Sucre

Mons. Jesús Pérez: “Creer en algo”

Hoy iniciamos la tercera semana de Cuaresma. En las primeras lecturas se hace como un repaso de la historia de la salvación. El domingo pasado veíamos la profunda fe de Abrahán, hoy contemplamos a Moisés el líder que saca al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto y lo llevó a la tierra de las promesas.

Tres domingos escucharemos la llamada a la conversión que Jesús nos hace en el Evangelio de Lucas. Nos presenta la necesidad de la conversión. La conversión es cambio en el estilo de vida. No habrá Cuaresma sin conversión. Para no pocos cristianos, la Cuaresma se reduce a algunos ritos o prácticas piadosas. La conversión es algo más profundo y exigente.

Jesús aprovecha, no pocas veces, lecciones de hechos sociales o políticos que han sucedido recientemente. Esta vez dos sucesos: los que habían perecido por la fuerza del poder político, la revuelta o sublevación de unos galileos y otras personas que murieron por un muro que los aplastó. La enseñanza o llamada de Jesús: “sino se convierten, todos van a perecer lo mismo” (Lc 13,3).

Siguiendo la lectura del evangelio de Lucas, 13,1-9, Jesús propone una parábola sumamente expresiva, sobre todo, si la leemos en la perspectiva de la Cuaresma, tiempo fuerte que nos convoca a la conversión. Es la parábola de la higuera que no da fruto. ¿Para qué sirve? hay que cortarla, para que no “ocupe terreno en balde” (Lc 13,7). Curiosamente es el labrador el que intercede por la higuera y se le concede otro espacio o prórroga. La espera y paciencia de Dios se debe a la inmensa misericordia de Dios “siempre compasivo y misericordioso”.
Esta parábola de la higuera en este Año de la Fe y en este tiempo de Cuaresma, nos interpela a cada cristiano y a toda la Iglesia, todo bautizado es miembro de la Iglesia. La Palabra de Dios nos llama a dar frutos, ahora mismo, a no esperar al fin de la Cuaresma u otra Cuaresma. El prefacio  II de Cuaresma dice: “ha establecido este tiempo de gracia, para renovar la santidad a sus hijos de modo que libres de todo afecto desordenado…”.

Al recibir la ceniza se nos dijo: “Conviértete y cree en el Evangelio”. La fe nos lleva a la conversión. No puede haber conversión sin fe en Cristo, en su Palabra. La conversión, creer en Cristo, significa meter “el dedo en la herida”. Esto duele, la auténtica conversión “hace daño”, pues corregir errores y actuar responsablemente en la construcción del Reino de Dios se hace duro.

Caminamos hacia la Pascua y este itinerario exige que nos preguntemos ¿Qué clase de árbol somos? ¿Qué frutos estamos dando? Si nos comparamos con la higuera, seguramente el año pasado el Señor habrá dicho: “déjalo este año más a ver si da fruto”. El mensaje de este domingo puede ser el último para llegar a intimar con Dios para definirse en el seguimiento fiel a Jesucristo. Por ello, hay que decidirse por el Sí, madurar el Sí y pronunciar el Sí.

El Papa nos ha dicho: “se cree, creyendo”. Dios está lejano y muy cerca de cada uno que le invoca con fe. En el diálogo con Moisés, Éxodo 3,1-8.13-15, se ve a Dios como algo trascendente y por otra parte como quien está compenetrado con los acontecimientos del pueblo, se ocupa del drama de los esclavos. Así es Dios. Este es Dios. No le podemos ver, es diferente, pero se le siente, se le puede hablar.
En el diálogo de Moisés con Dios, él manifiesta, revela su identidad: “Yo soy el que soy” (Ex 3,14). Este es el nombre propio de Dios, según la palabra hebrea Yahvéque se deriva del verbo Yagque quiere decir “ser”. No basta como algunos dicen, “creer en algo”. A nadie le gusta que sus amigos le imaginen como se les ocurra. Todos queremos ser conocidos. Por ello, Dios se revela a Moisés, Cristo ha revelado como es él, como es nuestro Padre Dios. El pueblo judío se sentía y se siente orgulloso de que Dios se halla manifestado a él. Nosotros los cristianos tenemos que apreciar el hecho de haber sido elegidos por Jesucristo para el nuevo pueblo, la Iglesia. Pero, cuidémonos, con Dios no se juega. Él nos concede éste tiempo de gracia que es la Cuaresma. Él está dispuesto al perdón, pero espera que demos ya una respuesta generosa, dando frutos de buenas obras.

Pablo nos hace en la segunda lectura (1Cor 10,1-6.10-12), una advertencia necesaria. Que a pesar de tantas llamadas y gracias a Dios, no todos supieron responder y ser fieles a Dios. Por ello, nos dice: “el que se cree muy seguro, ¡cuídese de no caer! Hoy mismo, estemos atentos a la amistad de Dios que nos llama a ser amigos de él.

 

Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.
ARZOBISPO DE SUCRE

Sucre, 3 de Marzo 2013