Santa Cruz

Homilía de Monseñor Sergio Gualberti, 24-02-2013

El próximo jueves 28 el Papa Benedicto XVI, por su libre decisión, termina su ministerio como sucesor de Pedro y se retira en el silencio del monasterio. Como él ha dicho, estará oculto a nuestros ojos pero nos tendrá a todos los católicos en su corazón a través de la oración. Al él, nuestro sincero y profundo agradecimiento por su testimonio de hombre de fe, y su entrega generosa a la causa del Evangelio y su servicio inapreciable a la Iglesia y al mundo entero.

Nuestro querido Pastor, el Cardenal Julio estará presente en los últimos actos de Benedicto XVI para participar luego del Cónclave que elegirá al nuevo Papa, haciendo presente a través de su persona a la Iglesia en Bolivia. Nosotros acompañamos con ferviente oración a los pastores de la Iglesia que participan en estos eventos tan importantes para todo el Pueblo de Dios.

Este domingo el Evangelio a nos presenta a la Transfiguración del Señor, hecho que acontece al inicio del camino de Jesús a Jerusalén, el camino hacia su muerte y resurrección, hecho que Jesús había preanunciado a sus apóstoles 8 días antes.

Jesús sube a la montaña, su lugar preferido para hacer oración, para encontrarse con el Padre. La oración y la montaña es también el escenario bíblico propio de las manifestaciones y revelaciones de Dios, como testimoniado en el Antiguo Testamento.

Acompañan a Jesús en el monte Tabor, Pedro, Juan y Santiago, los apóstoles testigos de los momentos más importantes de la vida pública de Jesús: ellos serán también llamados a acompañarlo más de cerca en la oración del Getsemaní.

Durante la oración se realiza la transfiguración su rostro se vuelve resplandeciente de una luz intensa, que irradia también sobre los presentes. La oración profunda, silenciosa, auténtica nos permite captar el misterio de Dios.

De pronto aparecen a su lado Moisés y Elías, que comparten la irradiación de la gloria de Jesús y que dialogan con él acerca de su “éxodo”, su partida definitiva a la casa del Padre que se consumará en Jerusalén. Moisés y Elías hablan de ese hecho porque, en cuanto representantes de la ley y los profetas respectivamente, han predicho acerca de los sufrimientos del Mesías como parte del plan de Dios y porque ellos también han cumplido su éxodo y liberación.

Moisés fue el líder del primer éxodo y Elías defendió con valentía la fe en el Dios verdadero, iniciando un renacimiento espiritual del Pueblo.

Jesús es la plenitud del don de Dios, del que Moisés y Elías han hablado, a él le toca encabezar el nuevo éxodo que está para iniciar en Jerusalén. No es solo la partida y glorificación de Jesús, sino el inicio de un nuevo camino de libertad del pueblo de Dios, bajo la guía del nuevo Moisés, Jesús. Como nuevo Elías refunda una auténtica comunidad fiel a Dios, el nuevo Pueblo de Dios, y realiza la nueva Alianza con el don de su vida en la cruz.

Al momento de la gran revelación del Padre, desaparecen los dos testigos del A.T. y queda Jesús “solo” con los tres discípulos. Jesús es el cumplimiento de la promesa, ya no hacen falta los testigos del A.T. Jesús está solo también a indicar que le toca a él ir a Jerusalén, al encuentro con su pasión, muerte y resurrección, es su hora.

Así como está presentada, la transfiguración representa una manifestación anticipada de la gloria de Jesús después de su muerte. Y los discípulos tienen el privilegio de la visión adelantada de esa gloria, pero no comprenden el significado de la misma. Las palabras de Pedro denotan un intento de anticipar y atrapar a la gloria de Jesús: “Maestro, que bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías” confirman la falta de entendimiento en los apóstoles de lo que estaban viviendo, recalcada por el evangelista san Lucas: “Él no sabía lo que decía”.

La actitud de Pedro nos hace comprender que es necesario que el creyente pida a Dios la purificación de nuestra mirada interior para poder descubrir el sentido de tantas manifestaciones de Dios en nuestra vida.

En este escenario, Dios, repitiendo las solemnes palabras pronunciadas en el bautismo de Jesús en el río Jordán, revela a los tres discípulos el corazón del misterio de Jesús: “Este es mi Hijo, mi elegido”. Es Dios mismo que da testimonio de Jesús, el testimonio decisivo que es mucho más convincente que la misma experiencia de los discípulos. Ahora ellos saben plenamente quien es Jesús, su verdadera identidad y misión. Él  es el Hijo, que con su misión única sustituye los antiguos profetas y puede proclamar la última Palabra de Dios.

Ahora los tres discípulos pueden conocer la relación del Padre con el Hijo, y pueden comprender porque Dios les llama a obedecerle y escucharlo:”Escúchenlo”. Escuchar es más que oír, es escuchar en la oración para transformar nuestra vida, es prestar la obediencia de la fe a Jesús, y sólo a él, no a otras voces, ni a otros dioses. Esta orden de escuchar se refiere especialmente a las palabras que Jesús acababa de decirles: “El Hijo del Hombre tiene que sufrir mucho y ser rechazado por la autoridades… le quitarán la vida y al tercer día resucitará”. Jesús no deja dudas: el único camino que lleva a la gloria: es cumplir el camino de la cruz. Escuchar es asumir y cumplir el mismo camino de la cruz, es portarnos como amigos de la cruz: “Si alguno quiere seguirme, que se niegue a si mismo, que cargue con su cruz y me siga”.

La voz del Padre y el rostro resplandeciente de Jesús son la ratificación de la necesidad de la cruz, realidad que los discípulos entendemos con mucha dificultad. La transfiguración tiene por finalidad hacernos comprender a todos los discípulos, que tenemos que confiar en Jesús aún cuando él nos lleva por el arduo y difícil camino de la cruz.

La transfiguración nos enseña también que no son las experiencias espectaculares y misteriosas, las que nos sostienen en el camino de nuestra vivencia cristiana, sino la palabra de Jesús y nuestra fe en él y en su Evangelio, como hemos escuchado al momento de recibir las cenizas al inicio de la cuaresma.

Estos 40 días son el tiempo oportuno para transfigurarnos, para transformar nuestra vida, para hacer nuestra confesión de fe como Abrahán, para ser justos delante de Dios. Es la fe que hace campo a Dios en nuestra propia vida y que nos da acceso a compartir el camino de Jesús crucificado y resucitado.

Pidamos al Señor Jesús, él que ha alcanzado la gloria definitiva que mantenga viva nuestra esperanza de llegar a ser plenamente ciudadanos del cielo, y que nos ayude y sostenga a todos nosotros que estamos todavía en el camino de la cruz, la “vía crucis”.

Oficina de prensa del Arzobispado de Santa Cruz.