Santa Cruz

Monseñor Gualberti llama a ‘testimoniar el evangelio de Jesús y a denunciar lo que se opone al reino de la vida

 

Con una celebración eucarística que fue presidida por el Arzobispo de Santa Cruz, Mons. Sergio Gualberti y concelebrada por Mons. Estanislao Dowlaszewicz y Mons. René Leigue, el domingo pasado en la Catedral, la Iglesia cruceña clausuró el año dedicado a la Vida Consagrada. En su mensaje central de su homilía, Monseñor manifestó: “los discípulos somos llamados a testimoniar el Evangelio, a escudriñar nuevos caminos para que Jesús sea conocido y acogido, y a denunciar con valentía todo lo que se opone al Reino de vida, libertad, justicia, amor y paz”.

 

A continuación le compartimos la homilía completa del Monseñor Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz: Hoy, con la presencia entre nosotros de la Directiva de la Conferencia de Religiosos de Santa Cruz y de varios hermanos y hermanas consagrados, celebramos la Clausura del Año de la Vida Consagrada. Mi reflexión de hoy, aunque en primer lugar se dirige a ellos, también es para todo bautizado, porque todos estamos llamados a seguir a Jesús, aunque de maneras distintas.

 

Durante este tiempo la Vida Consagrada ha buscado ir a las fuentes de su vocación, al Evangelio, realizando un camino de profundización y actualización de su opción radical de dedicar toda su vida al seguimiento del Señor. En este procesos se han guiado por el lema: “La Vida consagrada en la Iglesia hoy: Evangelio, profecía y esperanza”.

Evangelio: las personas consagradas eligen, como norma fundamental de su vida, el “seguimiento de Cristo” tal y como la propone el Evangelio. Con su modo de actuar y de vivir, ellos asumen el desafío dehacer trasparentar ante todos como Jesús vivió, como los múltiples consejos del Maestro se vuelven vida de los discípulos. Al seguir las huellas de Jesús, toman el Evangelio como la luz que orienta su existencia en la entrega generosa y gozosa de cada día en la variedad y riqueza de los carismas.

Profecía: Seguir a Jesús implica también participar de manera especial de la función profética de Cristo, don del Espíritu Santo a todo el Pueblo de Dios. Este servicio, nace y se alimenta de la Palabra de Dios, leída y acogida en las diversas circunstancias de la vida. Los discípulos somos llamados a testimoniar el Evangelio, a escudriñar nuevos caminos para que Jesús sea conocido y acogido, y a denunciar con valentía todo lo que se opone al Reino de vida, libertad, justicia, amor y paz.

Esperanza: la entrega y vida de los hermanos consagrados nos recuerdan que el misterio cristiano tiene su cumplimiento último en la eternidad. Hoy vivimos en tiempos de grandes incertidumbres, de falta de amplias perspectivas, de fragilidad cultural y social, lo que hace avizorar un horizonte oscuro, y esto porque “parece haberse perdido el rastro de Dios“.

En este contexto, la vida consagrada está llamada a testimoniar en forma permanente que el horizonte certero para la humanidad y el cumplimiento pleno de la historia está en Dios, donde toda esperanza auténtica será acogida definitivamente. La vida de los discípulos se vuelve signo de esperanza, de cercanía y misericordia para todos, en especial para los pobres, los descartados, los que están obligados a vivir en las periferias físicas existenciales de un mundo excluyente.

“Animados por la caridad que el Espíritu Santo infunde en los corazones” (Rm 5,5) las personas consagradas, al asumir la vida de comunidad, se convierten en signo del amor de Dios y forjadoras de comunión y de unidad. Ser consagrados y consagradas es un compromiso de toda la vida, una opción por vivir y testimoniar con radicalidad a Jesús y a la alegría del Evangelio, y que nos anima a todos los bautizados a seguir a Jesús con generosidad.

Sabemos que dar este paso no es sencillo ni fácil, implica muchas veces resistencias, incomprensiones y rechazos, como nos dice el evangelio de hoy. Jesús al acabar de leer el texto del profeta Isaías referido a la figura y tarea del Mesías, que hemos escuchado el domingo anterior, hace una afirmación categórica:“Esta Escritura que Uds. acaban de oír, se ha cumplido hoy”. Jesús manifiesta claramente que él es quien cumple a plenitud esa profecía, que él es el Mesías. La espera del Salvador durante largos siglos ha terminado. Él está aquí, trae a los pobres la Buena Noticia de la cercanía del Reino de Dios y acompaña su anuncio con gestos y signos concretos de liberación del pecado, de lo que esclaviza y oprime al hombre, de la injusticia, de la enfermedad y de la muerte.

La primera reacción de sus coterráneos es de maravilla y agrado: “Sus palabras llenas de gracia”, de vida y esperanza. Sin embargo luego sigue una actitud de rechazo, ellos son escépticos porque conocen su origen y su profesión: ”¿No es este el hijo de José?” ¿Cómo es posible que el hijo del carpintero, pobre y humilde, uno que conocen bien porque ha estado viviendo con ellos, se atreva a proclamarse Mesías y predicar el mensaje de salvación?

Además, sus “palabras llenas de gracia” tienen que ser demostradas y comprobadas por hechos extraordinarios: que haga milagros también en medio de ellos, como los hizo en Cafarnaúm.

Ante esta cerrazón, Jesús responde con dureza: “Ningún profeta es bien recibido en su pueblo”,corroborando esta afirmación con dos ejemplos sacados del A.T.:

– Elías que salva de la hambruna a una viuda pagana y a su hijo;

– Eliseo que sana de la lepra a Naamán, otro pagano.

Lo que provoca el rechazo de sus conciudadanos, al punto que se escandalizan y buscan matarlodespeñándolo del cerro, es que Jesús proclama con firmeza que Dios lo ha enviado a ofrecer la salvación a todos los seres humanos, superando los límites y confines del pueblo elegido. Esta reacción es ya elpreludio del rechazo radical del pueblo judío que tendrá como epílogo final la aprehensión, juicio, condena y crucifixión de Jesús.

Sin embargo ese día “Jesús, pasando por medio de ellos, se marchó”. Este hecho es una alusión a lavictoria última y definitiva de Jesús sobre la muerte a través de su resurrección.

“Jesús se marchó”, para iniciar su misión anunciando y testimoniando la Buena noticia de que Dios nos ama de manera tan entrañable que se ha hecho cercano a nosotros y a nuestra historia. Esta cercanía Jesús la hace palpable al sanar enfermos, echar demonios, perdonar pecadores y resucitar muertos. Toda su vida ha sido un camino de amor que lo lleva al punto culminante en la cruz, cuando su entrega sin límites manifiesta el cumplimiento pleno del amor de Dios hacia toda la humanidad.

Del amor de Dios y del amor entre nosotros nos habla la hermosa lectura de Pablo a los Corintios: el presenta al amor como el más excelso y útil de los carismas, es decir de los dones del Espíritu Santo.

Todos los dones, la fe, la ciencia y la inteligencia de los misterios, la generosidad y la entrega a los demás, la profecía, el hablar en lenguas, la ciencia, seguramente tienen que ser muy apreciados, sin embargo, si no son animados y movidos por el Amor de Dios, no aportan para la salvación “Si no tengo amor, no me sirve para nada”. San Pablo no habla de cualquier amor sino del amor de Dios, del que nosotros hemos sido llamados a ser partícipes.

“El amor no acaba nunca”, por eso es superior a los demás carismas y dones. Con el bautismo hemos recibido el don de poder gozar de las tres virtudes teologales: la fe, la esperanza y el amor. Pero la más importante de las tres es el amor, porque, al final de nuestra vida, hasta la fe y esperanza cesarán, mientras el amor y la visión de Dios será nuestra condición y fuente de felicidad para toda la eternidad.

Pablo nos regala hoy este texto precioso e iluminador, acerca del amor de Dios que estamos llamados a vivir y testimoniar como fieles discípulos del Señor. “El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no es presumido, no es orgulloso, no procede con bajeza, no es egoísta, no se irrita, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de las injusticias, sino de la verdad. El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”.

Pablo al terminar este himno al amor, con unas palabras que no está en el texto de la liturgia de hoy, hace un llamado a todos, en particular a los que han decidido consagrar su vida al Señor, para que toda nuestra existencia sea una búsqueda del amor de Dios: “Busquen el amor ”. Esta invitación va en especial para jóvenes y señoritas, que la acojan con valentía y sin titubeos ni miedos se pongan en camino siguiendo con generosidad y firmeza las huellas de Jesús, para encontrar al Amor que da alegría y llena plenamente su vida. Amén