La Paz

La diócesis de El Alto celebró 21 años al servicio de la misión

“Una Iglesia memoriosa y testimonial”, así la denomino Mons. Eugenio Scarpelllini a la Diócesis de El Alto luego de 21 años de misión en nuestro país, el aniversario fue celebrado con una ordenación diaconal de Jesús Eloy en una solemne eucaristia en la Catedral de collpani este sabado 29 de agosto.

“La celebramos a pocos días de la visita del Papa Francisco a nuestra tierra. Él vino a nosotros como “peregrino para confirmarnos en la fe”. Ha puesto su mirada de pastor en nuestros rostros, en nuestro caminar y ha querido, con su presencia y con sus palabras, alentarnos para que seamos testimonio viviente del Padre misericordioso, misioneros de la esperanza que infunde el Evangelio a todo hombre y mujer sedientos de Dios.

Asimismo Mons. Eugenio recordó que estamos a pocos días de la realización del V Congreso Eucarístico Nacional en Tarija, para lo que la Diócesis prepara su Congreso Diocesano previo. “El tema “Pan partido para la vida del mundo” es invitación a hacer presente la memoria de la Pascua, a Jesucristo, Pan de vida, y hacer de nuestra Iglesia una gracia, un don para la vida del mundo”.

Celebramos este aniversario acogiendo el don del Señor en la ordenación diaconal de nuestro hermano Jesús Eloy: nuestra Iglesia se enriquece por esta gracia de la vocación sacerdotal y su respuesta generosa al llamado del Señor.

Celebramos este aniversario en la fiesta litúrgica del Martirio de San Juan Bautista: un profeta testigo fiel de Dios, amante de la verdad, incansable anunciador de la proximidad del Reino del Padre.

Todos estos motivos están resumidos en el lema de animación que vemos colocado: “Iglesia memoriosa y testimonial”. “La Iglesia es comunidad memoriosa”, porque nace de la celebración de la Eucaristía, de la Pascua, de la muerte y resurrección de Jesús; vive haciendo presente constantemente este misterio como fuente de vida y es enviada al mundo ofreciendo la vida nueva de Cristo, Pan partido para todos los hombres.

De la Eucaristía nace la misión de la Iglesia, nuestra misión como “comunidad memoriosa”, la Iglesia hace presente el banquete de la Eucaristía y el banquete de la Palabra, hace presente a Jesús que “quiere que participemos de su vida y, a través nuestro, se vaya multiplicando en nuestra sociedad”. Es memoria de Cristo que por amor ha entregado su vida en la cruz y nos la da a nosotros nueva en la resurrección.

Una Iglesia memoriosa es una comunidad que testimonia la misericordia del Padre, que acoge al hermano, que va en búsqueda de la oveja que está lejos o se ha perdido, que se preocupa, al estilo de Jesús, de los más pequeños y pobres; una comunidad enraizada en el Evangelio y encarnada en la vida de los hermanos. Podríamos decir con un ojo leyendo los periódicos, los hechos de vida y el otro ojo leyendo el Evangelio, discerniendo a Jesús que nos habla hoy.

La Diócesis de El Alto ha de ser memoriosa y testimonial de la cruz de Cristo, la cruz que se manifiesta hoy en la vida de nuestros hermanos, en sus sufrimientos. Lo peor que nos puede pasar es acostumbrarnos al dolor de la gente, a las situaciones inhumanas. “Me conmuevo cuando veo a muchas madres cargando a sus hijos en las espaldas… cargando sobre sus hombros desilusiones, tristezas y amarguras, la injusticia que parece no detenerse y las cicatrices de una justicia no realizada. Cargando sobre sí el gozo y el dolor de una tierra. Ustedes llevan sobre sí la memoria de su pueblo”

La Diócesis de El Alto ha de ser memoriosa de la cruz de Cristo, cargándola con humildad y paciencia cuando es obstaculizada en su labor pastoral, cuando se la quiere marginar por posturas ideológicas finalizadas al poder personal o de grupo, cuando su presencia es incómoda y cuestionante, cuando en nuestros barrios quieren reducir nuestra presencia con métodos a veces abusivos o prepotentes.

Es allí donde hay que estar, permitiendo que estas situaciones nos purifiquen también; es allí donde hay que estar por fidelidad a nuestro pueblo sencillo, a nuestros niños y jóvenes, a las mamás solas, a las víctimas de violencia y abusos. Allí hay que estar para caminar con ellos y compartir con ellos la esperanza de la vida nueva de Cristo en la resurrección, para recordarles y testimoniarles que Dios los ama con un amor infinito y misericordioso.

“Hagan esto en memoria mía”, “Ite, misa est” (Vayan, la misión está). La misión de Jesús de revelarnos el rostro misericordioso del Padre es nuestra misión, es entregada a nuestra iglesia, es actual, real. Es el misterio del Pan de vida que “nos da la certeza de lo que tenemos, de lo que somos, y. que si es tomado, si es bendecido y si es entregado, con el poder de Dios, con el poder de su amor, se convierte en pan de vida para los demás”.

“Vayan por todo el mundo”. El envío supone salir de donde estamos, de nuestros esquemas, de nuestras seguridades; supone cuestionarnos y desinstalarnos, no para criticar y borrar todo lo pasado (en nuestro pasado hay mucha riqueza, hay un recorrido de gracia y de compromiso pastoral muy grandes), sino para que la experiencia y sabiduría que el espíritu ha construido en nuestra Iglesia nos proyecte hacia el futuro para asumir los desafíos de nuestra ciudad El Alto y de las provincias donde se están viviendo cambios profundos. Salir implica ir hacia las periferias humanas, culturales y sociales; discernir los lugares donde parece que la gente se ha olvidado de Dios, aunque el mismo Dios está allí hablando y nos está llamando.

“Hagan que todos los pueblos sean mis discípulos”. El envío supone ir al encuentro de nuestros hermanos, de manera especial hacia los más pobres, implica audacia, fidelidad y valentía porque nos pone en juego como testigos creíbles de Jesús: misioneros con sabor a Evangelio, con sabor y olor a Jesús.

Lo que más le ha impactado a la gente, de la visita del Papa Francisco a nuestra tierra, ha sido su cercanía, su sencillez y su humildad: es un ejemplo claro de cómo podemos ser pastores, agentes pastorales y laicos comprometidos al estilo de Jesús, de cómo podemos ser Iglesia memoriosa y testimonial.

Permítanme también una palabra para meditar con ustedes y con Jesús Eloy el sacramento de la Ordenación diaconal que estamos celebrando a partir de la fiesta del martirio de Juan Bautista. Juan Bautista había sido enviado por Dios para mostrar a todos que Cristo era el Mesías, la luz que salva y da la vida. Tenía que testimoniarlo a todos, para que todos creyeran por medio de él. Su testimonio era eficaz porque acompañaba el anuncio de Cristo, la invitación a la conversión con su estilo de vida sencillo, austero y humilde. Su testimonio fiel y audaz le causó la persecución y la muerte. Así mismo el diácono Felipe ( 2da lectura) sufre la persecución en contra de la primera Iglesia, pero no se desanima, baja a Samaria, el lugar de los paganos, de los rechazados, de los pecadores. Podríamos decir a la periferia religiosa, social y cultural de aquel tiempo. Y allí predica el evangelio de Jesús, sin miedo, con claridad y fidelidad. Su anuncio llega hasta a aquellos que estaban sumisos en la superstición de la magia de Simón y los conduce a la verdad de la fe en Jesús.

Como diácono, Jesús Eloy, deberás anunciar la Palabra de Dios con fidelidad y, para hacerlo, deberás alimentarte de ella todos los días y meditarla profundamente para llegar con ella al corazón de tus hermanos. A Felipe lo escuchaban porque veían las señales que realizaba. Como diácono estás llamado a vivir el “ministerio de la caridad con una atención privilegiada a los pobres, a las familias en dificultad, a los jóvenes desorientados en el camino de su vida, a las mujeres y niños que son abandonados o sufren violencia”. Consagrado por la imposición de las manos del obispo serás memoria de Cristo que se hizo siervo por amor, que pasó haciendo el bien para todos. Desde este momento ya no tienes una vocación, eres “vocación”, ya no tienes simplemente una misión, una tarea, eres “misión”.

Vive esta nueva identidad de ministro de la caridad dócil al Espíritu del Señor que te enviará adonde él quiera, para allí encontrar a los hermanos y conducirlos a Cristo; vive este servicio con la alegría de haberte encontrado con Jesús y querer compartirlo con tus hermanos.

Queridos hermanos y hermanas, al celebrar este XXI Aniversario de nuestra Diócesis de El Alto, demos gracias a Dios por los innumerables beneficios que hemos recibido en estos años, invoquemos su Espíritu para que seamos testigos y memoria de Él, Pan partido para la vida del mundo.

Pongamos bajo la intercesión de María, la Virgen de Copacabana, que nos ha acompañado esta tarde como peregrinos hacia esta celebración, nuestra vida de Iglesia memoriosa y testimonial de su Hijo Jesús. Amén.

+ Eugenio Scarpellini

Obispo de la Diócesis de El Alto