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Homilía para el Viernes Santo en la Celebración de la Pasión del Señor

Homilía del Viernes Santo – 29 marzo 2024

Por: Ariel Beramendi

Tenemos ante nuestra mirada a Jesús, el Dios que por amor se hizo humano como nosotros.

Hoy nuestros ojos ven al mismo Jesús que pasó por este mundo perdonando, sanando heridas y enfermedades, liberando a los endemoniados.

Es el mismo Jesús que multiplicó los panes, que danzó en las bodas de Caná y transformó el agua en vino.

Hoy está crucificado en la Cruz. Parece diferente, pero es el mismo Dios-hombre, que pasó por este mundo amando.

El Evangelio de San Juan nos explica que Jesús nos amó hasta el extremo, cumpliendo a la letra su enseñanza de que “Nadie tiene un amor más grande que este: dar la vida por sus amigos“.

 

¿Cuál fue la consecuencia del amor extremo de Jesús? ¿cuál fue el precio que él tuvo que pagar por nuestra redención?

El precio fue su vida misma, la condena en una cruz. Ese mismo Jesús, joven y enérgico, de unos 33 años, carpintero, líder de su comunidad, hoy se presenta ante nosotros colgado de una cruz: desnudo, perdedor, objeto de maltratos y burlas incluso en el momento más trágico.

 

Esta imagen brutal y trágica de un hombre inocente condenado y despreciado por los poderosos del mundo, es el gran escándalo para los que no conocen verdaderamente a Dios. Seguramente, muchos maestros de la ley todavía hoy se preguntan ¿Cómo es posible creer en un Dios reducido al extremo del sadismo y del mal gusto?

 

A lo largo de la historia, hubo gente que quiso dar una explicación. Hubo pensadores que dijeron que Cristo, al ser Dios, no sufría en la cruz, que solo estaba actuando como en una obra de teatro, con el objetivo de impresionar a la humanidad y conseguir su conversión.

Otras teorías, presentaron la teoría de un dios omnipotente y manipulador, que adoptó a un hombre llamado Jesús y que lo utilizó para la redención del mundo.

Y todavía hoy, hay grupos de personas que ponen en duda la existencia histórica de Jesús de Nazaret.

 

Por eso, en las últimas décadas la arqueología cristiana comenzó a estudiar e investigar sobre el contexto histórico de Jesús, sobre su linaje, la creación de las comunidades cristianas reunidas alrededor de los apóstoles y de los evangelistas. Y emergieron papiros y documentos históricos que mencionan al Nazareno, a sus seguidores; y a esas primeras comunidades que se reunían para conmemorar la última cena y que a través de los siglos fueron perseguidos.

 

Este Viernes Santo 2024, volvamos a preguntarnos ¿qué significa conocer a Jesús? Qué significa mirar al crucificado y no escandalizarnos o avergonzarnos de que nuestro redentor – aparentemente – haya terminado sacrificado como un cordero inocente.

 

En esa búsqueda, con la ciencia y la inteligencia humana llegamos hasta un punto en el que encontramos “el muro de la evidencia” que nos dice que sólo es posible creer en aquello que podemos explicar con la razón, o que podemos ver o tocar.

 

Pero las personas de fe, aquellas que tienen una pequeña chispa del fuego del Espíritu Santo en su alma o en su corazón, pueden sobrepasar ese “muro meramente racional” y encontrar una respuesta en la cruz y en el crucificado.

 

Si tenemos fe, podremos utilizar la única llave que nos permite conocer, entender y experimentar el misterio de la cruz.

 

Con la razón podremos conocer racionalmente y entender algo, pero con la fe podemos conocer, encontrar, testimoniar y celebrar.

¿Celebrar qué cosa?

La fe nos permite experimentar que, si adoramos y amamos al crucificado, es porque él nos amó primero. Y que por amor, Dios Padre salvó y redimió a la humanidad, sacrificando a su hijo. Y, a través de estos misterios, Dios sembró eternidad en nuestras almas.

 

Hoy nuestra parroquia está llena – algunos dicen que es el día del año que tenemos más participación -. Entonces, tomemos conciencia que estamos reunidos aquí, porque Jesús, el Dios hecho hombre, siendo inocente fue condenado y murió para salvarnos.

 

Hoy, Viernes Santo, acerquémonos al crucificado para pedirle, una vez más, el don de la fe, que nos permita experimentar, compartir y celebrar aquello que las categorías humanas niegan.

 

Gracias a nuestra fe, podremos encontrarnos con Cristo una y otra vez, sabremos y celebraremos que nuestra religión no termina en la cruz, ni en el crucificado; sino que ese signo de vergüenza y escándalo para el mundo, para los fariseos y maestros de la ley, hoy se ha convertido en el instrumento de nuestra salvación, en el Árbol de Vida, y en definitiva en la puerta por la que Cristo tuvo que pasar para vencer la muerte y darnos la vida eterna.

 

Hermanos y hermanas, Jesús desde la cruz ha dado un nuevo sentido al sufrimiento humano y ha dado un nuevo sentido a la esperanza. Desde esta cruz sacamos la fuerza para entender que: si queremos llegar a la gloria de la resurrección, tendremos que pasar por nuestros calvarios y cruces personales. No perdamos nunca la esperanza. Amén.

Por P. Ariel Beramendi – www.arielberamendi.com

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