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Reflexión dominical: ¿No te importa que perezcamos?

 “Maestro, ¿no te importa que perezcamos?”

¡Cuántas personas dirán hoy en el mundo esta expresión, dirigiéndose a Dios! Así, con esa insolencia y tal atrevimiento, se expresan los discípulos ante Jesús, cuando la barca en que iban con Jesús a la otra orilla del mar de Galilea parecía ir a la deriva por causa de una tempestad en el mar (Mc 4,35-41). Pero bastante más crudamente se había dirigido a Dios el protagonista del diálogo descarado con Dios, que, rayando en la blasfemia, había tenido Job en el drama, cuyo final narra hoy la primera lectura dominical (Job 38,1.8-11).

El drama de Job

En el libro bíblico que lleva su nombre, Job, caído en desgracia, desprovisto de todos sus bienes, habiendo perdido a sus hijos, y desahuciado por sus múltiples llagas, empieza a hablar ante sus amigos Elifaz, Bildad, y Sofar. El libro de Job, del cual hoy sólo se leen unos versículos del final, es un drama literario genial y fascinante, donde la pasión del protagonista se revela en su palabra atrevida y desafiante, rebelde y desesperada, interpelante y misteriosa. Job es, sobre todo, la figura del sufrimiento del inocente y el paradigma de la humanidad doliente y rebelde que se interroga sobre su destino y se lo echa en cara a Dios, particularmente si la mentalidad imperante es la de la justicia retributiva.

La audacia de Job

En Job se aborda el problema del mal y su relación con Dios hasta poner en cuestión la teoría tradicional de la justicia retributiva, según la cual Dios premia a los buenos y castiga a los malos.  Job no es el prototipo de la paciencia y de la resignación, sino el hombre audaz que afronta la miseria de su increíble situación, desafiando el enigma del sufrimiento más terrible y enfrentándose incluso a Dios. En Job se aborda el problema del mal y su relación con Dios hasta poner en cuestión la teoría tradicional de la justicia retributiva, según la cual Dios premia a los buenos y castiga a los malos.

La inocencia de Job

En realidad, Job era inocente. Como inocente es también la mayor parte de personas que hoy en el mundo, en virtud de su estado de salud, podría maldecir el día en que vieron la luz. Porque Job es el enfermo en situación crítica, o el que está en coma irreversible, o con parálisis cerebral, el enfermo de cáncer, el de sida o de cualquier mal todavía incontrolable por la medicina. Pero aún más inocentes son, si cabe, las víctimas de los males sociales que abruman a la humanidad, porque dichos males no pueden justificarse por causas naturales.

Job en el tiempo presente

Y si bien resulta inexplicable el dolor de los inocentes por el sufrimiento inherente a la naturaleza humana, resulta escandalosamente terrible el sufrimiento de los inocentes que tiene su origen en la misma acción o inhibición humana, pues por no ser ya inexplicable se convierte en un clamor alarmante. Job es también el pobre y el desheredado de la tierra. Job es el marginado, el inmigrante forzoso y el transeúnte. Job es el refugiado y el descartado. Job es el parado en este mundo en crisis económica. Pero, sobre todo, Job son los miles de niños que mueren cada día por causa de su pobreza inocente. Job es todo ser humano que sufre.

La respuesta divina a la insolencia de Job

En lenguaje taurino, se diría que el Dios soberano de toda la creación “entra al trapo” del envalentonado Job, y acepta el desafío de tanto atrevimiento. Dios habla desde la tormenta un lenguaje desconocido que pone a Job al desnudo. El Creador tiene a bien dirigirse, directamente y sin intermediarios, a la criatura. La respuesta divina e inesperada del Señor desborda y frustra las expectativas de todos, pues no castiga con su silencio a Job, como habrían esperado sus amigos, ni da una respuesta racional al dolor humano, como podría esperar Job o todos nosotros.

El mar sólo tiene un Señor Soberano

Todo el capítulo 38 del libro de Job es el discurso majestuoso de la soberanía divina con multitud de preguntas, sin posibilidad de respuesta, referidas a la naturaleza y al cosmos. Son preguntas misteriosas y no racionales, que abren al hombre a quedarse desnudo y fascinado, acallado y agraciado, con tantos prodigios de la naturaleza muy cercanos al ser humano. De todos los fenómenos naturales, el agua y tierra, las estrellas, el mar y las bestias salvajes, el fragmento de hoy se refiere al mar, con la pregunta soberana: “¿Quién cerró el mar con una puerta?”. Lo imponente del mar tan inmenso está sometido al señorío de Dios.

El señorío de Dios y de Jesús sobre el mar

Aunque Dios se ría un poco de Job, el Señor no lo acusa de culpabilidad, sólo intenta hacerle ver que el hombre, al no saber responder, no tiene derecho a juzgar a la divinidad. Al ser hombre, la finitud de su ser lleva consigo el sufrimiento, pero también le permite contemplar la grandeza del Señor. En la querella o pulso que Job le había planteado a Dios, el pobre hombre no ha resultado ni vencedor ni perdedor, pero ha descubierto a Dios y ha descubierto su condición de criatura ante el creador. Por ello Job responde humildemente con un silencio contemplativo y enmudecedor, como el que nosotros debemos mantener en la consagración eucarística. De la misma manera los discípulos en la barca se abren a la pregunta por la identidad del Señor Jesús, con la pregunta “¿Quién es éste que hasta el viento y las aguas le obedecen?”, cuestión que solo se revela en el evangelio de Marcos al final del mismo y al pie de la cruz (Mc 15,39).

La tempestad calmada por Jesús

Sobre este trasfondo fabuloso, el milagro evangélico de la tempestad calmada, con las referencias permanentes a Jonás, otro atrevido del Antiguo Testamento, también protagonista en el mar, narra una experiencia singular de los discípulos con Jesús en la travesía del mar de Galilea, cuando se dirigen a la otra orilla del mar. Se trata de un milagro de confrontación de Jesús con el mar, que suscita la gran y admirable pregunta por la identidad de Jesús, al mostrar su autoridad para enfrentarse a todo mal, por muy grande que éste sea.

El milagro es aliento para la comunidad misionera

El milagro refleja la situación de la comunidad misionera en su apertura al mundo pagano, el de los gentiles y alejados, el de los no creyentes y ateos, lo cual constituye también hoy el gran desafío para nuestra Iglesia. Ir a la otra orilla es embarcarnos en la misión evangelizadora de nuestro mundo, ante la cual pueden sobrevenir miedos, temores e inseguridades en los miembros de la Iglesia. Sin embargo, la certeza de que Jesús va con nosotros en la misma barca debe darnos confianza en él y en que su presencia en el camino de la vida es garantía de que su obra, como señor y soberano, seguirá dándonos ánimo y esperanza a los que creemos en Él.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura.

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24 de Junio: El nacimiento de Juan Bautista

La misericordia y la alegría en el nacimiento de Juan

En el día de San Juan se celebra el nacimiento del más grande entre los nacidos de mujer, Juan el bautista, cuya identidad y misión están tan marcadas por la cercanía inminente de la manifestación pública del Mesías Jesús que la Iglesia conmemora de forma solemne. Y es que Juan sólo se entiende desde Cristo, desde su origen hasta su final.

El nombre de Juan proclama la misericordia de Dios

En el día de su nacimiento el relato bíblico del evangelio de Lucas (Lc 1,57-66) nos cuenta el sentido de su nombre. En el mundo bíblico poner nombre a una persona es darle la identidad objetiva desde el marco familiar, que proyecta sobre la persona tanto la experiencia de la fe vivida como la expectativa existente sobre él. Los padres de Juan, Zacarías e Isabel, ponen el nombre a Juan para expresar la profunda experiencia que ellos han tenido de Dios con el nacimiento de este hijo, pero, sobre todo, para mostrar la misión que éste va a tener de parte de Dios en orden a presentar al mundo al Mesías Jesús. Juan significa “Dios es misericordioso”. En efecto, Dios ha actuado con misericordia con Isabel, que era estéril y anciana, y de manera sorprendente le ha hecho concebir en su vejez. La experiencia de la intervención divina queda patente en el nombre por encima de la lógica habitual que habría sido llamarlo Zacarías, como su padre. Sin embargo, ambos progenitores coinciden en la vivencia de la gracia de Dios en ellos y en la manifestación de su misericordia, al decir que su nombre era “Juan”.

Paralelismo entre Juan y Jesús

Cuando Lucas presenta a Juan lo hace en estricto paralelo con Jesús, en su evangelio de la infancia. De ambos se cuenta el anuncio extraordinario de su nacimiento, acerca de los dos se alaba la misericordia de Dios con su pueblo en los cánticos del Benedictus y del Magnificat, proclamados por Zacarías y la Virgen María respectivamente; y finalmente de ambos se narra su nacimiento como acontecimientos reveladores de salvación de Dios, manifestada en el precursor y en el Salvador.

El calendario cristiano marcado con este paralelismo

Ese paralelismo entre los dos ha quedado patente también en el calendario cristiano, que sitúa el nacimiento de Jesús, el Señor, y el nacimiento de Juan, el bautista, en los dos solsticios de invierno y verano de las latitudes de la cuenca del Mediterráneo y plasma así, como un eje estructurante del año, la idea teológica de Jn 3,30, donde Juan afirma que Jesús, el Hijo de Dios, el Cordero que quita el pecado del mundo, tiene que crecer mientras que él tiene que menguar, ya que Juan no es la luz sino el testigo de la luz.

El misterio de la luz diurna creciente y menguante en el año

Por eso a partir de ahora, con el verano del hemisferio norte, los días empiezan a menguar, la luz va decreciendo paulatinamente hasta que llegue la Navidad, solsticio de invierno en que Cristo, la luz verdadera, nace y crece, los días empiezan a alargarse hasta que la luz de la Pascua de resurrección selle su victoria sobre la tiniebla, el pecado y la muerte en el mundo.

Cristo es la luz del mundo

De este modo Juan da paso al crecimiento firme e irreversible de la luz de Cristo. Y esa es la grandeza de Juan, ser sólo, pero nada más y nada menos que el precursor, la voz de la Palabra, el dedo indicador, el testigo de la luz que ha dado paso al Salvador Jesús, su Señor, por el cual ya desde el vientre materno experimentó la inmensa alegría de la cercanía del Mesías. En Lc 1,39-45 la reacción de Isabel ante la cercanía del nacimiento de Jesús destaca esa alegría desbordante. La misma alegría que María canta poco después al iniciar el Magnificat es la que Isabel comunica al decir que la criatura “saltó de alegría” en su vientre. Sólo Lucas utiliza y repite un verbo griego (skirtao) que podríamos traducir también como “retozar”. Retozar es brincar de alegría, dar saltos de gozo, es vibrar de emoción. Es sentir y expresar con todo el ser, con todo el cuerpo, desde la intimidad de las entrañas hasta la boca jubilosa, la inefable alegría del ser humano por la presencia misteriosa del Espíritu que transforma toda realidad humana y hace posible un nuevo amanecer para la humanidad.

La alegría desbordante por la cercanía al Mesías 

Esa alegría desbordante, que va desde el interior del espíritu hasta la conmoción entusiasta del organismo humano, no está supeditada meramente a la vivencia de circunstancias favorables y halagüeñas de la vida, sino que es un don de la fe para afrontar también las dificultades, especialmente las asociadas a una vida de testimonio profético. Es la dicha propia de los que sufren algún tipo de tribulación por la causa de Jesús, y experimentan la exclusión, la difamación y el rechazo por ser fieles a los valores del Reino de Dios (Cf. Lc 6,23).  Por eso la muerte de Juan bautista, testigo fiel de la Palabra de Dios, su decapitación injusta y caprichosa, ejecutada por parte del poder reinante, su fuerza profética y testimonial de la verdad de Dios, son también precursoras de la Pasión gloriosa de Cristo.

El fenómeno maravilloso de la luz

El fenómeno prodigioso de la luz en esta cuenca mediterránea y en todas las regiones del planeta de semejantes latitudes es de una belleza sin igual. El trayecto de la tierra en su órbita solar propicia un decurso polifacético del tiempo que hace posible que cada día del año sea distinto a todos los demás. La variedad climática de las cuatro estaciones, la infinidad de matices en el fulgor de la luz diurna, el alargamiento progresivo del día respecto a la noche y su correspondiente decrecimiento en un ciclo anual constituyen una riqueza extraordinaria en el ritmo biológico del ser humano.

Recreándonos en la luz de la creación

En estos parajes del mundo mediterráneo se experimenta el amanecer como un lento espectáculo de luz que se va adueñando de la tierra. Esa luz que precede a la salida del sol es la aurora. En el relato bíblico de la creación la luz es la primera de las criaturas creada por la poderosa voz de Dios (Gén 1,3). La aparición de la luz en el primer día de la creación empieza a dar forma al universo y precede a la aparición del sol, la lumbrera mayor creada en el día cuarto (Gén 1,16). Parece como que aquella primera aurora, el primer destello de Dios, cumpliera una función distinta a la de regular el día y la noche. Sobre la tierra caótica resonó el Espíritu de Dios, se articuló la primera palabra y la luz existió. Era la aurora del mundo y el buen Dios iba en ella.

 

La gran aurora que se desvela con la misericordia de Dios

Esa misma aurora es la que Lucas evoca en el final del cántico de Zacarías (Lc 1,68-79) cuando, tras el nacimiento de Juan, dice literalmente en su canto a la misericordia divina, el Benedictus: Gracias a las entrañas de misericordia de nuestro Dios, desde lo alto, se desvelará por nosotros una aurora para iluminar a los que viven en tiniebla y sombra de muerte, para encaminar nuestros pasos hacia un sendero de paz.” (Lc 1,78-79). No se trata del sol, sino de la aurora que lo precede, no es el astro de la luz, sino Dios mismo en cuanto luz quien se desvela por los hombres en virtud de su amor entrañable. Y Dios nos ha enviado como testigo precursor de esa luz y de su gozosa misericordia al último de los profetas anteriores a Jesús, a Juan Bautista, cuyo nacimiento celebramos hoy.

Testigos de la luz y de la verdad

Quiera Dios que el ejemplo de Juan nos haga a nosotros testigos de la luz y de la verdad, de la misericordia y de la alegría, vinculadas al nombre de Juan. Y muchas felicidades a todos los que llevan también este hermoso nombre.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura.

José Cervantes
José Cervanteshttp://web.forodigital.es/josecervantes
Sacerdote Misionero y Profesor de Sagrada Escritura, Director de Oikía, Casa de Acogida a Niños de la Calle. Director del Instituto de Estudios Teológicos Seminario Mayor San Lorenzo, en Santa Cruz de la Sierra
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