Análisis

Cristina Llagostera: “¿Cómo podemos honrar de verdad a los difuntos?”

Todas las culturas disponen de una forma particular de entender la muerte y de honrar a sus difuntos. En noviembre, el Día de Todos los Santos, según la tradición católica, es el momento para realizar este ritual recordatorio de las personas queridas que han fallecido.

Pero, ¿qué significa honrar? En nuestra época los rituales corren el riesgo de quedarse desprovistos del significado real que los originó. Uno puede entonces repetir unos gestos, una costumbre, e ir en este caso al cementerio o al lugar donde se depositaron las cenizas sin conectar con lo que realmente le llevó allí. O, para quienes no se identifican con cierta religión, puede carecer de sentido seguir una tradición ajena a sus valores.
Cees Nooteboom, poeta y ensayista que ha recorrido todos los continentes visitando las tumbas de sus poetas y escritores más admirados, afirma: “cuando se trata de tumbas, todo es irracional. Llevamos flores a nadie, arrancamos los hierbajos para nadie y aquel por quien vamos no sabe que estamos allí. En algún rincón secreto de nuestro corazón albergamos la idea de que esa persona nos ve y se da cuenta de que seguimos pensando en ella. La persona ya no existe, pero las palabras y los pensamientos permanecen”.
Las raíces de la identidad
Y es que honrar significa precisamente que ese nadie, esa persona que ha abandonado esta existencia, se convierta en alguien: mostrándole respeto, consideración, ofreciéndole reconocimiento y un lugar en la familia y en la sociedad. Sea uno o no creyente, aquellos que le han precedido son las raíces sobre las que se ha edificado su identidad. Somos quienes somos en gran parte por las relaciones que han conformado nuestra vida, por las personas que han marcado de algún modo nuestra existencia.
La forma de vivirlo
Aunque la persona muere, la relación continúa; no podemos ver, tocar o hablar, pero en nuestro recuerdo podemos seguir reconociendo y sanando aspectos de esa relación
Algunos especialistas en duelo decimos que aunque la persona muere, la relación continúa. No podemos ver, tocar o hablar directamente con quien ha fallecido, pero en nuestro recuerdo podemos seguir reconociendo y sanando aspectos de esa relación.
Vivimos rodeados por recuerdos que nos acompañan. Integrar en nuestra vida a aquellas personas que nos precedieron o que ya no están, es una forma de trascendencia, pues así mantenemos viva su memoria.
Carlos Cristos, el médico mallorquín que protagonizó el documental “Las alas de la vida” sobre su proceso de enfermedad terminal decía: “A todos nos quitarán todo. No nos llevaremos nada. Sólo quedará de nosotros lo que dejemos hecho para los demás”.
Este artículo es, pues, una invitación a conectar y honrar, de la manera en que uno desee o necesite –acudiendo a lugares especiales, dejando un espacio para el recuerdo, ofreciendo una vela o una ofrenda…- el legado que las personas que nos han amado y hemos amado han dejado en nosotros.