Santa Cruz

“Dios promete la paz” Homilía del Domingo 19 del Tiempo Ordinario – 9 de agosto de 2020

Queridos hermanos,

En estos días nos encontramos como país y pueblo en un mar agitado con los vientos en contra. No solamente enfrentamos esta larga pandemia, de por sí, capaz de hundir la barca (como ya sucede con la educación y la salud) sino el caos provocado por remar cada uno en dirección opuesta. Todos gritan de miedo, como los discípulos aquel día en el mar de Galilea, pues el peligro es real.

Además, siendo más urgente que nunca luchar juntos, algunos prefieren hundir la barca, ahogándose a sí mismos en su afán de quitar el oxígeno a los demás. Por supuesto, me refiero a quienes protagonizan bloqueos para salvar su sigla, bajo pretexto de no postergar la fecha de las elecciones. Los perjuicios que ocasionan y la violencia que emplean son señales claras que no les interesa la democracia, tampoco la vida, sino simplemente amenazar y atemorizar al país.

Al otro lado del orbe, otra nación, Líbano, ha sufrido una catástrofe mayor. La explosión en Beirut en un instante ha dejado más de 150 muertos, 5000 heridos, 300,000 sin hogar, devastación y destrucción por doquier. Se ha revelado que las 2,700 toneladas de nitrato de amonio decomisadas hace 6 años en su puerta marítima fue una bomba de tiempo, cuyo potencial destructor había sido denunciado reiteradamente sin que las autoridades tomaran las acciones correspondientes para evitar el desastre; esto porque es un país donde la corrupción y división ahogan a todas las instituciones del Estado. Me hace preguntar, si Bolivia tuviera su anhelada salida al mar con puerto marítimo y pudiera seguir explotando los depósitos de nitrato en la costa, ¿no sería otra bomba de tiempo?

Aquel día en Galilea, los discípulos estaban cruzando el mar sin Jesús, porque Él quiso despedirse de la multitud y dedicarse a la oración personal. ¿Por qué haría eso? Si estudiamos un poco, observamos que después de momentos impactantes y antes de tomar decisiones importantes, siempre buscaba la soledad y la oración. Por ejemplo, antes de nombrar los doce apóstoles, y después del asesinato de Juan el Bautista. Ahora quiso encontrarse con su Padre celestial después de haber alimentado a esa multitud que caracterizó como ovejas sin pastor. Jesús fue el Hijo único de Dios, pero no tomaba importantes decisiones apuradamente. Antes de iniciar su misión dedicó 40 días al discernimiento en el desierto. Él no se sintió exento de error ni inmune de los engaños de Satanás. Quería estar seguro de cumplir la voluntad de Dios Padre, y por esto se retiraba a la montaña.

Si nosotros nos encontramos en la barca gritando frente al peligro, y remando unos contra otros, ¿no será por distanciarnos de Dios? ¿No será por elegir nuestro rumbo sin consultarle al Señor? No basta poner la Biblia en el Palacio. Hay que abrirlo.

Por ejemplo, fue nada menos que en el Domingo pasado, Día del Señor, que anunciaron la clausura del año escolar, dejando desamparados a los alumnos y a quienes han estado luchando para seguir adelante. Deberían haberse dedicado este día a la oración y al encuentro con el Señor, en vez de apurar decisiones confusas y erradas. Lo mismo podemos decir de la Asamblea Legislativa, el COB, y muchas otras instituciones y partidos políticos. Sean lo que sean sus razonamientos y justificativos, es evidente que muy poco influye la Palabra de Dios y el Espíritu del Señor. Y si sus opciones se oponen a la voluntad de Dios, entonces obedecen a la lógica del Enemigo.

Conflictos siempre habrá. No es fácil discernir el camino que Dios nos propone, especialmente cuando hay mucha diversidad de intereses, culturas y realidades. En su tiempo, el Profeta Elías llevaba una lucha tremenda que lo enfrentaba con el Rey Ahab y la reina Jezebel. Ellos favorecían el culto ancestral cananeo de Baal y Astarte; Elías defendía la Alianza con el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Dios que liberó el pueblo de la esclavitud. Seguramente para muchos era algo inocente permitir el sincretismo y convivencia de ambos cultos, pero en realidad, uno de estos caminos conducía a la libertad y dignidad del pueblo y el otro a su corrupción, degradación y una nueva esclavitud.

Cuando llegó un momento crítico de esta lucha, Elías tuvo que huir por su vida. Entonces fue a la montaña donde se había realizado la Alianza para encontrarse con el Dios verdadero, para buscar su apoyo, para aclarar su camino. La situación era grave. Dice que Elías quería morirse. Pero buscó a Dios, y tuvo una experiencia que no esperaba. Dios vino, pero no en el huracán, no en el terremoto, no el fuego, ni ninguna otra forma de poder destructor como se imagina del Todopoderoso. Vino en la brisa suave y confortante. Elías se dio cuenta: “se cubrió el rostro con su manto, salió y se quedó de pie a la entrada de la gruta.” (Para saber qué pasó después, tenés que abrir tu Biblia a 1Reyes 19).

Jesús, aunque fue capaz de limpiar el Templo con un celo divino, nos invita a experimentar al Dios que llamaba Abbá, Padre, al decir: “Vengan a mi todos ustedes que están cansados y agobiados y aprendan de mí, que soy sencillo y humilde de corazón.” Es quizás la única vez que habla de su propia manera de ser, no para exaltar a sí mismo, sino para realmente calmar las tormentas que llevamos en el interior y que nos hacen actuar como huracanes, terremotos e incendios. Ahora, con sus discípulos atemorizados en el mar, les dice: “Tranquilícense, soy Yo; no teman.” Y al ver los caminos tontos que a veces tomamos nos dice: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?

Como dice el Salmo hoy: “Dios promete la paz, para su pueblo y amigos. Su salvación está muy cerca de sus fieles, El Amor y la Verdad se encontrarán, la Justicia y la Paz se abrazarán.” Pero primero tenemos que optar por nuestro Dios.