Análisis

Me gusta el papa Francisco

Después de la llegada de un frente frío de nubes negras y lluvia escasa, amaneció el día diáfano. La nieve depositada en las cumbres que rodean la ciudad se volvió helada transparente que marchitaba espigas y frutos, paspaba manos y hacía doler articulaciones. En el desayuno y con la distraída atención de mi esposa, a quien preocupaba más barrer el polvo que cayó de los techos y las hojas secas que dejó la ventolera, se me ocurrió perorar sobre nociones del conflicto de clases. En el fondo está la tensión social entre los que tienen y a los que les falta, entre ricos y pobres: la desigualdad, dije. Es situación que se torna vengativa en boca de mandamases farfullando ideologías obsoletas o populismos trasnochados.

Quisiera pensar que la certidumbre de la desigualdad en el género humano lacera la conciencia de Francisco, el primer Papa jesuita. Siendo latinoamericano de variedad argentina, el Santo Padre “del fin del mundo”, como él mismo se llamó, fue certero en ilustrar cuán en la periferia está América Latina, en planeta aún centrado en su mitad norte. EEUU y Europa vinculados por el charco del Atlántico septentrional son hegemónicos, aunque desafiados hoy por países asiáticos, también norteños.

Sea como fuere, el papa Francisco ha insuflado esperanza en el corazón de los católicos.

Lo hizo en momentos en que tantos del rebaño están abatidos por el oropel que antipatizaría Jesús, así como aplaudiría que Jorge Mario Bergoglio prefiriera su sotana blanca y sus viejos zapatos negros, a lujosas vestimentas papales y rojas zapatillas hechas a medida. Su sencillez me recordó al pastor Mapple, el cura de los balleneros en el clásico Moby Dick, a quien Herman Melville retrata en lluvioso frío invernal sin carruaje ni paraguas, llegando a su capilla con el sombrero chorreando aguanieve y el sobretodo casi arrastrándolo al suelo con el peso del agua absorbida: ¿no evoca al cura Bergoglio caminando al metro de Buenos Aires en medio de la ventisca fría, para ir a consolar a su grey en algún asilo de infortunados?

¿Cuánto de la llamada secularización se debe al descrédito del cristianismo por predicadores libidinosos y curas pedófilos?: el nuevo Papa insufló la fe perdida en más de un cínico, cuando expulsó de su entorno a un prelado manchado por la pedofilia. Lo remató con normas jurídicas que redefinen categorías nuevas, más duras, contra pecados de la carne y de la corrupción.

Los indicios filtrados de manejos turbios en finanzas del Vaticano, se reducirán mediante reformas en el derecho penal y administrativo de la Santa Sede. Quizá serán versión moderna de barrer mercaderes en el templo de Jerusalén, que hiciera Jesucristo. Ojalá que blinden a la Iglesia de amistades peligrosas, aquellas de falsa beatería aderezada con salsa de asociación sórdida.

Hilan fino los que especulan si Francisco escogió el nombre por el de Asís, santo de los pobres, o por Francisco Xavier, lugarteniente de San Ignacio de Loyola y santo de los misioneros. Prefiero pensar que apuntó y acertó en ambas direcciones. El papa Francisco ha señalado un sendero de caridad y compasión hacia los pobres, sea por la desigual repartija de la riqueza, o por la enfermedad y abandono en un mundo cada vez más hedonista. ¿Qué mayor evangelización que la que se lograría aminorando la pérdida de fe cristiana, la llamada secularización de un mundo cada vez más incrédulo?

Van más allá de gestos los que encendieron la esperanza e hicieron al Papa Francisco un portento de popularidad mundial. No es casual que se haya escogido América Latina, donde reside un 42 por ciento de los católicos del mundo, tan distinta de la Anglo América norteña. Tampoco que viajara a Brasil, país con el mayor número de feligreses de la Iglesia Católica, quizá carcomidos por la secularización y el avance de ritos africanos y cultos evangélicos, también cristianos, pero protestantes.

Para tomar nota de la promesa más esperanzadora de su incipiente papado, tuve que leer entre líneas de reunión informal con la prensa en el avión que le llevaba a Río de Janeiro, a la Jornada Mundial de la Juventud. El alfa de su gestión serán los jóvenes. En un mundo cuya población está envejeciendo y que requiere invertir más en salud, en países iberoamericanos los jóvenes son un bono demográfico, dice Felipe de Borbón. Si es que se invierte más en educación, digo yo. Y en empleos, acota el papa Francisco: “estamos corriendo el riesgo de tener una generación que no trabaja. Del trabajo viene la dignidad de una persona” .

En Bolivia, quizá las argucias electoreras atrasan los datos del último Censo. Según el de 2001, estamos al filo del 30 por ciento del grupo de edad de 15 a 29 años en América Latina. Si Dios quiere, la población que vivirá el papado de Francisco, el grupo de edad de 0 a 29 años, llega a más de un 65 por ciento: ¡asombroso! Es población joven que no debe languidecer con subempleo, pegas ligadas a la indignidad de trocarla por falsa lealtad o voto mercenario, o el dinero fácil del narcotráfico y la corrupción.

Llegando como estoy al dígito siete, tocó fibras íntimas que la omega del papado de Francisco sean las personas de la tercera edad. Si la gente joven que tiene la energía está en crisis por caer en el hábito de la cultura desechable, dijo, los ancianos que poseen la sabiduría no deben ser descartados: “necesitamos una cultura de la inclusión” . Los arriba de los 60 años son casi el 10 por ciento de la población.

Imagínense, si se suman al grupo de edad citado, ¡es casi el 75 por ciento de los bolivianos!