Análisis

Eugenio Pizarro: “Fiesta de la Ascensión del Señor”

La fiesta de la Ascensión no es ni una partida, ni una despedida de Jesús. Jesús no se marchó, ni nos dejó huérfanos. Él no se fue a “encielar” lejos de nosotros.
Cuando se dice que Jesús subió a los cielos y que se fue a sentar en un lugar especial a la derecha del Padre, lejos de nosotros, no estamos señalando que se trata de un viaje espacial. Lo que se quiere decir con estas palabras, es que Jesús está, después de su resurrección, en un estado y situación de glorificado y de crecimiento de su poder.Está, por su glorificación, en un estado y situación de omnipotente y de omnipresencia para siempre. No olvidemos las palabras de Jesús en la aparición del envío a Evangelizar dado a los Apóstoles antes de hacerse invisible: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta que se termine este mundo”.

Para entender bien la Ascensión, es bueno y necesario distinguir entre una marcha, partida(despedida) y una desaparición.
La partida denota una despedida, un marcharse lejos de nosotros y origina entonces una ausencia del ser amado. Una desaparición indica una presencia oculta o invisible.
En la Ascensión, Jesús no partió dejándonos solos.
No. Jesús con su Ascensión se instaló en forma definitiva con nosotros y entre nosotros. Está en todos aquellos lugares que Jesús nos enseñó, cómo, con Él encontrarnos, en sus apariciones después de resucitado. Él nos enseñó a descubrirlo presente en la Palabra, en los sacramentos, en los hermanos, especialmente en los más pobres. Más aún, con la Ascensión, Jesús se hace presente, para siempre en el Cielo, en la tierra y en todo lugar: “subió a los Cielos a fin de llenarlo todo con su presencia” (Ef 4,10).
Si la Ascensión fuese una partida de Jesús de nuestro lado, no sería una fiesta, sería algo triste, una partida de nuestro lado.Si fuera un”encielamiento” esta fiesta de hoy, no sería fiesta, sino un enterramiento. Pero como lo dice Jesús en el Evangelio de hoy, y lo reitero: “Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo 28,20: Biblia de Jerusalén).
Jesús, por la Ascensión, entró en la participación de la omnipotencia y la omnipresencia del Padre. Fue plenamente glorificado, exaltado, espiritualizado en su humanidad. Y, por eso, se puso más que nunca en relación con cada uno de nosotros.

Según las leyes físicas, Cristo, física y corporalmente, no podría estar, al mismo tiempo en todas partes; no podría estar de un modo tan presente, en mí y en cada uno de ustedes. No podría corporalmente atravesar otros cuerpos. Por la Ascensión yo y ustedes podemos tener una “habitación” de Jesús en nosotros y en cada uno. Y esto lo vamos a experimentar y comprender mejor el día de Pentecostés: Jesús, su Espíritu, se hace presente en los suyos, su Iglesia, por los siglos de los siglos.

La humanidad de Cristo se ha espiritualizado y glorificado plenamente. Se trata de un estado de gloria, de omnipotencia y omnipresencia. Y esto es una alegría para nosotros. Cristo no se fue a un “lugar” fuera del alcance, ausentándose del lado nuestro. No hay que tomar al pie de la letra, ni hacernos la idea de un “lugar”, como los nuestros terrenales, cuando se dice en el Credo:”Está sentado a la derecha del Padre”.
Por lo demás, con el criterio y lenguaje del mundo, ¿quién puede decirme dónde está el Cielo, y dónde está el Padre?
A esta curiosidad, inquietud y pregunta, nos contesta San Juan 14,23, en forma muy sabia y contundente:

“Si alguien me ama, guardará mis palabras,y mi Padre lo amará y vendremos a él para hacer nuestra morada en él”. Así es, y esto es sólo posible con la espiritualización de la humanidad del Señor.
Algunos piensan: ¡Qué hermoso y qué bueno habría sido estar al lado de Jesús en su vida terrenal! Poder escucharlo, poder intimar con Él en un diálogo de tú a tú: frente a frente, ¿quién como los Apóstoles?
Contesto a esa nostálgica inquietud: Ahora, con la humanidad de Cristo espiritualizada, es mucho más hermoso y bueno. Jesús no está sólo a nuestro lado, sino que ahora puede habitar dentro de nosotros. Con su Cuerpo humano, físicamente sería imposible. Sólo es posible porque Jesús ascendió. No se fue de nuestro lado. Está para siempre omnipresente invisible, pero presente, y puede estar dentro de nosotros.
Desde esta realidad,llegamos también, a comprender mejor a Jesús cuando nos dice: “No los dejaré huérfanos sino que vengo a ustedes. Dentro de poco, el mundo ya no me verá, porque yo vivo, y ustedes también vivirán”.(Juan 14,23).
Lo mismo será comprendido: “Me voy, pero vengo a ustedes. Si ustedes me amaran, se alegrarían de que voy al Padre,… . En verdad les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Intercesor no vendrá a ustedes”.(Juan 15,7).

Jesús está espiritualizado, glorificado, exaltado, y por eso mismo, se puso más que nunca en relación con todos y cada uno de nosotros, más aún, puede “habitarnos” y hacer morada en nosotros. Una morada, significa bastante más que una presencia. Una persona, está presente en la calle o en su lugar de trabajo, pero la morada la tiene únicamente en su casa.
Dios no ha querido tener más que una casa y esta casa somos precisamente nosotros.

Ahora bien,cuando decimos: “Padre nuestro que estás en los cielos…” queremos significar, no una lejanía de Dios, sino un estado y situación dominante desde la que todo lo puede ver, e intervenir, por ello, más fácilmente en todos los lugares de la tierra.

Por todo lo dicho,”encielar”a Cristo es desterrarlo y perderlo. Su Ascensión es una ascensión vía eficacia; se trata de una intensificación de su presencia.Repito: no se trata de una Ascensión local que alejaría a Jesús de nuestro lado.
Del mismo modo que Jesús no abandonó ni se alejó de su Padre para venir a salvarnos con su Encarnación,así tampoco se separó o se alejó del lado nuestro para volver al Padre. Lo que hizo fue restablecer con plenitud la comunicación.

Pero no hemos terminado acerca del significado profundo de la fiesta de la Ascensión.

El ser humano pasa de una etapa a otra en su desarrollo.¿Hasta dónde o hacia dónde se encamina?
Los creyentes caminamos y ascendemos hacia Cristo.
Él, nos manifiesta, con su Ascensión, el punto de llegada en la glorificación de su cuerpo, como la anticipación del punto a donde debe llegar el hombre y la mujer y con él toda la naturaleza.
Nos movemos hacia el encuentro con Dios con todo nuestro ser, con nuestra historia, con la tierra, y este encuentro con Dios será también un encuentro entre nosotros.

Cuando hacemos mejorar el mundo, la sociedad, las relaciones humanas; cuando construimos fraternidad en justicia, libertad y paz, todo va subiendo y caminando hacia su etapa final, todo va mejorando y subiendo; todo lo vamos acercando hacia Dios; y cada uno debe ir subiendo, mejorando en su vida, acercándose a Dios, nuestra meta final.

Los cristianos cuando buscan perfeccionar la humanidad están perfeccionando sus relaciones humanas; buscan una mejor convivencia como amigos y hermanos; como un buen vecino: Nunca es subir, mejorar y ascender, construir una sociedad con relaciones humanas injustas, opresoras y explotadoras. El que no busca y no se compromete nunca, para cambiar las relaciones injustas, opresoras y violadoras de los derechos humanos, es la antítesis del significado de la Ascensión. Jesús quiere que el ser humano ascienda con Él; que de hombre egoísta se haga hombre del amor, de la justicia y de la fraternidad. En el fondo, ascender, significa un compromiso por construir el Reino de Dios, desde ya, en este mundo.

Esta es una grave responsabilidad. Por eso, las palabras de los dos personajes de blanco, que en la Ascensión, viendo a los discípulos mirando hacia el cielo, hacia donde iba Jesús, dicen: “Hombres de Galilea, ¿qué hacen ahí mirando al cielo? Éste que ha sido llevado, este mismo Jesús, vendrá como lo han visto subir”. (Hechos 1,11).
Estos personajes de blanco, como que están diciendo: Miren la tierra, háganla mejor, preocúpense, mejor: ocúpense de transformarla, haciéndola justa y de hermanos, cambiando el corazón egoísta de hombres y mujeres, haciéndolos próximos de los demás, especialmente de los más pobres: mírenlos a ellos en vez de mirar el cielo; ellos no pueden seguir en esa situación cruel e inhumana, de todos ustedes depende el cambio
Y de hecho Jesús volverá y quiere encontrarnos ocupados, construyendo el Reino.
No me cansaré nunca de repetir y demandar la justicia para los pobres. Y se lo repito a esa minoría que secuestra o tiene secuestrada a la mayoría.
Esa minoría de empoderados critican a los profetas de hoy, y no más quieren, que la gente mire hacia el cielo, para que no miremos a la tierra, porque la tierra, sus bienes y riquezas, quieren repartirlas entre ellos.
¡No más cristianos preocupados, queremos cristianos “ocupados”, con hambre y sed de justicia, cambiando el mundo en Reino, desde ya, de justicia y de liberación integral!
No nos quedemos mirando el cielo. Hay que extender la presencia de Jesús y su Reino, terminando su obra aquí abajo.

Y para remachar, Jesús, en el Evangelio de hoy, de la Ascensión, no envía a los Apóstoles a quedarse ahí contemplando su gloria. Los manda a Evangelizar, a anunciar la Buena Nueva de que somos hijos de Dios y hermanos entre nosotros, y para que no tengan miedo ni sean vacilantes les asegura su presencia y su acompañamiento.
Escuchemos las palabras de Jesús,y hagámoslas muy nuestras, sin mediocridad, porque nosotros somos, hoy día, sus discípulos:

“Todo poder se me ha dado en el Cielo y en la tierra. Por eso, vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos, en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he encomendado. Yo estoy con ustedes todos los días hasta que se termine este mundo”.

El Señor trabajaba con ellos y apoyaba su predicación con los milagros que la acompañaban:

“Y los discípulos salieron a predicar por todas partes con la ayuda del Señor, el cual confirmaba su mensaje con las señales que lo acompañaban”. (Marcos 16,20).

¡Qué alegría!
Jesús está aquí en la tierra, con nosotros; no nos dejará jamás, ya que su presencia espiritualizada ha llegado a una intensidad y una extensión que su presencia carnal o corporal no hubiera podido obtener. Por lo tanto: ¡A trabajar, ascendiendo nosotros, cada día, y ascendiendo al mundo, para Dios, para nuestros hermanos, y especialmente con, por y para los más pobres! Así Sea.