como todo mortal, es corto de días, harto de inquietudes, como flor se abre y se marchita…” (Job 14,1). Y además, como culmen de su abajamiento, está sometido a una ley externa. Paradójicamente este Hijo consigue resultados sumamente valiosos, pues rescata a los nacidos bajo la ley y convierte en Hijos de Dios a los nacidos de mujer.

 

Rescatados por la entrega de la vida de Jesús

 

El rescate de la ley al sufrir por nosotros la pena de muerte injusta le llevó hasta la cruz, pero Jesús llevó a cabo esta liberación de modo que su muerte propició una vida nueva. Ese modo consistió en aceptar la muerte como entrega de la vida por amor (cf. Gál 2,20). Y desde entonces el amor es generador de una nueva vida. Para conseguir esto el Hijo de Dios nace de una mujer y no sólo rescata a los hombres sino que obtiene para todos la categoría de la filiación divina por adopción. La razón de todo es que Jesús fue concebido por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María (Mt 1,18; Lc 1,27.35) y por eso es Hijo de Dios e Hijo de una Mujer, María.

 

El cambio del corazón humano

Al darnos la adopción como hijos, cambia también nuestro corazón humano en todos nosotros, pues Dios interviene con su Espíritu comunicando nueva vida y haciéndonos partícipes de la vida nueva del Hijo Resucitado. Este Espíritu nos capacita para establecer una relación filial con Dios como la del Hijo, por el cual podemos llamar a Dios “Abba”, “Papa”, “Padre”. El Hijo Jesús es el Salvador y por la fuerza de su Espíritu experimentamos la salvación. Ésta es la nueva identidad de los humanos que ya podemos vivir el gran misterio de ser hijos de Dios.

 

El año nuevo y la posibilidad de crecer con la dignidad de hijos de Dios

 

La Iglesia hace coincidir la celebración de estos misterios con el comienzo del año probablemente para destacar que cada año nuevo es una señal de la plenitud del tiempo que supuso el nacimiento de este Jesús, el Mesías de la Pascua e Hijo de Dios y de María, y de la repercusión que para la humanidad tiene tal misterio al transmitir a los seres humanos su mismo Espíritu de Hijo de Dios. Al empezar el año nuevo, nosotros lejos de divinizar el paso del tiempo y de concederle al tiempo la potestad de marcar nuestro destino y nuestra suerte, hemos de valorarlo en su justa medida, conscientes de que su importancia radica en ofrecernos la posibilidad de crecer como personas con dignidad y en libertad, desarrollando nuestras potencialidades en la construcción de un mundo más justo y en paz.

 

Feliz Año Nuevo

 

Nosotros sabemos que el Señor del tiempo no es el hombre sino Dios, y que el Espíritu de su Hijo, nacido de mujer, nacido de la Virgen María, nos transmite su misma fuerza y su misma vida para que seamos hijos e hijas en el Hijo y experimentemos la grandeza del Padre, que nos llama a construir un mundo en paz. Al desearnos unos a otros un feliz año nuevo no sólo nos deseamos éxitos y prosperidad, sino un corazón nuevo para que seamos capaces de afrontar toda adversidad con el Espíritu que nos comunica Jesús, el Salvador. Ese espíritu es liberación de todo tipo de esclavitudes, fortaleza en la resistencia ante el sufrimiento, amor solidario volcado sobre los últimos y los inocentes, coraje apasionado en el compromiso por la justicia y en el sacrificio personal a favor de los otros, una enorme capacidad de entrega y una sobredosis colmada de ilusión y de alegría.

 

El año jubilar, una gran ocasión para renovar la vida

 

Este año 2025 es, además, año jubilar. Cada veinticinco años se celebra un año jubilar, de modo que todas las generaciones tienen la oportunidad de vivir este acontecimiento de la fe, de profunda raigambre bíblica y culmina con el año de gracia del Señor Jesús, que, con su muerte y resurrección, proclama la victoria de la misericordia divina, que impregna todas las facetas, dimensiones y relaciones de la vida humana. El Evangelio de San Lucas nos ofrece, a lo largo de este año nuevo, la oportunidad de profundizar en esta realidad salvífica de la gracia jubilar, cuando Jesús se anuncie como clave del Evangelio que libera a los pobres y oprimidos del mundo entero, cura la ceguera de los ciegos y obcecados, perdona a todos los pecadores y nos capacita a todos, con la fuerza de su Espíritu, para vivir permanentemente en la gracia divina, que nos regenera y nos impulsa a ser testigos del Evangelio y del amor de Dios en medio del mundo. Para ti y para los que contigo caminan estos son mis deseos y todos van incluidos en la bendición de aquella preciosa e insuperable formulación bíblica: “Que el Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor: El Señor se fije en ti y te conceda la paz” (Num 6,22-27). Feliz 2025.

 

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura

 

José Cervantes
José Cervanteshttp://web.forodigital.es/josecervantes
Sacerdote Misionero y Profesor de Sagrada Escritura, Director de Oikía, Casa de Acogida a Niños de la Calle. Director del Instituto de Estudios Teológicos Seminario Mayor San Lorenzo, en Santa Cruz de la Sierra
ARTÍCULOS RELACIONADOS
- Publicidad -spot_img
- Publicidad -spot_img

Más de este autor