Homilía para el domingo 23 de junio 2024 – 12º domingo del Tiempo Ordinario – Año B.
Pensemos por un momento en la oscuridad.
Hoy es cada vez más difícil experimentar la oscuridad de la noche porque siempre hay una luz encendida en la casa o en la calle. Sin embargo, si pensamos en la época de Jesús, seguramente cuando llegaba la noche, solo los astros y la luna podían iluminar un poco la noche y la **oscuridad** era total cuando no había luna o estrellas.
En este Evangelio el atardecer o anochecer se refiere a la tiniebla y a la oscuridad, al enigma y a la falta de referencias.
De hecho, es curioso que al llegar la noche, Jesús diga a sus discípulos: «vamos a la otra orilla«. Sabemos que algunos de los apóstoles eran pescadores y sabían bien que navegar durante la noche era peligroso debido a las tormentas.
Pero este pasaje del Evangelio nos enseña sobre la vivencia de la fe. Hoy, Jesús nos preguntará: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Gracias al Evangelio de hoy descubriremos que Jesús es más fuerte que las tormentas y que la oscuridad trágica.
La frase «pasar a la otra orilla» nos recuerda al Pueblo Elegido del Antiguo Testamento, que escapa de la esclavitud de Egipto, atravesando el Mar Rojo para llegar a la otra orilla. Además, recordemos que en ese pasaje del Antiguo Testamento, los egipcios no logran pasar a la otra orilla porque el mar se cierra sobre ellos.
Esa dramática aventura de cruzar el Mar Rojo es la imagen paradigmática de la aventura de la fe. Es decir: ir más allá, buscar la libertad, salir de la opresión y de la esclavitud.
Podemos dar ese paso gracias a la fe y en la vida tenemos que ser capaces de «pasar a la otra orilla» todas las veces que sea necesario, porque en la vida siempre habrá tormentas y momentos de oscuridad, y a pesar de esas pruebas, debemos movernos hacia el lado de Dios.
Por eso, Jesús también nos enseña que nuestra «casa» debe estar construida sobre la roca firme porque vendrán tormentas y vientos fuertes, y si nuestra casa tiene buenos cimientos, no caerá.
El Evangelio nos presenta a los discípulos desesperados, con miedo, y que intentan hacerse cargo de la situación con sus fuerzas, pero la barca se hunde. Aquí hay otra enseñanza: nuestras fuerzas, nuestro entusiasmo, no bastan, pues para vencer la noche y las tormentas necesitamos a Jesús.
Hay personas que me preguntan por qué Dios está ausente, y mi respuesta es que él no está ausente, sino que está silencioso, o tal vez él está durmiendo como Jesús en la barca.
No caigamos en la desesperanza, con nuestra oración, con nuestra fe podemos despertarlo y decir como los discípulos: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?»
Volvamos la mirada a Jesús y pongámonos en sus manos, que sea Jesús quien tome el timón de nuestra barca, así él reprenderá el viento y a la tormenta y dirá al mar: “¡Enmudece!”, que es la misma palabra que se usa en la oración de los exorcismos. Esto vale para nuestra vida personal, para nuestra comunidad y para la Iglesia Universal que también es una barca en medio del mar del mundo.
Por eso decimos que este pasaje del Evangelio es el paradigma de nuestra fe. No perdamos la confianza en él, volvamos a orar y a entregarnos en sus manos.
El grito y la súplica desesperada de los discípulos, también es nuestra súplica de hombres y mujeres confundidos y torpes, hasta que descubramos que tenemos que ponernos en las manos del Señor.
Por ARIEL BERAMENDI www.arielberamendi.com


