Análisis

P. Waldo Riveros: Mi posición frente a los objetos poseídos y su uso

La realidad del mal está mal entendida, se piensa todavía que puede ser vista como objeto de museo y/o expresión de un mundo paranormal maléfico casi ficticio e irreal. Nada más lejos de la realidad. El mal existe y muchas veces muestra su presencia de manera enfática y extraordinaria, aunque no es su única forma de manifestación ni la más importante. Lo normal en la actuación del mal es la tentación sutil, actúa poco a poco sigilosamente, disfraza la belleza o cierto tipo de bien a través del tiempo para lograr que la persona se aleje de Dios y vaya cambiando su estilo de vida. El mal puede presentarse como algo bueno y bonito, engaña, y caen más fácilmente en él quienes buscan solo lo pasajero y lo agradable a los sentidos.

Creer que el mal pertenece a un mundo fuera de lo cotidiano y que sus manifestaciones extraordinarias son las únicas que cuentan, implica, abrirle la puerta de par en par para que actúe en nuestra vida con nuestro consentimiento. Concretamente, el mal es capaz de posesionarse en objetos, lugares, animales, personas. El mal en este caso se ejecuta por agentes concretos que podemos llamar ángeles caídos, demonios, espíritus. Toman un cuerpo, es decir cobran materialidad a través de un cuerpo material, sea éste un lugar como una casa, una persona, objeto “poseído” o un animal. Pero, debo insistir, estas manifestaciones no son las más peligrosas.

Cada grado de posesión tiene sus propias características. Cuando vemos la posesión del mal en alguno de estos objetos como su única manifestación interesante, corremos el riesgo no ver el mal real que actúa en el mundo, en las decisiones, en los deseos, vicios y debilidades humanas. Por tanto, si vemos al mal sólo como algo paranormal, no podemos combatirlo en la normalidad de la vida diaria. Este es el primer riesgo que quiero indicar cuando se exponen objetos maléficos que refuerzan esta visión errada del mal.

Otro peligro en ésta concepción del mal es conectar su existencia fantástica con otras realidad cuestionables, por ejemplo la existencia de seres extra-terrestres. Unir la acción extraordinaria del mal con avistamientos, criaturas extrañas, relatos de terror, música terrorífica, oscuridad, etc. Es solamente show, espectáculo. El mal unido a estas manifestaciones pierde su realidad y concepción verdadera, ingresa en el campo del comercio, estimula la afición por lo desconocido en los jóvenes y supone además un cierto riesgo si los objetos presentados son realmente maléficos.
Desde la actividad que realizo sé que los objetos maléficos deben de bendecirse y destruirse, poseerlos puede ser contraproducente. Usar estos objetos como medio de lucro no es lo correcto.

Presentarlos como en un museo para favorecer la visión errada del mal, es sin duda el peor uso que se puede hacer de ellos.

P. Waldo Riveros
Exorcista