Análisis

Deber primordial del Papa

En los últimos días estamos asistiendo a una avalancha de posturas, informes, construcción de tesis etc. respecto de la renuncia de Su Santidad Benedicto XVI a la silla de Pedro, y del futuro Santo Padre.

Llama la atención, cómo, las poderosas cadenas televisivas se afanan por restar méritos a los miembros del Sacro Colegio Cardenalicio, en un linchamiento mediático, y no faltan claro, quienes critican la “terquedad” de los dos últimos papas en la defensa de sus doctrinas.

Pero quienes critican olvidan que el Santo Padre es un cristiano más, obligado como todos nosotros a admitir la doctrina bimilenaria de la Iglesia de Cristo, a defenderla y a observarla. No, no es un capricho de Benedicto XVI, ni de ningún Papa en particular, ni mucho menos una terquedad, es un gravísimo deber.

Hace unos años, al cardenal brasileño Aloisio Lorscheider, le preguntaron: El cardenal Ratzinger declaró que el Papa no es un monarca absoluto, sino que debe como todos los creyentes obediencia a la palabra transmitida y a la tradición, ¿está Usted de acuerdo?

Contestó Lorscheider:

totalmente de acuerdo. Y quisiera añadir como complemento, que el ejercicio de la autoridad o del ministerio pontificio no hay que leerlo nunca en clave del poder civil o estatal, o con categorías sociológicas, sino en clave de comunión y de garantía de salvación para la Iglesia y para toda la humanidad. Hay que considerar a la Iglesia como sacramento universal de salvación.

Pues bien, bajo esa luz, el Romano Pontífice ejerce su autoridad o su poder de servicio, que es servicio de comunión.

Pablo VI afirmaba en la encíclica Ecclesiam suam que el primado de jurisdicción sobre la Iglesia Universal no quiere ser supremacía de orgullo espiritual y dominación humana, sino primacía de servicio, de ministerio y de amor.

El Papa es el siervo de los siervos de Dios, su apostolado debe ser una síntesis de pastor y servidor, entendido en el sentido del Buen Pastor de Juan X, o de Lucas cap. XV.

Pobre Iglesia si el Papa vacilara en la interpretación de la doctrina o hiciera concesiones a la galería, poniendo en peligro la identidad de los dogmas y de la doctrina católica.

Con especial gracia del Espíritu Santo, es el Pontífice quien ha de defender la integridad de la doctrina contenida con claridad en la Biblia y en la Tradición de 20 centurias.

El Sacrosanto Concilio Vaticano II indicó con claridad:

Esta infalibilidad que el divino Redentor quiso que tuviese su Iglesia cuando define la doctrina de fe y costumbres, se extiende tanto cuanto abarca el depósito de la Revelación, que debe ser custodiado santamente y expresado con fidelidad. El Romano Pontífice, Cabeza del Colegio episcopal, goza de esta misma infalibilidad en razón de su oficio cuando, como supremo pastor y doctor de todos los fieles, que confirma en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22,32), proclama de una forma definitiva la doctrina de fe y costumbres. Por esto se afirma, con razón, que sus definiciones son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia, por haber sido proclamadas bajo la asistencia del Espíritu Santo, prometida a él en la persona de San Pedro (Lumen Gentium, 25).

No es terquedad, ni ceguera, ni abuso de poder. La defensa de la doctrina de la Iglesia es un deber primordial del Papa, deber al cual no puede traicionar, y no debe ceder, ni ante la crítica, ni ante el desprecio, ni ante la imposición del ambiente.

Una vez más cito a Bossuet: lo que debe servir de sostén a una Iglesia eterna no puede tener fin. Pedro vivirá en sus sucesores. Pedro hablará siempre en su cátedra.