Cochabamba

Homilía de Mons. Robert Flock, 24-02-2013

Queridos hermanos,
Quiero empezar con un pequeño canto:

Te doy gracias, Señor, por la vida que me das.
Te doy gracias, Señor, por todo lo que me das.
Te doy gracias, Señor, porque me has traído aquí.
Quiero alabarte en Espíritu y en Verdad.
Quiero alabarte en Espíritu y en Verdad.

Estas palabras resumen mis sentimientos al encontrarme aquí en “la Llajta” como Obispo Auxiliar al servicio de la Arquidiócesis de Cochabamba. Es para decirle “Gracias”, a nuestro Señor, y a la Virgen Santísima, que vine aquí al Santuario esta mañana. De repente algunos de ustedes, por un motivo u otro también quieren reconocer la bondad de Dios, que incluye a la madre de los hijos de Dios.

    El cantito agradece a Dios, en primer lugar, por el don de la vida. Son tres semanas desde que estuve en una grave accidente con Mons. Tito y otros dos sacerdotes. Salimos casi ilesos, y sentimos que nos acompañaba la protección de Dios y el cariño de la Virgen. El sobrevivir un grave accidente es un gran recuerdo que la vida es un regalo. Agradezco a Dios por este don, y quiero que mi ministerio episcopal sea una alabanza en Espíritu y en Verdad.

    Por cierto, trasladarme desde Santa Cruz a Cochabamba después de casi 25 años, no me es nada fácil. Sin embargo, hasta ahora no he experimentado más que acogida, y una compartida esperanza de que esta querida Iglesia vaya caminando adelante con la misión recibida del Señor. La Virgen María sabe amar a los pueblos del mundo entero. Por eso se hizo conocer hace tantos años como Nuestra Señora de Copacabana, como la Mamita de Cotoca y también en esta tierra como la Virgen de Urkupiña. Así, la madre de Dios nos enseña a amar a su pueblo en todas partes. Entonces, como Pedro, sobre la montaña con Jesús, Moisés y Elías, puedo decir: “Que bien estamos aquí”.

    El Evangelio dice que Jesús llevó a sus favoritos a la montaña para orar. No es la única vez que dice el evangelio que Jesús subía arriba para acercarse al Padre.   Vemos que esta oración de Jesús no fue la repetición de unos padrenuestros, o siquiera algunos de los salmos. Esta “Adoración en Espíritu y en Verdad”, es más que todo una íntima comunión de almas. Jesús invitó a Pedro, Santiago y Juan, para compartir con ellos esta profunda experiencia. “Mientras oraba, su rostro cambió; su aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante”. Empezaron a ver a Jesús como realmente es, el Hijo de Dios hecho hombre. La gloria de su divinidad se hizo transparente para ellos con una experiencia privilegiada. Se podría percibir también la relación de Jesús con Dios Padre y con los profetas de antes.

    Imagínese si nosotros pudiésemos también entrar en esta nube luminosa con Jesús. Seguramente, muchos de nuestros problemas ya no nos serían tan imposibles, conociendo la cercanía del Dios que nos acompaña en todo momento y guía nuestros destinos hacia la vida en abundancia. Es una Dios que nos abraza y nos dice, en medio de nuestras dificultades, “Todo va a estar bien”. En realidad, es lo que Dios hace para Jesús, que con Moisés y Elías, “conversaba sobre su partida que iba a cumplirse en Jerusalén”; es decir, sobre su pasión y muerte en la cruz.

    El mensaje, para los tres discípulos, es un poco diferente. Dios Padre, interviene personalmente para decirles: “Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo”.  Es que Jesús había confiado a ellos que iba a Jerusalén, donde le esperaba la Cruz, y Pedro reaccionaba diciendo que no, provocado la fuerte censura de Jesús: “Detrás de mi Satanás, porque piensas, no como Dios, sino como los hombres”. Pues, no hubo mensaje más difícil para los Discípulos, que la necesidad de la Cruz. También para nosotros, es lo más duro de comprender y aceptar. “Toma tu Cruz, y sígueme”. Entonces, como la Madre de Jesús, dijo en las bodas de Caná: “Hagan lo que Él les diga”, ahora Dios mismo, desde el cielo, insiste: “Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo”.

    San Pablo, hoy nos recuerda lo mismo, cuando observa que “hay muchos que se portan como enemigos de la cruz de Cristo: su fin es la perdición, su dios es el vientre y su gloria está en aquello que los cubre de vergüenza.” No seamos aquellos. Recordamos, especialmente al visitar a la Madre de Dios en este Santuario que “En cambio, nosotros somos ciudadanos del cielo, y esperamos ardientemente que venga de allá, como Salvador, nuestro Señor, Jesucristo.” Aquí, lo mismo que Pablo escribió en aquel entonces a sus hermanos en Filipos, nos dice la Virgen María a nosotros: “Hijos míos muy queridos, a quienes tanto deseo ver, ustedes son mi alegría y mi corona, amados míos; perseveren firmemente en el Señor.

Te doy gracias, Señor, por la vida que me das.
Te doy gracias, Señor, por todo lo que me das.
Te doy gracias, Señor, porque me has traído aquí.
Quiero alabarte en Espíritu y en Verdad.
Quiero alabarte en Espíritu y en Verdad.

Mons. Robert Flock
Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Cochabamba