Análisis

¡PIDE LA PALABRA!

A ti, joven campesino

Sí, chaval, ¡pide la palabra! -fue así como te animé a dar tu opinión en el pasado fin de semana.

Desde que os acompaño han sido varias las ocasiones en que me he dirigido a todo el grupo de chicos del internado para manifestaros aspectos negativos de vuestro comportamiento. Desde la flojera a la hora de realizar las actividades programadas hasta la triste trama de pequeños robos y mentiras que muchas veces se adueña de nuestro Centro.

Me gusta, al terminar de deciros lo necesario, invitaros a usar la palabra. A dar vuestro parecer, tan necesario como mi mensaje. Es entonces cuando soy consciente del miedo a compartir, de esa sensación de atmósfera paralizante que os domina. De la reserva o timidez que siempre se atribuye al mundo campesino de nuestro país.

Mi experiencia a vuestro lado me habla del temor a quedar en ridículo ante los demás. Temor ante las sonrisas irónicas, más o menos manifiestas, con que se reciban vuestros comentarios. O ante las palabras de desaprobación que podáis suscitar en los oyentes. Algo que también ocurre, y mucho, en las aulas del Colegio cuando los profesores esperan vuestras intervenciones en el trabajo de las distintas asignaturas.

Por todo ello, no me cansaré de repetiros que, a pesar de los tontos recelos y sospechas, más bien infundados, pidáis la palabra. Con valentía. Con sencillez. Seguros de ejercer algo tan humano como es el derecho a expresaros, a contradecir el pensamiento de otros. Eso sí, con respeto y con el deseo firme de estar abiertos a otros sentires y mejorar así lo nuestro. Incluso, admitir lo ajeno para hacerlo propio.

Quien no habla, quien silencia una y otra vez su caudal interior, se expone a la torpe manipulación de los “listillos” de turno. No lo olvidéis. Vuestro silencio termina siendo cómplice de abusos e injusticias…

¿A quién pediremos cuentas de tanto mal, de tanta barbarie, si callan los buenos? -recuerdo que os dije en alguna ocasión.

Pero mi reflexión de hoy quiere alimentarse de una actitud que me pido a mí mismo cada día y pido a mis colegas educadores: dejemos hablar a los jóvenes, no sólo para conocer sus vivencias, sino también para hacer conscientes nuestras limitaciones e incoherencias. Ellos son, sin duda, unos buenos maestros.

Dichoso quien posea un alma abierta, transparente y receptiva para escuchar la palabra, el clamor, el afecto de nuestros niños y adolescentes.

Dejemos que nos contradigan. Que perfeccionen lo nuestro. Que salgamos del aula, de la ponencia, del patio de recreo, de la homilía, con la sensación de haber sido afinados, pulidos.

Cultivemos la mejor terapia para sanar la dura realidad que nos rodea: escuchar. Con atención y responsabilidad. Sin mirar el reloj. Es cansino, lo sé, pero también sé que es un arma poderosa contra la intolerancia, el desquite, la cerrazón, la necedad.

De ti, muchacho a quien me dirijo, conoceré fácilmente tu semblante de enojo o alegría, tu timbre de voz que se fortalece con el tiempo, tu forma de mirar cuanto te rodea, tu necesidad de ir a la moda que marca el ambiente, tu estilo de jugar con la pelota en la cancha. Conoceré datos sobre tu familia y tu comunidad. Tus costumbres y manías. Pero si no te escucho, si no estoy atento a tu voz interior, me perderé lo más importante: la fuente, a veces recóndita, que causa todo lo demás y da pleno sentido a tu existencia. El misterio maravilloso de una vida que se abre paso.

Por eso, chaval, ¡pide la palabra!

Y nosotros, educadores, nos sentiremos encantados con tu intervención:

Padrecito, y compañeros que me escucháis, sobre todo lo que estamos hoy tratando, yo opino que…