Sucre

MONS. JESÚS PÉREZ: CORAZONES DESTROZADOS

La primera lectura de este domingo, está tomada del libro de Job, un libro del Siglo V antes de Cristo.  Este libro plantea uno de los problemas tan antiguo como actual:  el porqué del mal en el mundo.

Job hace una descripción realmente pesimista, pero tal vez no lo es.  Muchas personas no llegan a ver el sentido de su vida y podrían expresarse como Job.  No pocos no encuentran respuesta al porqué de la vida y al “por  qué Dios permite el mal”.  El mal siempre será un misterio.

Esto pasaba también a las personas que acudían a escuchar y a recibir algún favor de Jesús.  Junto a Jesús, desde el principio de su ministerio público, están presentes paralíticos, enfermos de todas clases y personas con la esclavitud del demonio.

Hoy también todos nosotros tenemos a nuestro lado personas que sufren y que han perdido el sentido de la vida.  Cada cual, sin caer en el pesimismo, vemos que para algunos el mundo es un “valle de lágrimas”.  ¡Cuántos corazones destrozados encontramos cada día a nuestro alrededor!

El drama de Job, símbolo de paciencia, no fue tanto las pérdidas de bienes materiales: sus hijos, animales, ni siquiera la enfermedad.  El mal mayor estuvo en el hastío profundo del corazón que sufrió.  Para él toda la vida era una milicia, un trabajo mal pagado.  Cayó en un mal interior que le quitó el sentido de la vida.  Su corazón era un corazón destrozado.  Job está herido interiormente.

Las enfermedades graves hunden en el abatimiento y la desesperación a no pocas personas, pero las enfermedades del espíritu son más dolorosas y más difíciles de curar.  Job se enfermó espiritualmente.

Job en medio del sufrimiento existencial, parece un alma sin alma, sigue creyendo y esperando en Dios.  Como hombre de fe siente el castigo de Dios.  Se convierte así en el creyente y paciente Job, como popularmente se lo conoce.

El evangelio de este V Domingo del Tiempo Ordinario, tomado de Marcos 1, 29-39, nos presenta a Jesucristo como el Médico Divino, el dador de la salud, el que da sentido a la vida.  El que cura nuestra dolencia.  Las curaciones de Jesús van más allá del hecho de curar, son un signo o señal.  Quieren mostrar que Dios es fuerte y poderoso para acabar con el mal y que es necesario confiar en Dios.

Jesucristo está iniciando su ministerio público, anuncia el Reino de Dios y lo confirma con sus milagros, especialmente en toda clase de curaciones y dolencias.  Las curaciones del cuerpo y del espíritu son una clara señal que el Reino ha llegado.

La visita de Jesús a la casa de Pedro llevó la salud.  Apenas llegado Jesús le anuncian que la suegra de Pedro está enferma.  De inmediato, Jesús, Salud–Dador, puso fin a la fiebre.  Al instante, la mujer curada y la familia entera sirven a Jesús.  Una señal de buena salud, física y espiritual, de la salud integral, es el servir.  Quien sirve a los demás imita a Cristo que “no vino a ser servido sino a servir” (Mt 20,28).
El gran servicio de Jesús es evangelizar.  Este evangelio nos muestra a Jesús en plena actividad evangelizadora en la casa de Pedro y con la multitud a quien sanaba y curaba de los malos espíritus.

Evangelizar es la primera tarea de todo discípulo de Jesús, esto nos lo ha recordado Aparecida al pedirnos que todo cristiano debe ser un “discípulo misionero”.  Evangelizar es proclamar la Buena Noticia de la salvación que Cristo nos ha traído al mundo.  El evangelio siempre es buena noticia que nos libera y sana de los males, sobre todo, del corazón.

La evangelización se inicia por la familia y, esto para el cristiano, no es optativo.  En la familia, nos evangelizamos cuando nos recordamos mutuamente que Cristo está presente en la familia, cuando oramos, cuando leemos la Palabra de Dios.  El Papa Pablo VI, nos dice en el gran documento sobre la evangelización –“Evangelii Nuntiandi”–, en el N° 71: “la familia… debe ser un espacio donde el Evangelio es transmitido y desde donde éste se irradia.  Dentro de una familia consciente de esta misión, todos los miembros de la misma evangelizan y son evangelizados.  Los padres no sólo comunican a los hijos el Evangelio, sino que pueden a su vez recibir de ellos este mismo Evangelio profundamente vivido…  Una familia así se hace evangelizadora de otras muchas familias y del ambiente en que ella vive”.

Mons. Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.
ARZOBISPO DE SUCRE

Domingo, 5 de Febrero de 2012