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Mons. Saldías: “Celebramos el amor y la dignidad de la mujer”

Mons. Jorge Saldías, Obispo auxiliar de la Arquidiócesis de La Paz, cnmemorando el “Día de la Mujer Boliviana”, celebró una misa especial en este día y en solidaridad con las mujeres víctimas de violencia. Reflexionó sobre el respeto a la dignidad de la mujer, y expresó que “cuando los varones entendamos el amor y respeto a su dignidad, se terminarán las separaciones y la violencia contra la mujer”, además exortó a los varones de ser honestos, sinceros, respetuosos, humildes de corazón y con temor a Dios.

A continuació la reflexión completa de Mons. Jorge Saldías:

Hoy 11 de octubre celebramos el “Día de la Mujer Boliviana”: Celebramos el amor y dignidad de la mujer. Dignidad, palabra de difícil definición, pero de obligada atención cuando la aplicamos a la mujer. La dignidad de la mujer, está determinada por la esencia de su ser interior, sus valores, la nobleza de su corazón, la pureza de sus pensamientos, su riqueza espiritual, la fortaleza de sus convicciones y la sabiduría de su conciencia.

Cuando los varones entendamos el amor y respeto a su dignidad, se terminarán las separaciones y la violencia contra la mujer. El problema está en que para entender estas dos cosas se necesita ser persona íntegra-cabal; lo que quiere decir, varón honesto, sincero, respetuoso, humilde de corazón y con temor a Dios.

Te damos gracias, mujer criatura de Dios:

Te damos gracias, mujer-madre, que te conviertes en seno del ser humano con la alegría y los dolores de parto de una experiencia única, la cual te hace sonrisa de Dios para el niño que viene a la luz y te hace guía de sus primeros pasos, apoyo de su crecimiento, punto de referencia en el posterior camino de la vida.

Te damos gracias, mujer-esposa, que unes irrevocablemente tu destino al de un varón, mediante una relación de recíproca entrega, al servicio de la comunión y de la vida.

Te damos gracias, mujer-hija, que aportas al núcleo familiar y también al conjunto de la vida social las riquezas de tu sensibilidad, intuición, generosidad y constancia.

Te damos gracias, mujer-trabajadora, que participas en todos los ámbitos de la vida social, económica, cultural, artística y política, mediante la indispensable aportación que das a la elaboración de una cultura capaz de conciliar razón y sentimiento.

Te damos gracias, mujer-consagrada, Hermana Religiosa, que a ejemplo de la más grande de las mujeres, la Madre de Cristo, Verbo encarnado, sigues con docilidad y fidelidad al amor de Dios, ayudando a la Iglesia y a toda la humanidad a vivir para Dios una respuesta de «esposa», que expresa maravillosamente la comunión que El quiere establecer con su criatura.

Manifestar una particular gratitud a las mujeres comprometidas en los más diversos sectores de la actividad educativa, fuera de la familia: asilos, escuelas, universidades, instituciones asistenciales, parroquias, asociaciones y movimientos. Donde se da la exigencia de un trabajo formativo se puede constatar la inmensa disponibilidad de la mujer a dedicarse a las relaciones humanas, especialmente en favor de los más débiles e indefensos.

¿Cómo no recordar aquí el tremendo testimonio de tantas mujeres católicas y de tantas Congregaciones religiosas femeninas que, en los diversos campos, han hecho de la educación, especialmente de los niños y de las niñas, de la juventud su principal servicio?

Pero dar gracias no basta, lo sabemos. Desafortunadamente somos herederos de una historia de enormes condicionamientos que, en todos los tiempos y en cada lugar, han hecho difícil el camino de la mujer, despreciada en su dignidad, olvidada en sus derechos y marginada frecuentemente.

La pregunta continua: ¿Cómo hacer para que nuestra sociedad boliviana aporte verdaderamente personas que sean útiles a nuestras Familias y a nuestra Sociedad?

Hay dos formas: educación en la familia y educación en la escuela en valores humanos (cívicos) y cristianos. “Valores humanos”, porque la mujer es el ser humano natural al lado del varón en igualdad de derechos y condiciones. “Valores cristianos”, siguiendo el ejemplo de la vocación Divina de “María, mujer y madre en defensa de la vida”, que nos habla sobre su dignidad y misión.

Será para nosotros motivo de viva esperanza mirar el rostro de María Virgen y recordar su SI GRANDE. María es la madre del SI al cuidado y defensa de la vida. SI, al sueño de Dios. SI, al proyecto de Dios. SI, a la Misericordia de Dios. Un SI, que, como sabemos no fue nada fácil de vivir. Un SI, que no le lleno de privilegios, sino como le decía Simeón en su profecía: “A ti una espada te va a travesar el corazón” (Lc. 2, 35).

En el Evangelio hemos leído: La huida a Egipto de la Sagrada Familia (Mt. 2, 13-15). Tuvieron que irse. Exiliarse. Allí no solo tenían una familia, sino que incluso sus vidas corrían peligro. Tuvieron que marcharse a tierra extranjera. Fueron migrantes perseguido por la codicia y avaricia del emperador. Y en su memoria de María seguramente resonaban las palabras del Ángel: “Alégrate María, el Señor está contigo”. Y ella podría haberse preguntado: ¿Dónde está ahora?

Entonces, Ella es la mujer de fe. Su vida es testimonio que Dios no defrauda, que Dios no abandona; aunque existan momentos o situaciones de fracasos y calamidades, la Gracia de Dios prevalece sobre las limitaciones humanas.

Por esta razón, nosotros vemos en María la máxima expresión del “genio femenino en defensa de la vida” y encontramos en Ella una fuente de continua inspiración. María se ha autodefinido “servidora del Señor” (Lc 1, 38). Por su obediencia a la Palabra de Dios Ella ha acogido su vocación privilegiada, nada fácil, de esposa y de madre en la familia de Nazaret. Poniéndose al servicio de Dios, ha estado también al servicio y defensa de la vida: un servicio de amor. No es por casualidad que la invocamos como “Mujer, madre en defensa de la vida”.

Finalmente, una Madre que aprendió a escuchar y a vivir en medio de tantas dificultades de aquel: “No temas, el Señor está contigo” (Lc. 1, 3). Una madre que continua diciendo: “Hagan lo que Él les diga” (Jn. 2, 5). Es una invitación continua a cada uno de nosotros: “Hagan lo que Él les diga”. No tiene un programa propio, no viene a decirnos nada nuevo, más bien le gusta estar callada, tan solo su fe acompaña nuestra fe. Amen.