Cochabamba

P. Ricardo Campos, SDB y Dr. Ricardo Castañon, un testimonio de conversión

Ricardo Campos SDB

Fuente: Periódico Los Tiempos

Autor: Ricardo Castañón Gómez

Conocí al padre Campos en Roma. Yo era universitario y un movimiento de entonces, conocido “Por un Mundo Mejor”, me había invitado a dictar una conferencia. Como bolivianos en un país extranjero, conversamos animadamente y pensamos que en algún futuro nos veríamos en Bolivia.

Él trabajó durante varios años en la Paz, y como Director de alguno de los colegios, solicitó mi asistencia profesional como Neuropsicológo clínico.

Por orientación filosófica enraizada en el “Existencialismo ateo” de Jean Paul Sartre, yo me había alejado totalmente de toda práctica religiosa. Él respetó siempre mi pensamiento porque no afectaba ni la ciencia ni el humanismo que yo aplicaba en los trabajos que su tarea pedagógica solicitaba.

Un buen día de febrero de 1993, junto al padre Eduardo Fogarty, que fue mi profesor de inglés en Colegio, llevó a mi casa un libro intitulado “The Queen of the Cosmos” (La Reina del Cosmos). Yo no lo leí hasta junio. Empero, a los tres días de esa lectura, las murallas de mi ateísmo se empezaron a derrumbar… Al cuarto día fui a buscarlo porque necesitaba orar y él me asistió, me orientó, y acompañó los primeros años de mi conversión y la de muchos otros que empezaron a sentirse atraídos por sus enseñanzas.

El libro, de Jan Connell, hablaba de las “Apariciones de la Reina de la la Paz” en Medjugorje. Sí, como en el caso de millones de personas hoy, fueron estas Mariofanías que me devolvieron a la Casa del Padre.

El panorama era alegre y prometedor, organizamos encuentros en Bolivia y en el exterior; la gente buscaba a Dios, querían conocerlo para amarlo y servirlo, el estandarte era María, La Reina de la Paz, y su instrumento humano, el padre Richy.

Pero no tardaron en aparecer las sombras que asfixian. Aquellas que los supuestos bienpensantes fabricaban porque su pensamiento “moderno y racionalista” no da espacios a este tipo de acontecimientos, y empezaron los disgustos. “Habla mucho de apariciones…, se ha fanatizado, confunde a la gente…”

Los confundidos eran los otros. Por carácter, no haría polémica, padecería en silencio. Pero él meditaba: “Dios es mi fuerza, me da piernas de gacela, y me hace caminar con seguridad. Quienes no comprenden mis inquietudes, me tienden lazos, pero no permitiré que ello anule mis esfuerzos ni desvíe el Camino que Dios y la Virgen me han señalado. Aunque no me comprendan y se burlen de mí, inclino mi corazón con alegría, para obedecer y cumplir las Leyes de Dios siempre y cabalmente, aunque mi caminar ahora tenga muchas espinas”.

Mostró siempre la humildad y paciencia de los grandes que se hacen pequeños por causas mayores. No es la altura, ni el peso, ni la belleza, tampoco la jerarquía ni el dinero que te hacen gran persona. Es el corazón manso y sincero inmerso en medio de aquellos que te necesitan y buscan. Si hoy existe una generación amplia de laicos adultos comprometidos dentro y fuera del país, en gran medida, se debe a él. Nuestro mensaje no habría llegado a más de 200 millones de personas en el mundo sin la visión que él nos transmitió y habríamos ignorado, como la mayoría, aquellos signos que anunciaban los momentos que hoy vivimos y para los cuales nos hemos preparado en diversas formas.

Padre Campos, en su humildad, me trae a la memoria al Santo Cura de Ars; en su mansedumbre, a Monseñor René Fernández, espíritus fértiles capaces de despertar en las personas un Amor a Dios y un compromiso cristiano imperecedero, porque su esencia espiritual lleva el perfume propio de las almas que viven su vida consagrada en plenitud.

Este sacerdote boliviano, nos enseñó el valor de la Eucaristía, nos selló con el Amor a María, y su sed evangelizadora nos contagió.

Ojalá algunos entiendan hoy su legado y recapaciten sobre sus errores, pues él avizoró desde hace más de treinta años el tiempo que hoy vivimos. Muchos, aunque tarde, tendrán que darle la razón, sobre todo en estos años y en los próximos.

Quienes descubrimos la Luz gracias a él, le agradecemos de corazón, seguiremos el Camino por él trazado, sabiendo que hoy, junto a la Trinidad Santa y a la Santísima Madre tenemos un poderoso intercesor.

Ha combatido el buen combate, ha conservado la Fe… Ahora le aguarda la Corona del Amor de Dios y la de Su Santa Madre.