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REFLEXIÓN DOMINICAL: CRISTO, LUZ DE LAS GENTES

“Los discípulos del Señor son llamados a vivir como comunidad que sea sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5,13-16). Son llamados a dar testimonio de una pertenencia evangelizadora de manera siempre nueva” (EG 92). Con estas palabras eminentemente misioneras del Papa Francisco en su reciente exhortación apostólica, Evangelii Gaudium (EG), podemos concentrar la atención en el aspecto nuclear de la palabra de Dios de este domingo en la Iglesia, cuyo tema clave puede ser  la expresión “luz de las gentes”. Esta tiene su origen en el profeta Isaías y aparece siempre en los textos del Siervo de Dios (Is 42, 6; 49, 6; 51, 4). El Nuevo Testamento toma esta imagen y la atribuye a Jesús cuando Simeón se encuentra con él en el templo (Lc 2, 32), y a Pablo y Bernabé en los comienzos de la misión evangelizadora de los paganos (Hch 13, 47). Ser luz de las gentes es uno de los atributos esenciales de la Iglesia, porque lo era su fundador y porque lo era la iglesia naciente. Por eso el Concilio Vaticano II comenzaba así también una de sus cuatro grandes Constituciones, la dedicada a la Iglesia, la Lumen Gentium: Cristo es la luz de las gentes”. La asamblea conciliar revisaba y exponía la identidad de la Iglesia, manifestándose ante el mundo como signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de todo el género humano, y reflejaba así su naturaleza y su misión universal.

El segundo cántico del Siervo de Dios (Is 49, 1-13) tiene su centro en esta proclamación: “Es poco que seas mi siervo, (…) Te hago luz de las gentes, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra”. Todo el poema describe la vocación y la misión profética del Siervo: la llamada originaria de Dios, el encargo de transmitir su palabra crítica, como espada y como flecha, sobre las realidades cercanas y lejanas, el fracaso aparente del servidor y la confirmación de su misión de parte de Dios, haciéndola extensiva a todas las gentes. Sin atenuar el carácter propio de Siervo de Dios, el texto resalta, sin embargo, su función como luz para todas las gentes, de modo que se haga visible la liberación de los cautivos y el consuelo de los desamparados de toda la tierra. Con esta figura profética del Siervo podemos considerar la misión profética y testimonial de la Iglesia actual, particularmente en Latinoamérica, donde estamos embarcados en la tarea evangelizadora  y misionera específica de la Misión Permanente, impulsada por los obispos del CELAM en Aparecida (2007). La Iglesia, toda ella, está llamada  a ser también luz de las gentes, es decir, signo creíble de salvación para las gentes de nuestro tiempo y en todos lugares de la tierra.

En este sentido cuando Francisco ha insistido en la naturaleza misionera de la Iglesia ha expresado que la gracia de la misionariedad es la gracia de “salir de sí y del peregrinar” (EG 124). Por eso exhorta abierta y decididamente: “Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo. […]. Prefiero una iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos. Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida. Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: « ¡Dadles vosotros de comer! » (Mc 6,37)”. (EG 49)

Podemos congratularnos sobremanera con el testimonio específico de mujeres y hombres que por toda la tierra difunden la luz del Espíritu, mediante la entrega de su vida a los que sufren y a los empobrecidos por el sistema social excluyente en el que estamos inmersos. Podemos incluso estar sanamente orgullosos de pertenecer a una Iglesia, en la que un gran número de misioneras y misioneros esparcidos por el mundo constituyen una fuerza espiritual radiante cuya luz está indicando, como Juan el Bautista, que Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y que libera a la humanidad con el don del Espíritu, porque él es el Hijo de Dios. Esta Iglesia misionera y servidora de los pobres hace visible por doquier que toda la Iglesia, unida a Jesucristo, es también “luz de las gentes”, es una instancia crítica permanente ante los poderes políticos y económicos, y muestra, como Juan Bautista a Cristo como Cordero pascual que quita el pecado del mundo (Jn 1,29-34) y cuya sangre, desde la tradición del éxodo, es la señal de la liberación humana definitiva y de la nueva vida en el Espíritu. Nosotros, los cristianos, tenemos la oportunidad de dar testimonio de que Jesús es el Hijo de Dios pero denunciando al mismo tiempo, como el Bautista, todo tipo de injusticias.

José Cervantes Gabarrón, sacerdote misionero y profesor de Sagrada Escritura.