Análisis

VIEJAS FÓRMULAS PARA ENFRENTAR CONFLICTOS

La reactivación de la marcha de las personas con discapacidad, la rearticulación del problema por el TIPNIS y las advertencias tarijeñas respecto a la validez del estudio sobre el campo Margarita parecen mostrar una debilidad estructural en las estrategias del Gobierno para administrar y resolver los conflictos sociales.

En los tres casos anotados, los resultados de las negociaciones que emprendieron por su lado los ministros Romero y Quintana muestran una tendencia clásica heredada de la vieja forma de hacer política y que consiste en enfrentar las manifestaciones del conflicto y no sus causas, lo que a la larga sólo consigue desarticular los movimientos y ganar tiempo para poder implementar nuevas maniobras que, por cansancio de las partes, logren el objetivo de mantener la situación sin mayores cambios.

Los acuerdos poco claros, el juego semántico en los documentos que se firman y las promesas que se saben inalcanzables son los instrumentos favoritos que se emplean para detener las marchas y los bloqueos. Y si a esto le sumamos la descalificación de los dirigentes, la división de las organizaciones y la implementación de temas distractivos en la agenda pública, tendremos el manual que emplea el régimen para controlar las crisis sin afectar el fondo de los problemas, lo que permite que los conflictos crezcan o busquen otras vías para emerger, cada vez con más fuerza.

El discurso de “gobernar obedeciendo al pueblo”, las estrategias envolventes y los acuerdos solemnes en el hall del Palacio de Gobierno estarán siempre sujetos a nuevas interpretaciones que pretenderán retornar a “fojas cero” las conclusiones de largas horas de debate y consenso.

La confusión del Gobierno en este caso proviene del hecho de que las recetas aplicadas tienen alta efectividad en los conflictos políticos y resultaron oportunas para eliminar a la oposición que jugaba bajo las mismas reglas, sin embargo no pueden extrapolarse hacia los sectores sociales sencillamente porque ambos persiguen objetivos diferentes y a veces opuestos.

En la medida en que el Gobierno siga empecinado en atacar a las personas y no a los problemas, y a desarticular las movilizaciones y no las demandas, el grado de conflictividad en el país mantendrá su tendencia creciente y puede llegar el momento en que los conflictos sean tan numerosos como incontrolables.

Pareciera que la experiencia de la malhadada era neoliberal no fue suficiente para enseñar lo que no se debe hacer en un tema tan delicado.