Análisis

LA ESPERANZA CRISTIANA

Buenas tardes  hermanos y hermanas: Reciban un cordial saludo en el Señor que nos trae la paz y la esperanza a toda la humanidad en esta Navidad 2011,  hoy convocados por nuestro Pastor Julio Cardenal Terrazas, junto al Monseñor Sergio Gualberti, Arzobispo Coadjutor y los obispos auxiliares para el tradicional Saludo Navideño en nuestra Arquidiócesis de Santa Cruz – Bolivia, unidos en la alegría de ser discípulos y misioneros de la Iglesia que comunica vida y esperanza.

En esta oportunidad me dirijo con un doble propósito, en primer lugar para dar gracias a Dios y a la Iglesia que peregrina en Santa Cruz, por haberme permitido realizar los estudios a nivel licenciatura en Teología Dogmática en la Facultad de Teología del Norte de España con Sede en Burgos, desde el año 2009 al 2010, en esta etapa de mi formación permanente en mi décimo aniversario de sacerdocio que celebraré el próximo 1° de febrero junto a mis hermanos en el sacerdocio Padre George Pérez y Padre Juan Sandoval. En segundo lugar, me siento muy contento de compartir la reflexión navideña en esta oportunidad como ya es costumbre que lo hagamos los que retornamos luego de un tiempo de formación permanente en nuestro sacerdocio para  ponernos al servicio del Pueblo de Dios.  En este sentido desarrollo en esta tarde el tema de la Esperanza Cristiana, poniendo la mirada en la Virgen María, discípula misionera modelo de esperanza.

En el tiempo de Adviento, la liturgia celebra la doble “Venida del Señor”: una, humilde, cuando al cumplirse el tiempo (cf. Gál 4,4), el Hijo de Dios, tomando de la Santísima Virgen su condición humana, vino al mundo para salvar a los hombres; la otra, gloriosa, cuando, al final de los tiempos, vendrá “para juzgar a vivos y muertos” (Profesión de fe) e introducir a los justos en la casa del Padre, donde los ha precedido gloriosa la Virgen María. El cristiano espera esta segunda venida de Jesús. Por ello la virtud que hay que cultivar en Adviento es la esperanza. Se trata de una espera desde la resurrección de Jesús. Adviento y Navidad es una celebración de la Pascua, de ahí que nos felicitamos deseándonos Felices Pascua de Navidad 2011.

Teológicamente la esperanza es una virtud fundamental, teologal, dada por Dios, junto con la fe que es su fundamento  y el amor, que es su consecuencia. Por eso debe estar presente en toda actividad cristiana. “Siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que les pida razón de su esperanza” ante el mundo (1Pedro 3,15).

Las primeras lecturas de este tiempo de Adviento recuerdan las grandes promesas: mundo de justicia y paz, alegría, plenitud, banquete escatológico, mundo sin dolor ni muerte. Junto con esta meta esperamos la ayuda divina para caminar cada día hacia esa plenitud a pesar de las dificultades, porque Dios es fiel. Ana, a la que su esterilidad había hecho perder la esperanza de tener descendencia, había prometido consagrar al Señor el hijo que él tuviera a bien concederle. Así, pues, cuando Samuel vino al mundo, su madre subió al templo para entregar a su hijo al anciano sacerdote Elí. Al llegar, cantó Ana su acción de gracias al Dios de la vida. Su canto, que sirvió de inspiración al Magníficat, celebra el vuelco que ha experimentado la situación y del que ha salido beneficiada la mujer estéril. “Dios ha escogido lo débil del mundo para confundir a lo fuerte”. La esperanza cristiana implica recibir salvación para compartirla; es activa y dinámica: se recibe en la medida en que se da.

El fundamento teológico de la esperanza es fe en la palabra-promesa de Dios omnipotente, que no puede fallar. Por eso la esperanza cristiana se distingue de las expectativas humanas.  La expectativa se funda en lo que puede dar de sí razonablemente una situación determinada, la esperanza en la promesa de Dios que ha puesto en marcha una Historia de salvación que camina hacia su meta. Se exige cooperación humana, pero no es lo decisivo. Por eso no se trata de una historia edificante, que solo depende de la cooperación de los hombres, sino de una Historia de salvación cuyo protagonista es Dios. Este fundamento se concreta en la resurrección de Jesucristo, en la que la Historia ya ha llegado a su consumación. La Iglesia primitiva expresaba esta convicción con la invocación maranatha: Ven, Señor Jesús.

De ahí que el Papa Benedicto XVI, en la Ecíclica Spes Salvi presenta a la oración como escuela de esperanza. Un lugar esencial de aprendizaje de la esperanza es la oración. Cuando nadie me escucha, Dios todavía me escucha. Cuando ya no puedo hablar con ninguno, ni invocar a nadie, siempre puedo hablar con Dios. Cuando no hay nadie más que me ayude a hacer frente a una necesidad o una expectativa que supera la capacidad humana de esperar-, Él puede ayudarme. Cuando me veo relegado a la extrema soledad; si yo oro es que nunca estoy totalmente solo. El Cardenal Nguyen Van Thuan, con trece años de prisión, nueve de los cuales en régimen de aislamiento, nos ha dejado un libro: Oraciones de esperanza. Durante trece años en la cárcel, en una situación de desesperación aparentemente total, el hecho de que él pudiera escuchar y hablar con Dios fue para él una fuerza creciente de esperanza, que le permitió, después de su liberación, a ser para gente de todo el mundo un testimonio de la esperanza, esa gran esperanza que no se apaga ni siquiera en las noches de la soledad.

Alguno pensará: Esto está muy bien, pero ¿qué tiene que ver  con las esperanzas existenciales reales actuales de la gente de la calle? La gente espera trabajo, seguridad existencial, dinero, amistad, pasarlo bien. Buscamos milagros políticos, económicos, sociales. La esperanza teologal de la parusía de Jesús no excluye las esperanzas humanas inmediatas. La esperanza cristiana asume y potencia todo lo positivo de la esperanza humana, porque la gracia de Dios no destruye la naturaleza, sino que la purifica y perfecciona. Por eso se llega a la meta de la esperanza cristiana por las metas de la esperanza humana, es decir, se llega a plenitud de la vida filial y fraternal, expresión del futuro reino de Dios, por actos concretos de filiación y fraternidad ahora, ayudando a los hombres a satisfacer sus esperanzas actuales: trabajando por un mundo más justo, más humano, y fraterno.  Bienaventurados los que trabajan por la paz porque ellos llegarán a la plenitud de la vida filial (Mt 5,9).

La Virgen María, discípula misionera, es modelo de esperanza. Dos veces aparece en adviento la figura de María, en la fiesta de su Inmaculada Concepción y en el 4º domingo. En ellas aparecen los dos fundamentos de la esperanza: es la mujer que espera porque cree en la palabra de Dios, para el que nada es imposible (Lc 1,37) y, por otro lado, es la humilde sierva que acoge los dones de Dios, que la capacitan para la virginidad fecunda con un corazón limpio. Su esperanza es mesiánica, servicial y se traduce en servir a su prima Isabel en contexto de fe y oración.

Cuando María entró en casa de Isabel, lo primero que escuchó fueron palabras de felicitación. Comprendió el profundo significado de tales parabienes, y sus labios se abrieron para magnificar la obra divina. Reconoció que se cumplía en ella la promesa hecha por Dios a Abrahán y, sobre todo, cantó lo que descubría en la historia de su pueblo: Dios está con nosotros, presente en la vida de los hombres y en sus luchas. “Derriba del trono a los poderosos y exalta a los humildes”. Liberando a su pueblo Israel de la esclavitud egipcia. El origen del Magníficat hay que buscarlo entre los “anawim”, los pobres de Yahvé cuya exaltación canta María. En efecto, tras de la fe de María y la humildad del Salvador de Belén, se revela a todos los pobres y hambrientos de la tierra, que en el Documento de Aparecida se presentan como los rostros sufrientes que nos duelen: personas que viven en la calle, migrantes, enfermos, adictos dependientes, detenidos en las cárceles.  El Magníficat de María les dice que Dios se ha puesto de su parte.

La Iglesia latinoamericana y caribeña, acogiendo la voz de nuestros pastores que hacen resonar el mandato misionero del Señor “Vayan, y hagan discípulos a todos los pueblos” (Mt 28,19) nos han puesto en estado de misión permanente en todo el continente americano, a todos las fuerzas vivas del Pueblo de Dios, agentes de pastoral, en distintos estados de vida, laicos, consagrados, diáconos, presbíteros en las distintas comunidades eclesiales. Para esta misión el Papa Benedicto XVI en Aparecida nos llamó a permanecer en la escuela de María a inspirarnos en sus enseñanzas, procurando acoger y guardar dentro del corazón las luces que Ella, por mandato divino, nos envíe desde lo alto (Cf. BENDICTO XVI, Discurso Inaugura en Aparecida, 2007). De ahí que la vocación de María, discípula misionera de Jesucristo, será nuestro modelo perfecto  para que hombres y mujeres seamos discípulos misioneros del Señor en la Nueva Evangelización del continente americano caracterizado por la piedad mariana, que invoca a la Santísima Virgen María bajo distintas advocaciones que dan razón de nuestra fe, esperanza y amor en el Dios de la vida.

Que Ella, como primera y gran discípula misionera de Jesús, que colaboró a nuestra salvación con su Sí al Padre y su acogida al Espíritu, nos ayude a vivir esta tarea misionera, con fe y esperanza.

Feliz Navidad a todos Ustedes y que la luz de esperanza del Niño Jesús brille en todos los corazones.