Sucre

Mons. Pesús Pérez: Gloria y Pasión

Con este domingo damos inicio a la “Semana Grande” de los cristianos católicos, cuyo nombre completo en los libros litúrgicos es “Domingo de Ramos en la Pasión del Señor” y tiene como dos aspectos distintos: la entrada triunfante de Cristo en la ciudad de Jerusalén en que la multitud lo aclama como rey y la eucaristía con la lectura de la Pasión de Jesucristo. Gloria y Pasión –Muerte y Resurrección.

En el domingo de ramos los cristianos somos convocados a aclamar a Cristo como lo hizo la multitud del pueblo judío. La procesión de ramos es una de las pocas prescritas por la liturgia católica. Esta procesión simboliza que peregrinamos por la vida siguiendo a nuestro único rey, con una única fe, hasta llegar a la patria definitiva. La Palabra de Dios y la bendición de palmas u olivos, con la oración que acompañan esta celebración es un cuasi sacramento. Una de las oraciones de esta celebración dice: “que quienes alzamos hoy los ramos en honor de Cristo, permanezcamos en él, dando frutos abundantes”.

En la celebración eucarística cambia el tono de la celebración. Pasamos de la gloria de la aclamación gozosa de Cristo como rey, al recuerdo de la pasión de Jesucristo. La palabra pasión en el lenguaje litúrgico significa cuanto sufrió Cristo por nuestra salvación o liberación del pecado. Fue el amor apasionado de Jesús por la humanidad entera lo que llevó a cargar con su cruz y morir en ella. Al escuchar la lectura de la pasión de Cristo en nuestras celebraciones o la lectura en familia, hemos de cuidar de quedarnos en lo anecdótico, buscando identificarnos con Cristo en actitud de humilde escucha y de ferviente oración.

Iniciamos intensamente la celebración del misterio pascual: Muerte y Resurrección de Cristo, aunque la celebración central es de la tarde del Jueves Santo hasta el domingo de Resurrección. El misterio pascual son las dos cosas: cruz y vida.  El prefacio de hoy nos dice que “Cristo, siendo inocente, se entregó a la muerte por los pecadores y aceptó la injusticia de ser contado entre los criminales” y da gracias a Dios, porque “de esta forma, al morir, destruyó nuestra culpa, y al resucitar, fuimos justificados”.

El amor de Cristo hacia su Padre se expresó en hacer su voluntad. Cristo con su muerte hace efectiva la alianza del amor entre el Padre y la humanidad, es precisamente por su fidelidad al Padre y a los hombres en el amor obediente que le llevó a la cruz. Cristo pidió a los suyos, antes de partir de este mundo, que si quieren participar de la alianza del amor del Padre han de cumplir sus mandamientos y nos promete: “quien guarda mi palabra, no sabrá lo que es morir para siempre”. La fe en Cristo nos exige fidelidad en guardar su palabra. En el Padre nuestro decimos: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”.

En este Año de la Fe y en esta Semana Santa estamos llamados a revisar nuestra vida de fe. En la medida en que creamos en la fidelidad de Dios cuyo signo claro es la muerte de Cristo en la Cruz seremos fieles cada día. Ser fieles, creer, es cumplir las palabras de Cristo. La fidelidad llama a la fidelidad. Para ser fieles no hay que esperar momentos especiales o difíciles, todos los días debemos ser fieles, en cada hora, en cada minuto.

Esta Semana Santa es una llamada ferviente a ponernos en la misma situación existencial que Cristo. Se nos invita a manifestar nuestra postura ante Cristo, se nos llama a una verdadera conversión. Los días previos a la muerte de Cristo los judíos tuvieron diversas posturas: unos le aceptaron, otros le rechazaron, otros dudaron, otros lo acusaron y otros terminaron condenándole y crucificándolo. ¿Cuál es nuestra actitud ante Cristo en esta realidad que nos toca vivir, en la familia, en el trabajo, en las relaciones sociales? Las actitudes o metas que nos propongamos más acá o más allá de la muerte redentora de Cristo en la cruz, no debieran estar al margen del cristianismo, de la persona con fe.

No dudemos de que la fe en Jesucristo nos señala claramente en que dirección debemos caminar para ser cristianos, está muy claro, debe estar bien claro que Dios no quiere el mal. Sin embargo, Dios se ve envuelto en el mal. El combate el mal y a través del mal cometido contra él aparece y es nuestro Redentor. En la cruz se hizo Cristo, Dios y hombre, solidario con las víctimas de todos los males.

“Redescubrir la fe” en este Año de la Fe y que ella nos lleve a confesarlo ante la ciencia, ante la prudencia humana, ante los ateos, en la familia y en la vida pública. Oremos al Señor diciéndoles: “Señor aumenta nuestra Fe”.

 

Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.

Sucre, 24 de Marzo 2013