Santa Cruz

“Dios quiere que un pueblo de hombres libres y no de esclavos lo reconozca” Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz

Homilía de Mons. Sergio Gualberti, Arzobispo de Santa Cruz, pronunciada en la Basílica Menor de San Lorenzo Mártir.

Queridos Hermanos y Hermanas:

Las lecturas de este domingo nos presentan a tres personajes, muy distintos entre sí, pero que tienen en común un hecho ejemplar: todos responden afirmativamente a Dios que los llama a cumplir una misión. En la primera lectura el profeta Isaías nos presenta a la figura del “Siervo del Señor“,  que, desde el seno materno, recibe el mandato de parte Dios de reunir a los desterrados de Israel, que se conviertan de sus infidelidades y vuelvan a Dios. El profeta presenta a este siervo como a un “Como un cordero llevado al matadero…sin abrir la boca”, porque la misión encomendada le acarreará rechazos de propia gente y tendrá que sufrir persecuciones.

Estas dificultades le provocan momentos de  desánimo: “en vano me fatigué, para nada, inútilmente he gastado mi fuerza“, sin embargo, encuentra la valentía de seguir adelante con su tarea porque está convencido de que “mi derecho está junto al Señor y… yo soy valioso a los ojos del Señor y mi Dios ha sido mi fortaleza“. En este “Siervo del Señor” están representados todos los profetas que a lo largo de la historia de Israel han luchado entre rechazos y persecuciones para que el pueblo elegido fuera fiel a la alianza estrechada con Dios.  

En el Evangelio, que nos presenta la misma escena del domingo anterior, Juan Bautista, fiel al mandato recibido por Dios, está bautizando y predicando a orillas del Jordán, preparando de esta manera el camino al Mesías. Al divisar a Jesús que se acerca, Juan lo indica a la gente que lo rodea: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

El pueblo de Israel entendía bien el sentido de estas palabras, porque en varios de sus ritos religiosos sacrificaban un cordero, en especial en la celebración de la Pascua judía, fiesta que recordaba la liberación de la esclavitud de Egipto, y en la que se repetía el gesto de sacrificar el cordero pascual, rito que se conserva todavía hoy.

El cordero es el signo de la intervención de Dios en favor de su pueblo, un Dios que quiere que un pueblo de hombres libres y no de esclavos lo reconozca como su Señor, y que también se arrepientan de sus infidelidades y recuerden con gratitud los dones recibidos.

Jesús es indicado como el cordero que recibe del Padre la misión: “quitar el pecado del mundo”: El “pecado” en singular y no “los pecados”, él que es el origen de todos los pecados, es decir “la soberbia” de creerse como Dios, que conlleva la desobediencia a su voluntad y el rechazo a su plan creador. Es el pecado original, pero no sólo porque es él del maligno y de los primeros hombres, sino porque es el que subyace a todos los pecados, su raíz más profunda. Este pecado sigue siendo muy presente en nuestra vida personal y social, es la tentación de prescindir del plan de vida y amor de Dios, para seguir nuestros propios planes de orgullo y autosuficiencia, nuestros caprichos y gustos, planes marcados por la soberbia, el odio y la muerte.

Quitar el pecado fue la tarea de Jesús durante todo su vida, una lucha sin cuartel en contra del espíritu del mal, liberando a los poseídos por los demonios y a los esclavizados por los espíritus malos, y perdonando a los pecadores, como atestiguan los muchos testimonios de los Evangelios. Al igual que el “Siervo del Señor“, Jesús, en el cumplimiento de esta tarea, encontró muchas resistencias en su mismo pueblo y hasta en su familia.

Desde los inicios de su predicación sufrió persecución de parte de las autoridades civiles y religiosas, que  buscaban todo pretexto para eliminarlo y darle muerte. Jesús, ante este rechazo y persecución, no se acobardó ni desistió de su misión, sino que fue fiel hasta el final aceptando incluso la muerte en la cruz.

En todo este compromiso Jesús, actuó como inocente “Cordero de Dios” y “Siervo del Señor“, en silencio, sin violencia y  sin rebeldía. La fidelidad al plan del Padre y la solidaridad con nosotros, lo llevó a actuar de esa manera libre y pacíficamente, asumiendo sobre sí los pecados de la humanidad.

Pero Cristo no se conforma solo en perdonar los pecados, va más allá, él los quita poniendo en nosotros el germen de vida divina y trayéndonos el conocimiento de Dios. Es gracias a su victoria definitiva en la cruz sobre el maligno, autor del pecado, que Cristo quita el pecado.

De esta manera Jesús es el “Siervo del Señor”, la luz que ilumina las tinieblas y oscuridades, las incertidumbres y desorientaciones en el camino de la humanidad: “Yo te destino a ser luz de las naciones, para que llegue mi salvación hasta los confines de la tierra“.

El tercer personaje que nos presenta la Palabra de Dios hoy es San Pablo. Él, en el saludo inicial de su carta a la comunidad cosmopolita de los cristianos de Corinto (2ª lectura) se presenta como “apóstol de Jesucristo por la voluntad de Dios“, enviado para anunciar la buena noticia de que, gracias a la intervención liberadora de Jesús, todos: “hemos sido santificados en Jesucristoy estamos llamados a ser santos en el nombre de Jesús”.

Santificados es decir salvados y por lo tanto llamados a ser santos, a vivir conforme a esta nueva realidad y a dejar el espíritu mundano, como personas que hemos experimentado la salvación del Señor. “Sean Santos, perfectos como Dios es Santo, perfecto” es la invitación que hace Jesús a sus seguidores.

Las lecturas de este domingo nos invitan a redescubrir, amar y vivir esta verdad central de la fe,marco en el que se desarrolla nuestra vida cristiana. Que Jesús se ha encarnado, muerto y resucitado para salvarnos, que él es nuestro único salvador y Señor, que él ha actuado por amor y que, gracias al bautismo, participamos de su vida y de su misión. Verdad que conocemos y escuchamos muy a menudo, pero que de hecho no la asumimos; a lo mejor queda en la mente pero no llega a nuestro corazón y a nuestra vida. Hay que dar un paso firme, para que podamos decir con el salmista: “Yo amo, Dios mío, tu voluntad”

También, las lecturas de hoy son una invitación a tomar conciencia de que por ser cristianos hemos recibido, al igual que el “Siervo del Señor”, que San Pablo, Juan Bautista y el mismo Jesús, el mandato del Señor de llevar con alegría la buena noticia de Dios que nos ama y que nos da vida.

Llamados a ser misioneros y dar testimonio de que en los acontecimientos y avatares de nuestra existencia, Dios está a nuestro lado, que él nos tiende la mano cuando nos sentimos solos y abandonados por todos, y que Él es la respuesta a las experiencias profundas y reales de la vida.

También son una exhortación descubrir el sentido profundo de la expresión “Cordero de Dios”,  signo del amor incondicional del Señor. Por tres veces lo recitamos o cantamos durante la Santa Misa y también el sacerdote lo proclama al presentar la hostia, el Cuerpo de Cristo: “Este es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Sobre todo es el momento de expresar nuestra adoración y gratitud a Dios, por el sacrifico de Cristo que no sólo vino para quedarse con nosotros, sino que entregó su vida por nosotros.

Esta mañana pedimos al Señor que nos afiance en nuestro propósito de dejar que el Señor actúe en nuestra vida y que se manifieste en nuestro actuar. Por eso elevamos nuestras oraciones a Dios con las palabras del salmista, en una actitud de escucha atenta y humilde de la voz del Señor: “Señor me has abierto el oído”, y dando nuestra disponibilidad a cumplir su palabra: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.  

Amén