21 domingo del tiempo Ordinario, año B. Homilía para el domingo 25 de agosto
Hoy concluimos la proclamación del capítulo 6 del Evangelio de Juan que nos habló del Pan de Vida. El lenguaje y algunas imágenes han sido complejos y de una teología elevada. Por esta razón, el evangelista Juan es representado como un águila.
Para reflexionar sobre el Evangelio de este domingo, me gustaría utilizar la imagen de la montaña y de los escaladores y caminantes.
Imaginemos que nos preparamos a subir la montaña. No basta con el deseo o la intención de escalar. No hay ascensores, y no es suficiente decir “quiero subir la montaña”.
Tendremos que realizar esfuerzos físicos y mentales para comenzar la escalada y disfrutar de la emoción al llegar a la cima, de la sensación de tocar el cielo con las manos y admirar el maravilloso panorama.
Pues bien, esa montaña es la Palabra del Señor. Hoy los discípulos dicen: «¡Esta palabra es dura! ¿Quién puede escucharla?». Y Jesús confirma que para vivir sus enseñanzas se necesita coherencia y sacrificio, e incluso que no es para todos.
Es más, como si eso no fuera suficiente, Jesús añade: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si no le es concedido por el Padre».
Esto ocasiona que algunos discípulos dejen de seguir a Jesús. Para usar el paralelismo: muchos ven que la montaña es alta, se desaniman y se van.
Es sorprendente que el Señor acepte ser abandonado y rechazado, y cuando Jesús ve que la gente lo abandona, pregunta a sus discípulos: «¿Queréis iros también vosotros?».
Jesús nos quiere “discípulos libres” y nos deja libres para seguir viviendo según la carne, o vivir en el espíritu. Es nuestra decisión si queremos vivir en un horizonte terrenal o si queremos abrirnos a la novedad y a la eternidad.
¿A quién más pediríamos la vida? ¿A la carne, o al Señor que nos ha abierto otra posibilidad: pasar de la limitación a la grandeza, de la incompletitud a la integración con el Espíritu? Porque no somos solo carne, sino apertura al poder de Dios.
La respuesta de Pedro no es triunfal; él dice: “¿A quién iremos, si no a ti? Solo tú tienes palabras de vida eterna”. Pedro no dice “¿a dónde iríamos?”, sino “¿a quién?” y, así, comprendemos que la fidelidad a Dios es cuestión de fidelidad a la persona de Jesús, con la cual uno se compromete a caminar juntos por el mismo camino.
Si nuestra vida de fe es como escalar una montaña, recordemos que tendremos que tomar decisiones complicadas y mantenernos unidos y fieles al Señor.
***
Esto también significa comprender bien sus enseñanzas.
Así, hemos escuchado en la segunda lectura de la carta de Pablo algunas frases incómodas cuando afirma que la esposa debe someterse a su esposo.
Me gustaría explicar que este pasaje, como todas las cartas de Pablo, responden a un contexto histórico y cultural de la sociedad de aquella época. Lamentablemente, en esa época la mujer era considerada casi una propiedad del hombre. Algo que hoy es totalmente inaceptable. Estas frases no se deben interpretar como inferioridad, sino como respeto y colaboración entre ambos.
Al hombre se pide que ame a su esposa como a sí mismo, en concreto: “como Cristo amó a la Iglesia”, lo que significa ser capaz de sacrificar todo por ella.
San Pablo introduce el concepto del amor dentro de la pareja, y por eso se dice que los dos se convertirán en una sola carne.
La novedad es que, en un contexto cultural donde el matrimonio era una relación desequilibrada, gracias a Cristo ahora se habla de una relación de amor en la familia.
***
Señor, ¿a dónde quieres que vayamos?
Hoy es el domingo de la elección: enfrentar la vida con Él o sin Él.
Pidamos al Señor el don de ser discípulos libres.


