Análisis

PANDILLAS, MALA SIMIENTE

Francisco Javier tenía cumplidos apenas 16 años. Estaba, como se dice, en la flor de la edad. En la fría madrugada del domingo pasado, su cuerpo apareció exánime en una calle sin nombre de un barrio periférico de la ciudad. Le habían destrozado el cráneo y el rostro con los golpes de una enorme piedra. Sin posibilidades de defenderse o de ponerse a buen recaudo de sus agresores, fue golpeado hasta morir.

El salvaje ataque contra el humilde joven fue atribuido por la Policía y la fiscal a cargo de la investigación a una reyerta entre pandilleros, aunque la familia del infortunado muchacho ha negado rotundamente que formara parte de esos grupos violentos. Grupos que resultan de una mala simiente que no deja de reproducirse y multiplicarse por doquier para desventuras y aflicciones mayores de una urbe que, como la cruceña, parece víctima inerme de una incontenible y cada vez más virulenta acción delictiva que se manifiesta en las más diversas formas.

Hasta para el que no quisiera verlas, las huellas de las pandillas se registran incluso en el mismo corazón de la ciudad. En no pocos edificios, monumentos y paredes, las inscripciones y señales pintadas son características de la delimitación del ‘territorio’ por aquellas bandas delincuenciales que cometen sus fechorías habitualmente bajo los efectos del alcohol y de las drogas.

Ni siquiera los centros educativos se libran de la acción de los pandilleros que hace algún tiempo robaron de uno de ellos un equipo de computación y dejaron su ‘sello’ con mensajes amenazantes en algunos ambientes del edificio.

Por su tendencia al pandillaje, todavía es posible rescatar de la memoria aquel episodio registrado en un colegio privado capitalino donde un menor de edad recibió agresiones e insultos de sus propios compañeros y que luego subieron a la red informática las imágenes de su acción. Aquella tendencia, a falta de correctivos y de una más sólida formación en valores, en el hogar y en el aula, parece estar encontrando caldo de cultivo y mayores espacios en nuestro medio.

Con los casos expuestos, resulta penoso y preocupante arribar a la conclusión de que el fenómeno de las pandillas en Santa Cruz, que no es reciente, registra una alarmante expansión con la presencia de adolescentes y jóvenes, hombres y mujeres, en grupos cada vez más violentos que han inundado de temor a numerosos barrios donde cometen toda clase de tropelías.

Pero es tanto o más inquietante la ausencia de acciones resueltas y eficaces de las instituciones y autoridades llamadas por ley a intervenir frente a un gravísimo problema social, el del pandillaje, que con su expansión y falta de control puede alcanzar insospechados niveles de violencia y delincuencia en nuestro medio. Contra el producto de la mala simiente hay que actuar en consecuencia antes de que resulte irremediablemente tarde.