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ARZOBISPO DE COCHABAMBA EMITE CARTA PASTORAL

Mons. Tito Solari, Arzobispo de Cochabamba, dió a conocer una nueva Carta Pastoral el pasado sábado 1 de diciembre, en el marco de las Jornadas de programación y Evaluación que la Arquidiócesis de Cochabamaba llevó adelante.

La Carta pastoral de Mons. Tito hace referencia al Año de la Fe y a la actitud del Conocernos, actitud que la Arquidiócesis de Cochababa vivirá este año 2013.

Carta Pastoral 2.013

Queridos hermanos y hermanas:

Para mí es siempre una alegría pensar en ustedes y comunicarme con ustedes. Diré más, es siempre una alegría vivir compartiendo con ustedes, orar por ustedes y servirles en lo que el Señor me permite y el corazón me dicta dentro.

Pues bien, ¡ahora, al terminar el 2.012 y al vislumbrar el nuevo año, es el tiempo de las evaluaciones y de la programación. Un alto en el camino nos permite ubicarnos. ¡Y es necesario!

¿A qué punto estamos de nuestro proceso pastoral? ¿Y hacia dónde va el barco de nuestra Iglesia? ¿Cuál es la meta inmediata para el año 2.013?

Antes de contestarles, me urge decirles una cosa serísima: No basta que tomemos en las manos nuestro Plan Pastoral y volvamos a recordar los programas que ahí se señalan. Es necesario que nos miremos en los ojos, que percibamos el espíritu que nos anima y que volvamos al “primer amor” (Ap 2,4).

Esta carta pretende por lo tanto convocarnos para que nuestras almas o nuestros corazones compartan el mismo amor de Dios y el mismo proyecto de servir eficazmente al bien de nuestra sociedad.  

Una breve meditación del Evangelio de Lucas sobre los dos Discípulos de Emaús, nos ayudará a alcanzar este objetivo.

Los dos discípulos de Emaús

“El primer día de la semana, dos de los discípulos se dirigían a un pueblo llamado Emaús, a unos once kilómetros de Jerusalén.

Iban hablando de todo lo que había pasado”.

Como los dos discípulos también nosotros estamos muchas veces envueltos, atrapados o sumergidos en las cosas que nos pasan y nos dejamos agobiar por ellas.

“Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y comenzó a caminar con ellos. Pero aunque lo veían, algo les impedía darse cuenta de quién era”.

¡Impresionante! Los dos discípulos no se dan cuenta que Jesús mismo se acercó a ellos. Nosotros quisiéramos avisarles, “gritarles” que es Jesús el que los alcanzó.  

Esta es nuestra condición. Cuántas veces vivimos como ciegos, sin ver al Señor que está a nuestro lado, que camina con nosotros. Hasta, a veces, nos da señas para que lo reconozcamos. Pero nada! No nos damos cuenta! Vivimos sin fe! Nuestros ojos no son capaces de reconocer la presencia del Señor en nuestra vida y en los acontecimientos que nos rodean.

“Jesús les preguntó: ¿De qué van hablando ustedes por el camino?

Se detuvieron tristes y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, contestó:

¿Eres tú el único que ha estado alojado en Jerusalén y que no sabe lo que ha pasado allí en estos días?

Él les preguntó: ¿Qué ha pasado?

Le dijeron: Lo de Jesús de Nazaret, que era un profeta poderoso en hechos y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo; y cómo los jefes de los sacerdotes y nuestras autoridades lo entregaron para que lo condenaran a muerte y lo crucificaran.

Cómo es fácil que nosotros, aunque tengamos una idea clara de que Jesús es “poderoso”, sin embargo nos dejamos impresionar por palabras o imágenes de una cultura que no respeta la religión o ataca a la Iglesia. Y nos alejamos de nuestra Jerusalén, la Iglesia! San Pablo nos diría que somos cobardes!

Aunque algunas de las mujeres que están con nosotros nos han asustado, pues fueron al sepulcro de madrugada, y como no encontraron el cuerpo, volvieron a casa. Y cuentan que unos ángeles se les han aparecido y les han dicho que Jesús vive.

Algunos de nuestros compañeros fueron después al sepulcro y lo encontraron tal como las mujeres habían dicho, pero a Jesús no lo vieron.

Decía que a veces o muchas veces Jesús nos da señas de su presencia en medio de nosotros, pero nuestros ojos están acostumbrados demasiado a reconocer sólo las cosas de este mundo y no perciben los elementos de lo alto. Tenemos poca fe! Demasiado poca!

Entonces Jesús les dijo: ¡Qué faltos de comprensión son ustedes y qué lentos para creer todo lo que dijeron los profetas!

¿Acaso no tenía que sufrir el Mesías estas cosas antes de ser glorificado?

Luego se puso a explicarles todos los pasajes de las Escrituras que hablaban de él, comenzando por los libros de Moisés y siguiendo por todos los libros de los profetas”.

Jesús para cultivar la fe de los dos Discípulos recorre a la Sagrada Escritura.

¿Podemos dudar de la validez de este método? Nos toca de veras comprender que para cultivar nuestra fe es necesario que nos familiaricemos con las Escrituras, que leamos constantemente el Evangelio, para que su luz vaya iluminando nuestros criterios humanos y formando nuestra óptica para ver las cosas de la manera cristiana.

Al llegar al pueblo adonde se dirigían, Jesús hizo como que iba a seguir adelante. Pero ellos lo obligaron a quedarse, diciendo: Quédate con nosotros, porque ya es tarde. Se está haciendo de noche.

La explicación de las Escrituras les había ya ablandado el corazón y le pidieron a Jesús a que se quedara con ellos.

Quédate con nosotros! Tendríamos que hacer nuestra esta lindísima invocación… para repetirla constantemente. Quédate con nosotros, Señor! Pero no olvidemos la condición: A los dos Discípulos de Emaús les nació dentro esta invocación luego de haber escuchado las Escrituras. Si no nos familiarizamos con la Palabra de Dios, no tendremos el deseo de estar con Jesús.

Jesús entró pues para quedarse con ellos. Cuando ya estaban sentados a la mesa, tomó en sus manos el pan, y habiendo dado gracias a Dios, lo partió y se lo dio.

En ese momento se les abrieron los ojos y reconocieron a Jesús; pero él desapareció.

Reflexionemos sobre este pasaje. Es clave!

Jesús, después de su resurrección, deja de estar con nosotros en la figura humana y está con nosotros en los sacramentos (el agua, el pan, el crisma…) y en muchas otras maneras, como en la comunidad (convocada en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; “donde dos o tres están reunidos en mi nombre…”), en los niños, en los pobres, en el preso, en el enfermo, en el hambriento o sediento, en la naturaleza (en el hermanos sol, en nuestra hermana la madre tierra, etc.).

“Cuando ya estaban sentados en la mesa”, la figura humana de Jesús desaparece y la reemplaza el sacramento del pan. Jesús, habiendo dado gracias a Dios, partió el pan y se lo dio… En ese momento reconocieron a Jesús. Preguntémonos: ¿Reconocieron a Jesús también en el pan?

Y se dijeron el uno al otro: ¿No es verdad que el corazón nos ardía en el pecho cuando nos venía hablando por el camino y nos explicaba las Escrituras?

Sin esperar más, se pusieron en camino y volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once apóstoles y a sus compañeros, que les dijeron: De veras ha resucitado el Señor, y se le ha aparecido a Simón.

Entonces ellos dos les contaron lo que les había pasado en el camino y cómo reconocieron a Jesús cuando partió el pan.

Sin esperar más, con el corazón que les ardía en el pecho, volvieron a Jerusalén para contar lo que les había pasado en el camino y cómo lo reconocieron a Jesús cuando partió el pan.

Es el ardor del corazón que les empuja a volver inmediatamente a contar lo que habían compartido con Jesús y cómo lo reconocieron.

Las enseñanzas que aprendemos de la experiencia de los dos Discípulos de Emaús.

Sin dejar a un lado – en este año de la fe – la rica enseñanza que nos viene del diálogo de Jesús con la Samaritana, hemos elegido este texto de Lucas, a fin de que nos haga arder el corazón para retomar nuestro proceso pastoral.

En efecto el proceso pastoral es el camino que hace la Iglesia en medio del mundo, sumergida por tantas preocupaciones y a veces con poca claridad evangélica.

*Somos como los dos discípulos de Emaús. Vamos desanimados y sin esperanza. Porque

  • Estamos apegados a nuestros proyectos humanos, alimentamos nuestro espíritu con “el pan de este mundo”, que no basta para darnos vida en plenitud.
  • No entendemos el proyecto de Dios. ¿Acaso no tenía que sufrir el Mesías estas cosas antes de ser glorificado? (Lc 24,26) También nosotros no conocemos las Escrituras o no les damos credibilidad. Las realidades religiosas ya no tienen importancia en nuestra vida. A tal punto que ya no caben en nuestra cabeza las verdades del Evangelio, tal como el sentido del sufrimiento, de la ascesis, del perdón, de la solidaridad… y menos la importancia de la oración, de la Eucaristía, de la Confesión, de la vida interior.
  • No nos damos cuenta que Jesús está a nuestro lado. Y por lo tanto no tenemos el ardor que nos empuje a ser apóstoles. De veras tenemos poca fe o la fe ya no ilumina nuestro corazón. Es como si la fe no fuera una relación vital para nosotros.

En esta situación, que en un cierto sentido es normal para los que andamos por este mundo, es necesario que volvamos a escuchar las Escrituras! Y no basta!

Es necesario que reconozcamos al Señor al partir el pan! La vivencia del encuentro con Jesús en el grupo de oración, en el equipo de biblia, en el cenáculo de fraternidad, en la Confesión, en la Eucaristía y en la Solidaridad, hará arder nuestro corazón.

Sólo una auténtica conversión, que nos abra los ojos para reconocer al Señor, nos dará un corazón nuevo y un espíritu nuevo.

Esta experiencia de fe nos permitirá volver a alimentar nuestros agentes pastorales con la espiritualidad de la comunión y a revitalizar todos nuestros equipos de animación.

Todo lo que es iglesia es comunión y participación. Por lo tanto si no entramos en este espíritu, no entramos en la Iglesia.

Lo que es mío y lo que es tuyo no es Iglesia. Dejémonos convertir a lo “nuestro”, a Cristo, cabeza del Cuerpo de la Iglesia.

*Queremos imitar a los dos discípulos de Emaús. Sin esperar más, se pusieron en camino hacia Jerusalén. El ardor del corazón les empujó a volver a Jerusalén para contar lo que les había pasado por el camino y cómo lo reconocieron al partir el pan.

Es necesario que salgamos de nuestra rutina para revitalizar nuestra identidad de Iglesia misionera. Es necesario que emprendamos el camino que nos conduce a dar testimonio de nuestra experiencia de fe a cuantos la comparten y a cuantos la perdieron o la dejaron apagar.

Aparecida nos orienta a dejar las estructuras caducas y a enfrentar los nuevos desafíos con la creatividad del Evangelio.

Hemos emprendido el camino de fortalecer los consejos económicos y pastorales o de instituirlos ahí done todavía no funcionen. Cada parroquia debe tener un equipo de animación, así como la vicaría.

Estos instrumentos permiten que nuestra Iglesia crezca en su naturaleza de comunión y participación, hacen que los párrocos construyan una comunidad donde los laicos sean corresponsables de la misión y así se pueda de veras realizar la misión de evangelizar las realidades temporales y construir el Reino.

También, continuando con el programa de nuestro Plan Pastoral, hemos emprendido el estudio del entorno y del contorno de nuestras parroquias. El conocimiento de nuestra realidad social y eclesial enriquecerá la construcción de nuestro plan pastoral parroquial y vicarial, hará que la riqueza y la fuerza del Evangelio puedan encarnarse mejor en el mundo de hoy.

El camino recorrido

Todos los Obispos de Bolivia, en nuestra plaza “14 de septiembre” en el mes de febrero de 2.010, hemos dado inicio a la Misión Permanente. Nosotros participamos de la Misión Permanente realizando el Plan Pastoral que hemos ido construyendo desde el 2.008 en cada Vicaría.

Las vicarías han sido y son nuestro espacio de participación, de comunión y de animación.

El camino de realización de nuestro Plan Pastoral nos ha conducido, en el clima de la espiritualidad de comunión, a vivir durante el año 2.011 la actitud de acercarnos al hermano.

En el año que estamos concluyendo, hemos cultivado la actitud de acoger al hermano.

Ahora nos preparamos para que el próximo año valoremos la importancia de “conocer al hermano”.

Conocer al hermano

Hoy el mundo se ha vuelto el mundo de los conocimientos. Hoy el País que tiene más conocimientos tiene más poder. La persona que tiene más conocimientos es la que se ubica mejor en la situación y es mayormente respetada y valorada.

Los jóvenes son los primeros que anhelan conocerse y conocer. De hecho son los que con mayor interés y facilidad entra en el mundo de las tecnologías digitales.

En este afán de estar al día y de conocer tantas novedades, como embaucados, nos olvidamos o perdemos la capacidad de dedicarnos y de conocer a las personas.

¡Cómo es importante en cambio que los adolescentes vayan conociendo a sus papás, a sus familiares, a los vecinos, a los compañeros de colegio! ¡Cómo es importante que en nuestras relaciones prime el conocimiento de la persona que está al frente de nosotros! ¡Cuántas peleas podríamos evitar conociendo y por ende apreciando a los que nos rodean!

Pero sobre todo cómo se enriquecería nuestra vida, si llegáramos a conocernos y por ende amarnos como Jesús nos ha amado!

Observemos por lo tanto que no se trata de un conocimiento superficial, sino de un conocimiento que involucre, además de la cabeza, también el corazón y la fe.

El conocimiento de una persona hace que uno introduzca en sí mismo la verdad del otro y hasta el bien del otro. Y ¿acaso hay algo más precioso en el mundo? Dedicarnos a conocer a una persona es el estudio más provechoso que se pueda realizar.

Los misterios de Dios están reflejados en las criaturas de Dios, en los hijos de Dios. Así que vale la pena ocuparnos en contemplar a los demás con inteligencia, corazón y fe.

Los discípulos de Emaús reconocieron a Jesús y el año de la fe.

La fe es también un conocimiento. La fe nos hace conocer y acoger las realidades de “allá arriba”.

Jesús en persona se acercó a los dos discípulos y no se hizo conocer por ellos. No era importante que ellos lo reconocieran con los ojos de la carne en la figura humana. Jesús les introdujo primeramente en el conocimiento de las Escrituras, para que comprendieran mejor su identidad “misteriosa”. Luego les concedió la luz de la fe para que lo conocieran en la “fracción del pan”.

La fe es un conocimiento misterioso que nos permite acoger las realidades de Dios.

El Santo Padre, Benedicto XVI, el 11 de octubre pasado nos ha introducido en el año de la fe. Él nos propone que los cristianos volvamos a acoger el don de la fe que hemos recibido en el Bautismo y volvamos a profundizar en el conocimiento de los misterios de Dios.

Nos sugiere concretamente tomar en nuestras manos el Catecismo Universal de la Iglesia Católica y los Documentos del Concilio Vaticano II. Nos desafía a estudiar las verdades de la fe y los principios morales. Nos invita a sacar del arca del Concilio los tesoros de las orientaciones de los Padres Conciliares, las que deben iluminar el camino de la Iglesia en estos tiempos.

El Concilio ha sido un evento histórico, que ha prevenido los cambios epocales que vivimos y nos ha dado los instrumentos para orientarlos. Por lo tanto sus documentos son de una asombrosa actualidad.

La formación, el desafío fundamental en tiempos de crisis.

Cuando hicimos nuestro Plan Pastoral, en todas las Vicarías se han recogido las necesidades más sentidas. Y ha ocupado el primer lugar el clamor unánime de cultivar la formación.

Se está dando énfasis a la formación en varias comisiones, pero parece haya llegado la hora de dar un impulso nuevo a este servicio y sobre todo de darle un enfoque diferente.

Quisiéramos que en cada parroquia y en cada vicaría pudiésemos contar con unos agentes pastorales a los que les arda el corazón porque han visto al Señor.

Esto exige que la formación que reciban estas personas tenga un enfoque no puramente intelectual o teológico, sino también místico o mistagógico.

Tendremos que rezar mucho para que el Señor nos conceda esta gracia. Será necesario trabajar, compartir, reflexionar mucho para que esto madure y abra un camino verdaderamente enriquecedor en nuestra Iglesia. La Virgen de Urcupiña sea nuestra Maestra.

Con sincero aprecio y mucho afecto les bendigo

 

Mons. Tito Solari C.