Santa Cruz

Alegría por el Año de la Gracia del Señor – Homilía de Mons. Robert Flock

Tercer Domingo de Adviento – 13 de diciembre de 2020

Queridos hermanos.

Hoy celebramos el Tercer Domingo de Adviento, el Domingo de la Alegría. Nuestra alegría no es porque todo esté bien en el mundo, en nuestro país o en nuestras vidas personales. Todos enfrentamos problemas y desafíos. El mundo entero está con la pandemia, y muchas familias están de luto porque la Navidad este año será sin los seres queridos que no pudieron contra el virus, o quizás alguna otra enfermedad o accidente. Problemas y tristezas abundan, incluso aquellos que son fruto de nuestras propias debilidades y en algunos casos pecados y errores graves, o por la maldad de otros.

San Pablo escribió a los Tesalonicenses: “Estén siempre alegres. Oren sin cesar. Den gracias a Dios en toda ocasión.” Si leemos sus cartas, aunque enfrentaba desafíos increíbles y grandes problemas en las comunidades, todas ellas empiezan con acciones de gracias a Dios. Pablo, en primer lugar, recordaba las cosas positivas de las personas y comunidades a que escribía.

Pero la alegría que celebramos hoy, no es simplemente un caso de contar nuestras bendiciones, o estar feliz por cosas pasajeras, como cuando uno se alegra si su equipo de futbol gane un partido o mejor aún, sale campeón, o quizás gane su partido político en las elecciones. Nuestra alegría es más profunda que aquella que nace por enamorarse, o porque le reconocen una trayectoria de servicio y bondad.

Nos alegramos porque participamos de la victoria de Dios que se acerca. Nos alegramos porque nuestro Dios no es indiferente frente a nuestras vidas, problemas y consuelos. Es un Dios metiche, pero sin interferir, sin quitar nuestra libertad —más bien lo asegura— cuya victoria sobre la muerte y sobre el mal está asegurada.

En estos días celebramos su venida como un niño que está por nacer: pequeño, dependiente, vulnerable, pero acogido con alegría y gozo por su madre María y su padrastro José, elegidos por Dios para una misión singular. Por inconveniente e inaudito que sea este embarazo, no habrá un divorcio, mucho menos un aborto. María y José son pobres, pero, harán todo lo que pueden por este niño. Herodes no saldrá con lo suyo, porque Dios tiene un plan de salvación y su plan se cumplirá.

El profeta Isaías, muchos siglos antes de que Jesús naciera, intimaba esta realidad: “Yo desbordo de alegría en el Señor, mi alma se regocija en mi Dios.” Sus palabras encontrarán un eco en el cántico de la Santísima Virgen María. “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador”. Ella, ya entona en la tierra el Cantico Nuevo de los victoriosos del cielo. Nosotros, aunque no seamos “sin pecado concebida”, también participamos de este gozo.

El profeta también anticipó lo que luego anima a Jesús: “El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Él me envió a llevar la buena noticia a los pobres, a vendar los corazones heridos, a proclamar la liberación a los cautivos y la libertad a los prisioneros, a proclamar un año de gracia del Señor.”

Pues, aunque el pueblo de Dios había nacido por la liberación de los pobres y oprimidos, prisioneros en Egipto del faraón, por el pecado persistente volvía una y otra vez formas de esclavitud. Por eso, se instituyó “el Año de la Gracia del Señor”. Cada 50 años, tenían que perdonar deudas económicas, devolver terrenos ancestrales y liberar esclavos entre los Israelitas. Cuando Jesús inició su ministerio en la sinagoga de Nazaret, buscó este texto de Isaías, lo leyó, y dijo: “Hoy se cumple lo que acaban de oír”. Porque su venida, como Mesías, hacía realidad la profecía de Isaías y todas las promesas de Dios.

Actualmente, en este año de Pandemia, el Papa Francisco nos sorprendió al publicar su carta Encíclica, Fratelli Tutti, Hermanos Todos, sobre la fraternidad y la amistad social. Si bien el coronavirus ha traído llanto y dolor al mundo entero, y ha revelado las fragilidades en los sistemas de salud en las naciones; al mismo tiempo, es una oportunidad y llamada de Dios para buscar la solución de raíz: la globalización de la solidaridad y de la fraternidad.

Ahora el Papa nos sorprende otra vez, al proclamar un nuevo jubileo, un “año de la gracia del Señor”, que empezó el 8 de diciembre en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, y concluirá en la misma fecha del 2021. Es un año dedicado a “San José”, quien cuidó a Jesús. El Papa escribe: “Todos pueden encontrar en san José —el hombre que pasa desapercibido, el hombre de la presencia diaria, discreta y oculta— un intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad. San José nos recuerda que todos los que están aparentemente ocultos o en “segunda línea” tienen un protagonismo sin igual en la historia de la salvación. A todos ellos va dirigida una palabra de reconocimiento y de gratitud.”

En su Carta Apostólica Patris Corde, “con corazón de Padre”, Francisco lo presenta primero como un Padre Amado: “Por su papel en la historia de la salvación, san José es un padre que siempre ha sido amado por el pueblo cristiano.” Lo llama también:

  • Padre en la ternura” porque “Jesús vio la ternura de Dios en José”.
  • Padre en la obediencia”; “hizo lo que el ángel del Señor le había mandado”.
  • Padre en la acogida”; pues “acogió a María sin poner condiciones previas”.
  • Padre de la valentía creativa”; que supo responder a grandes desafíos.
  • Padre trabajador”; “era un carpintero que trabajaba honestamente.”
  • Padre en la sombra”; porque “se hizo padre”, al “poner a María y a Jesús en el centro de su vida.”