Sucre

MONS. JESÚS PÉREZ: MOSTAZA Y LEVADURA

El domingo pasado escuchamos en la Eucaristía la parábola del Sembrador. Seguimos este domingo escuchando 3 parábolas especialmente la del Trigo y la Cizaña (Mt 13,24-30).
El problema del mal ha originado en los creyentes cristianos como de otras religiones la pregunta: “¿por qué permite Dios tanto mal? ¿Por qué no castiga a los malhechores? ¿Por qué la cizaña y el trigo andan juntos? La respuesta, Dios es paciente y misericordioso, y así nos enseña a ser pacientes, además, Dios permite algo muy grande, la libertad de la persona humana.
Vimos el domingo pasado, como la semilla que cae en tierra buena llega a producir un fruto extraordinario. Pero sucede que en ese terreno bueno, aparece la cizaña. La cizaña crece junto al trigo. Esto molesta y desalienta al agricultor.

Cada persona es como un trigal sembrado por Dios. Dios llena a cada persona de sus gracias y dones. En medio de los buenos deseos y propósitos aparece el mal a través de las tentaciones. Ya suceda esto en nosotros mismos, ya ocurra en nuestros hermanos, la frustración nos desalienta y nos desconcierta.
La cizaña la vemos en no pocas familias, crece también en las comunidades parroquiales, no falta también en los grupos sociales … Podemos querernos, pero, a veces, no faltan los malentendidos, cuesta estar bien unidos no pocas veces.

La cizaña está siempre en todas partes, el mal está alrededor nuestro, pero cuidando bien el trigo llegará a producir fruto. Es mucho más importante cuidar el trigo que arrancar las malezas.

Hay quienes pueden caer en la tentación de echar herbicidas para acabar con la cizaña, esto podría esterilizar la tierra. El herbicida puede destruir las malezas, pero se corre el riesgo de hacer inútil la tierra.

En nuestro lenguaje popular hablamos de “sembrar cizaña” para referirnos a personas que continuamente engendran discordia y mal entendidos. Sin duda alguna, que la expresión se origina en esta parábola del trigo y la cizaña. El mal y el bien andan juntos.

Jesús aplica la parábola de la cizaña a la vida cristiana y al proceso del Reino de Dios. Cristo es el sembrador divino; el campo, el mundo; el trigo, los buenos; el enemigo que siembra mala hierba, el diablo; la cizaña, los hijos del mal; la siega, al final de los tiempos; los segadores, los Ángeles.

Jesús con esta parábola aborda el problema de la coexistencia del bien y del mal, la coexistencia del los buenos y de los malos. Hay tanto bien en el mundo, hay quien gasta todas sus potencialidades en ayudar a los otros, atendiendo enfermos, ayudando voluntariamente a los ancianos, haciendo que haya una mejor educación, dedicando más horas en la semana voluntariamente a favorecer instituciones en pro de niños… Pero existe el mal, personas que atentan contra la vida del niño en el vientre de su madre, quien se aprovecha de los demás…
A Dios no le gusta, ni quiere que haya cizaña, ni que triunfen los corruptos. Pero tampoco quiere exterminarlos. Aunque Dios es todopoderoso, y lo podría hacer, no actúa contra el malo pues, “tu soberanía universal te hace perdonar a todos”. A los musulmanes les gusta dar a Dios el nombre de “el Pacientísimo”.

Dios alarga el momento del juicio. Es Dios el Juez, es Él quien hará justicia. El cristiano no tiene esta misión. Lo nuestro es seguir trabajando, sembrando la doctrina de Jesús. El ideal no es una Iglesia de sólo santos aunque hay que trabajar para ser santos, o sea, hacedores del bien.

La primera parábola del grano de mostaza, semilla muy pequeña pero que puede llegar a ser un arbusto grande y la segunda, la de la levadura, que siendo tan pequeña la cantidad que se pone en la masa de harina y la transforma, nos enseñan la importancia del trabajo por hacer el bien, sembrar la buena semilla.

Ambas parábolas tienen el mismo mensaje: nos enseñan el estilo de la actuación de Dios. Ponen en claro la pequeñez del comienzo del Reino de Dios, el reino de Dios obra calladamente y con eficacia, porque tiene una fuerza interior. Los discípulos de Jesús debemos trabajar confiadamente con el Señor y Él hará fructificar nuestros esfuerzos. Sigamos la consigna que Cristo nos dio: “que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha”. Así seremos levadura que transforma la masa.

Jesús Pérez Rodríguez O. F. M.
ARZOBISPO DE SUCRE

Domingo, 17 de julio 2011.