Sucre

MONS. JESÚS PÉREZ: ABRIÓ BRECHA

Cristianos y no cristianos, en esta época del año preparamos las fiestas de la Navidad del Señor y del fin del año. Y, la liturgia nos invita seguir esperando al Señor que vino y que vendrá. A decir verdad, la vida está llena de esperas, de preparativos. Ahora bien, las cosas importantes se preparan.

El Adviento nos ejercita en la esperanza. En medio de las propagandas y de las no pocas confusas ideologías que nos están tocando vivir, el Adviento es para el creyente en Jesús, el que nos señala sólo en Dios está la salvación. El Adviento nos ejercita en el deseo de Dios. Por ello, se nos invita a pedir “venga a nosotros tu Reino” (Lc 11,2; Mt 6,10), o sea, que en nuestra vida sintamos: su amor, su gracia, su luz, su serenidad, su perdón, su paz…

Seguimos con la esperanza caminando hacia la Navidad, con la mirada puesta en la segunda vuelta de Cristo y, por ello, está la consigna: “preparen los caminos del Señor” (Mc 1,3; Mt 3,3; Lc 3,4). Ahora bien, preparar los caminos del Señor exige rebajar, enderezar, rellenar…
El evangelio de Marcos 1,1-8, nos enseña que Dios mismo preparó los caminos de Cristo suscitando a Juan Bautista para que anunciara la llegada del Salvador del mundo, para que predicara el bautismo de conversión.

Juan aparece como una figura  adusta, de gran exigencia. La tradición le dio el nombre bello de: Precursor de Jesús. El  abrió brecha delante de Jesús. Su lenguaje y su mensaje no resultó popular. Tampoco lo es ahora. Su llamado a la conversión resulta urgente si es que queremos celebrar la verdadera Navidad.

Allanar, rellenar, es el llamado que hace Juan para que los israelitas preparen los caminos del Señor. Así Dios podrá entrar en nuestras vidas. El Señor perdona los pecados, “conviértanse”. Sólo el cambio del corazón da entrada al Señor.

No hace falta ser ingenieros de caminos para entender lo que pide la construcción de una buena carretera: puentes, desmontes, desvíos… Las imágenes que emplea Isaías y que las repite el profeta Juan el Bautista, fácilmente las entendemos todos. Imágenes que las podemos aplicar a nuestra vida humana y espiritual. Rellenar los valles de las lagunas y vacíos, ¡cuantos pecados de omisión! Hay que rebajar los montes de nuestra soberbia y orgullo. Encontramos en nosotros tantas actuaciones torcidas por las ambigüedades y trampas que hay que enderezarlas y, están presentes no pocas veces las vivencias escabrosas de los pecados de poder, poseer, placer, que son idolatrías que habrá que allanarlas.

El apóstol Pedro, en la segunda lectura de este domingo, nos hace un llamado a vivir de la fe y en vigilancia: “procuren que Dios les encuentre en paz con Él, inmaculados e irreprochables” (2Pe 3,14).

Somos producto de la inmediatez y de la rutina, nos falta paciencia para perseverar en la preparación a la vuelta del Señor. Los antiguos decían: “el tiempo de Dios es lento” y, añadían también: “Dios tarda, pero llega a tiempo”. Por ello, el apóstol Pedro hace ese llamado a perseverar, a tener paciencia ante la tardanza del Señor; para Dios “mil años son como un día” (2Pe 3,8).

Al final de la historia volverá Cristo, aunque nadie sabe cuando, pero mientras tanto hay algo que sabemos bien, que el Señor nos convoca a celebrar su venida a nuestra historia, ahora, en este tiempo y que esta venida es gracia nueva, vida en Cristo, siempre actual.
Es necesario hacerse un programa, aunque sea mínimo, para poder aprovechar este tiempo de gracia. La consigna es: “Preparen los caminos del Señor” (Mc 1,3; Mt 3,3; Lc 3,4). Estamos llamados a ser santos y este tiempo es una oportunidad, para llegar a un encuentro más profundo con el Señor, Él es el Santo. Dios es Santo.

Todos debemos convencernos que es insuficiente lo que hacemos para vivir una verdadera relación con Dios. En esta oportunidad nos convendría recordar que el Dios que esperamos no hará nada en nosotros sin nosotros. Pues San Agustín nos dice: “El que te creó sin tí no te redimirá sin tí”. Como hizo con María para encarnarse en ella. María se convierte en modelo para todos, especialmente en el Adviento. A ella la invocamos como nuestra señora de la Esperanza.

Jesús Pérez Rodríguez, O.F.M.
ARZOBISPO DE SUCRE