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Reflexiones sobre la fiesta del Corpus Christi y las calles

Homilía para la Festividad del Corpus Domini

7 de junio de 2026

¿Cómo entender la frase: “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”?

Reflexionemos sobre la palabra “sacramento” en este día del Corpus Domini. En de la Iglesia católica el término “sacramento” tiene un significado muy concreto:

 

«Los sacramentos son signos eficaces de la gracia, instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia, por los cuales nos es dispensada la vida divina. Los ritos visibles bajo los cuales los sacramentos son celebrados significan y realizan las gracias propias de cada sacramento». (CIC n. 1131)

 

Es decir, que no son solo símbolos o signos. Desde la fe creemos que fueron instituidos por Cristo y confiados a la Iglesia para que esta administre la “gracia” de los sacramentos de manera ordenada.

Se diferencian mucho de los “sacramentales”, por ejemplo, el agua bendita, un rosario, el escapulario o una imagen sagrada. Estos son signos o símbolos instituidos por la Iglesia, pero que nos ayudan a prepararnos a recibir la gracia que solo otorgan los siete sacramentos instituidos por Cristo.

Y hoy, que celebramos la fiesta del Corpus Domini, ponemos la mirada en el sacramento más importante de todos: la Eucaristía. Por eso, otra forma de llamar a la Eucaristía es: Santísimo Sacramento y creemos que este sacramento es la “fuente y cumbre de toda la vida cristiana” (CIC n. 1324).

Hoy reflexionamos sobre la presencia real de Jesús en la Eucaristía. Esto significa que Él, siendo Dios, no solo se hizo pequeño como un ser humano más, sino que instituyó el sacramento de la Eucaristía para estar realmente presente entre nosotros.

En muchos lugares, hoy, se realizan procesiones en las que, literalmente, Cristo Sacramentado sale a bendecir y a visitar las calles de los pueblos y de las grandes ciudades.

En esta festividad del Corpus Domini tenemos que pedir al Señor que aumente nuestra fe para creer totalmente aquello que la Biblia y la Iglesia nos enseñan sobre la Eucaristía.

En el Antiguo Testamento vemos un pueblo esclavo que viaja por 40 años por el desierto y que, cuando la gente estaba desesperada, Dios les manda pan del cielo y, desde una roca, emerge agua. Entonces la esperanza vuelve al desierto y el pueblo que un día fue esclavo llega a su tierra prometida.

La Eucaristía es justamente eso. Es Cristo que entra en el desierto de nuestras vidas. Nos hacemos uno con Dios y él nos renueva, nos sana y nos consuela; recordándonos que Dios quiso quedarse en medio de nosotros. Así podemos entender las palabras de Jesús: “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”.

Pero toda esta bendición no termina dentro de los muros de la iglesia, alrededor del altar donde celebramos la misa. El mismo Evangelio nos recuerda que, después de celebrar la misa, tenemos que VIVIR la misa en las calles, reconociendo el cuerpo de Cristo en los que sufren, en los que están rotos por dentro.

Así como un día al año Jesús Sacramentado sale del altar de la iglesia a las calles en procesión, nosotros, que no somos del mundo, pero que vivimos en el mundo, llevamos a Cristo a las calles cada vez que hacemos un acto de misericordia con quien lo necesita.

Pidamos al Señor que aumente nuestra fe para creer siempre en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Amén.

Aquí las lectruas del día

 

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