Santa Cruz

“Por ser Profeta, por ser Justo, por ser Discípulo” Homilía de monseñor Flock

“Por ser Profeta, por ser Justo, por ser Discípulo”

Queridos hermanos,

Como cristianos, sabemos que nos toca ser serviciales y solidarios en la medida de nuestras posibilidades. Pues Jesús vino como Servidor de Todos y entregó su vida en solidaridad redentora. En estos días, tenemos que admirar la solidaridad de quienes han colaborado para atender a los no tienen ingresos, y aún más a las personas que han arriesgado o han entregado sus vidas para atender a los enfermos de Covid19.

Sin embargo, Jesús hoy nos habla de una solidaridad especial donde el criterio no es la pobreza y la necesidad. Promete una recompensa por recibir a un profeta, por ser profeta, por recibir a un justo por ser justo, y atender a un discípulo por ser discípulo. En esto, Jesús está extendiendo su gratitud personal por quienes lo han reconocido a Él como Profeta, como Justo y como Fiel Enviado del Padre. Jesús pues, sufrió mucho por ser profeta, incluyendo su cruz. El verdadero Profeta no es quien predice fortunas, sino quien habla auténticamente en nombre de Dios denunciando los pecados y anunciando su salvación. Su palabra es siempre chocante para quienes gocen de privilegio y del poder mal habido.

Jesús también fue justo en todo su proceder, y esto también le trajo sufrimiento. La persona buena y correcta es un estorbo para los corruptos y perversos. Ser justo en un mundo lleno de injusticia, además de superar el cinismo reinante, y renunciar a ganancias ilícitas, significa enfrentar pruebas todos los días. A veces las presiones para apoyar al mal o desanimarse del bien son muy fuertes. Entonces, cuando alguien reconoce su virtud, es un gran consuelo. No buscamos aplausos, pero agradecemos el reconocimiento de la lucha buena. Cuando agonizaba Jesús en la Cruz, el centurión dijo: “Realmente este hombre era un justo.” (Lucas 23,47). A nosotros, nos toca admirar, animar, apoyar e imitar a las personas justas y buenas.

La última categoría que Jesús reconoce es “por ser discípulo”. Es aún más personal que ser profeta o justo, pues el discípulo se identifica con Jesús mismo. No se trata de una simple virtud, sino de una persona que vive lo que Jesús pidió: seguirlo y amarlo por encima de familia y de la propia vida. Ojalá sean apreciados en la familia los esfuerzos de tu pareja, padres o hijos para ser discípulos de Jesús. Ojalá sean reconocidos tus propios esfuerzos para seguirlo a Él. Quienes hemos optado por el Sacerdocio y la Vida Consagrada muchas veces recibimos el afecto y la bondad de los fieles, aun cuando fallamos, y agradecemos el detalle de quienes nos animan con sus atenciones. Quizás el mundo entero sería más justo, cristiano y bueno si nos apoyáramos mutuamente un poco más como discípulos comprometidos con nuestro buen Dios y su justicia.

Semejante apoyo es propiamente la tarea de los padrinos de bautismo, confirmación y matrimonio. Está bien los lazos sociales que se va formando como compadres, pero, a veces, se asume el papel social y se olvida la misión religiosa. Para los adolescentes que se preparen a la confirmación, los padrinos deben ser como un hermano mayor que desde un auténtico cariño por sus ahijados sean capaces de animarlos en el proceso de maduración en la fe. A veces, considerando los conflictos que suelen suceder entre padres e hijos, los padrinos pueden hacer esto cuando es difícil para los propios padres. Por supuesto, guiar a un joven o una señorita en su maduración como persona y como cristiano, supone que el padrinos y madrinas sean ellos mismos auténticos discípulos de Cristo.

Lamentablemente, muchas veces no es el caso, especialmente cuando se toca el Santo Matrimonio. Jesús dijo que un ciego no puede guiar a otro ciego; los dos caerán en la zanja (Lucas 6,39). De alguna manera, tenemos una cultura media ciega en el tema del matrimonio. Muchos han caído en la zanja al excluir a su relación de pareja del Sacramento del Matrimonio. Hace pensar que tampoco entienden el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. Pues, lo que hacen estos Sacramentos para los niños y jóvenes, lo hace el Matrimonio para la familia. Hace de la vida en todas sus dimensiones una participación en la Alianza Nueva y Eterna, que Jesús selló con su cuerpo y con su sangre. En todo caso, hay que agradecer a las parejas que, con su ejemplo y su esfuerzo para vivir su Matrimonio de manera cristiana y fiel, comparten el amor de Cristo con sus hijos.

Algo que podemos observar fácilmente en los adolescentes es como son influenciados por su grupo de amigos. A veces hacen cosas en grupo que jamás harían a solas, cosas buenas y malas. Las violaciones grupales son un ejemplo de lo malo. La solidaridad de un grupo juvenil es un ejemplo bueno. Muchas veces la diferencia es determinada por un líder carismático. Pero este fenómeno no está limitado a los jóvenes. La violencia de las turbas, que llegan hasta linchamientos quemando vivo a sus víctimas, demuestra esto, como también fenómenos como el genocidio cometido por los Nazis en la Alemania de la II Guerra Mundial. Por otro lado, individuos como Mahatma Ghandi y Nelsón Madela lograrón movilizar a grandes masas de personas para transformar a sus pueblos. Santos como Francisco y Clara, Ignacio de Loyola y Teresa de Calcutta han inspirado a muchos más.

Por esto, Jesús promete que no faltará una recompensa para quienes dan acogida y apoyo a los profetas, a los justos y a sus queridos discípulos. Se trata de la verdadera levadura en la masa que puede transformar una sociedad, una cultura, una nación. El apoyo que damos a quienes asumen la cruz de ser discípulo, justo y hasta profeta, es parte de la dinámica con que Jesús quita el pecado del mundo e instaura el Reino de Dios. Es como el canto en la Misa o una fiesta. Pocos se animen a cantar a solas. Pero juntos es fácil. “Cantaré eternamente el amor del Señor”, dice nuestro salmo. Mejor si cantaremos juntos, unidos y gozosos.